Como a un
gato recogido, se me alimentaba con la crema de la música clásica,
pues ella insistía en que yo tenía oído y aptitudes.
Tocó la
radio y, de inmediato, fluyeron los violines en medio de un aire
alegre. Ahí viene otra pregunta, pensé. Me gustaban esas preguntas.
—
¿Barroco, clásico o moderno? —preguntó ella, virando hacia una
calle que nos llevaría hacia el centro de la ciudad.
Escuché
la música con intuición, además de mi nuevo adiestramiento.
Estructurada con demasiada profundidad para ser barroca, pero no lo
bastante peinada y formal como para ser clásica, ni lo bastante
rizada para moderna. Romántica, lírica, ligera...
—Neoclásica —adiviné—. Parece un compositor importante, pero con
esto se está divirtiendo. Compuesto, diría yo... ¿en 1923?
Yo estaba
convencido de que Leslie conocía época, fecha, compositor, obra,
movimiento, orquesta, director, concertista. En cuanto escuchaba
una pieza musical, la sabía; cantaba junto con cada una de las mil
ejecuciones que había coleccionado. A Stravinsky, tan imprevisible
para mí como un caballo salvaje en el rodeo, lo tarareaba, casi sin
darse cuenta.
—¡Buena
apreciación! —dijo—. ¡Estás cerca! ¿Compositor?

—Alemán
no, definitivamente. —No era lo bastante denso; no tenía suficientes
ruedas en la ruta para ser alemán. Juguetón, así que también era
ruso. Tampoco sabía a francés, ni tenía textura italiana, ni aspecto
británico. Su colorido no era austriaco, porque le faltaba oro.
Casero, porque yo mismo podía tararearlo, pero no casero
norteamericano. Era bailable.
—¿Polaco?
Me suena como si hubiera sido compuesto en los sembrados, al este
de Varsovia.
—¡Estuviste cerca! No es polaco. Un poco más al este. Es ruso.
Estaba
complacida conmigo.
El Bantha
no aminoró la marcha; los semáforos en verde eran sirvientes de
Leslie.
— ¿Ruso?
¿Dónde están las ansias dolorosas? ¿Y el pathos? ¡Ruso, santo
cielo!
—No te
apures tanto con las generalidades, wookie —me dijo—. Hasta ahora no
has escuchado música rusa alegre. Tienes razón. Esta es juguetona.
—¿Quién
es?
—Prokofiev.
—¡Qué te
parece! —exclamé—. Rus...
—
¡MALDITO IDIOTA! —Chirriaron los frenos, el Bantha giró
enloquecido, esquivó el relámpago negro de un súbito camión por un
metro escaso. — ¿Viste lo que hizo ese hijo de puta? ¡Pasó en verde!
Pudo habernos mat... Qué mierda se cree que...
Había
actuado con los reflejos de un corredor de carreras al esquivar la
cosa, que ya no estaba. Iba a cuatrocientos metros de distancia por
el bulevar Crenshaw. Lo que me dejó atónito no fue el camión, sino
el lenguaje de Leslie.
Ella me
miró, todavía con el ceño fruncido. Al verme la cara, volvió a
mirar, intrigada; trató de contener la sonrisa y no pudo.
—
¡Richard! ¡Te has
escandalizado! ¿Te horroricé con sólo decir "Maldito idiota"?
—Sofocó su regocijo con un esfuerzo inmenso. — ¡Oh, mi pobre niñito!
¡Dije malas palabras delante de él! ¡Disculpa!
Medio
me encolericé, medio me reí de mí mismo.
— ¡Está
bien, Leslie Parrish, se terminó! Disfruta de este momento, pues no
volveré a horrorizarme cuando oiga decir "mierda".
Hasta al
decirlo esa última palabra sonó extraña en mi boca; eran sílabas
incómodas. Como el abstemio que dijera vino; como el no adicto que
dijera cigarrillo, hierba o cