Enredados
en la jaula estrecha y oscura que nosotros mismos nos hemos
fabricado, y que tomamos por todo el universo, muy pocos podemos
empezar siquiera a imaginar, otra dimensión de la realidad. Existe
la historia de una rana vieja, que se había pasado la vida en un
pozo húmedo.
Un día fue
a visitarla una rana del mar. ¿De dónde vienes? Preguntó la rana del
pozo. Del gran océano, respondió la otra. ¿Y es muy grande ese
océano? Es gigantesco. ¿Cómo una cuarta parte de mi pozo? Más
grande. ¿Cómo la mitad de mi pozo? No, aún más grande. ¿Es tan
grande como todo mi pozo?
Mucho más, no hay comparación. No es posible, eso tengo que
verlo yo misma. Y las dos se pusieron en camino, cuando la
rana del pozo vio el océano, sufrió tal impresión, que la
cabeza le estalló en mil pedazos. Esta historia, nos
demuestra que habitualmente vivimos inmersos en nuestros
pequeños pozos, donde cotidianamente realizamos diversas
tareas, ellas, son de lo más naturales para nosotros; hasta
que de repente sucede algo imprevisto por nuestra mente
ordinaria; esto es, la sensación de que un nuevo
conocimiento, más allá del que nosotros conocíamos, se está
presentando.
Salir de
nuestro mundo ordinario, es salir de nuestra mente ordinaria que
evoca a través del recuerdo, las impresiones del pasado; salir de
nuestra mente ordinaria significa corrernos del pozo que habíamos
construido afanosamente durante toda nuestra vida: Un nuevo
conocimiento se presenta a nosotros y salirnos del enfoque que la
mente ordinaria nos tiene acostumbrados, se torna difícil. Para
poder comprender la mente, dando por tierra la mente ordinaria, y
conocer la naturaleza intrínseca de la mente podemos añadir dos
experiencias de un discípulo con su Maestro. El discípulo tenía seis
o siete años, estaba en la habitación de su Maestro; en una de las
paredes había un imagen de la deidad elegida por el Maestro para sus
meditaciones; esta figura se hacía imponente, cuando la llama del
candil parpadeaba y le iluminaba la cara; antes de que el discípulo
pudiera darse cuenta de lo que estaba ocurriendo en esa habitación,
el Maestro efectuó un acto de lo más insólito ( insólito para la
mente ordinaria) de pronto estrechó entre sus brazos al
niño-discípulo, lo levantó y le dio un gran beso en las mejillas. El
niño por un instante, sintió que su mente se desvanecía y quedó
envuelto por un amor y un poder enormes. Este mismo discípulo, se
encontraba con su Maestro estaban en una cueva. El Maestro mandó
sentarse al discípulo a su lado, el maestro dijo: Ahora voy a
introducirte en la naturaleza esencial de la mente, y provisto de su
campanilla y su tambor entonó un mantra evocando a todos los
Maestros de su linaje; de repente, lanzó al discípulo una pregunta
sin respuesta. Dijo: ¿Qué es la mente? Y miró al discípulo fijamente
y con mucha profundidad a los ojos. Esta actitud tomó al discípulo
por sorpresa; no quedaron palabras, ni pensamientos, ni la mente
misma. ¿Qué sucedió en ese momento? Los pensamientos pasados habían
muerto y por ende, desaparecido, los pensamientos futuros aún no
habían surgido, la corriente de los pensamientos se interrumpió por
completo; en esa conmoción se reveló al desnudo una conciencia pura
e inmediata del presente, libre de todo apego, simple, desnuda y
fundamental; y sin embargo, esa sencillez desnuda, resplandecía
también con el calor de una inmensa compas ión. El maestro en
apariencia había formulado una pregunta, pero el discípulo sabía
bien que no esperaba ninguna respuesta, y antes que él empezara a
buscar una, ya sabía que nada encontraría. El discípulo permaneció
sentado y maravillado, mientras en su interior se iban acumulando
una profunda y resplandeciente certeza, que nunca había conocido
hasta entonces. Este Maestro había preguntado: ¿Qué es la mente? Al
discípulo le pareció verdaderamente ridículo el mero intento de
buscar una mente o meramente de relacionarse con ella. Este accionar
del Maestro sembró dentro del discípulo una semilla. Para presentar
la naturaleza verdadera de la mente, deben ocurrir tres fenómenos:
El primero es la bendición del Maestro, el segundo es la bendición
del discípulo y el tercero es la enseñanza propiamente dicha. El
discípulo o alumno debe cultivar constantemente una actitud, una
disposición, un entusiasmo para que se pueda cambiar toda la
atmósfera de su mente y para que le sea receptiva a la introducción
o enseñanza propiamente dicha. Esto es lo que se entiende por
Devoción; sin ella el maestro puede presentar cualquier tipo de
enseñanza, pero el alumno no la reconocerá. Cuando el maestro
realiza de un modo espontáneo y peculiar la exposición de la
enseñanza, realiza también, algo fuera de lo común para la mente
ordinaria. ¿Cómo introducir al alumno o discípulo, a la naturaleza
intrínseca de la mente? Solamente cuando el alumno puede comprender,
aunque sea, de un modo mínimo, la naturaleza intrínseca del Maestro,
de esta manera es que el alumno se torna receptivo a toda enseñanza.
El maestro no hace nada menos que introducir al alumno al estado de
esclarecimiento, o dicho de otro modo, lo despierta a la presencia
viva de la iluminación interior. Quiere decir, que la naturaleza del
Maestro, del discípulo y la naturaleza viva de la enseñanza, se
revelan como Uno. El alumno reconoce entonces, en una llamarada de
gratitud, sin la menor sombra de duda, que no hay, no ha habido
nunca ni pude haber jamás ninguna separación entre alumno y maestro;
entre la mente intrínseca del maestro y la naturaleza de la mente
del alumno. Cuando se haya reconocido plenamente que la naturaleza
de la propia mente del discípulo es la misma que la del Maestro; de
ahí en adelante el Maestro y el discípulo nunca podrán estar
separados, porque el Maestro es Uno con la naturaleza de su mente y
por lo tanto, siempre presente. Hay algo que el alumno tiene que ir
revelando en el transcurso del tiempo para poder acercarse más a su
Divinidad, a la naturaleza real de la mente; y es que la vida y la
muerte, el nacimiento y la disolución están en la mente misma y en
ningún otro lugar. La mente se revela como base universal de la
experiencia, creadora de la felicidad y creadora del sufrimiento,
creadora de lo que llamamos vida y creadora de lo que llamamos
muerte. Uno de los aspectos de la mente es el que se denomina mente
ordinaria; la podemos definir como aquello que posee conciencia
diferenciadora, aquello que posee un sentido de la dualidad, es
decir, que aferra o rechaza algo externo, aquello que podemos
asociar con un “otro” o con “algo” que se percibe como algo distinto
del preceptor. Es la mente dualista, discursiva, pensante, que solo
puede funcionar en relación con un punto de referencia exterior,
proyectado y falsamente percibido, es la mente que piensa, hace
planes, desea y manipula, que monta en cólera, que crea oleadas de
emociones y pensamientos negativos por los que se deja llevar, que
debe seguir siempre proclamando, corroborando, y confirmando su
existencia mediante la fragmentación, conceptuación y solidificación
de la experiencia. La mente ordinaria es la presa incesantemente
cambiante e incambiable de las influencias exteriores, las
tendencias habituales y el condicionamiento. Se parece a una llama
de una vela en u n portal abierto, vulnerable a todos los vientos de
las circunstancias. También es parpadeante, inestable y ávida,
siempre entrometida en asuntos ajenos, su energía se consume en la
proyección hacia fuera. Se la puede comparar con un mono encaramado
a un árbol que brinca incansable de rama en rama. Sin embargo, vista
desde otro punto, la mente ordinaria o ego falso posee una
estabilidad falsa y desanimada, una inercia auto protectora, una
calma pétrea confeccionada con hábitos arraigados. El otro aspecto,
es la naturaleza misma de la mente; su esencia más íntima, que es
siempre y absolutamente inmune al cambio y a la muerte; este es el
aspecto maduro del ego. Ahora se haya oculta dentro de nuestra
propia mente, el ego falso, envuelta y velada por el rápido
discurrir de nuestros pensamientos y emociones; pero, del mismo modo
en que un fuerte golpe de viento puede dispersar las nubes y revelar
el sol resplandeciente; también, alguna inspiración puede
descubrirnos visiones, relámpagos de esta naturaleza de la mente;
estos vislumbres pueden ser de diversos grados e intensidades, pero
todos proporcionan alguna luz de comprensión, significado y
libertad; esto es así, porque la naturaleza de la mente es la propia
raíz de la comprensión. A lo largo de la historia, los místicos han
adornado sus percepciones con distintos rostros y nombres e
interpretaciones, pero lo que ellos experimentan puntualmente, es la
naturaleza esencial de la mente. Los Cristianos y los Judíos le
llaman Dios, Los Hindúes le llaman el Yo, Shiva, Brahman, Vishnu;
los místicos Sufíes lo llaman “la esencia oculta” y los Budistas lo
llaman “la naturaleza de Buddha”. En el corazón de todas las
religiones se haya la certidumbre de que existe una verdad
fundamental y que esta vida constituye una oportunidad sagrada para
evolucionar y conocerla. Se dice que cuando Buddha alcanzó la
iluminación, lo único que deseaba hacer, era mostrarla a los demás;
¿Qué quería mostrar?: la naturaleza de la mente. Aunque todos
tenemos la misma naturaleza interior que Buddha, no nos damos cuenta
de ello, porque está encerrada y envuelta en nuestra mente
individual ordinaria; o sea, el aspecto falso del ego.
Imaginemos un jarro vacío; el espacio interior es
exactamente el mismo que el espacio exterior, sólo sus
frágiles paredes separan el uno del otro; nuestra mente
esclarecida está encerrada entre las paredes de nuestra
mente ordinaria; pero cuando nos volvemos iluminados, es
como si el jarro se rompiera en mil pedazos, el espacio de
dentro se funde instantáneamente con el espacio de fuera; se
convierten en Uno, y en ese mismo instante nos damos cuenta,
de que nunca fueron distintos ni independientes el uno del
otro; por lo tanto, siempre fueron lo mismo.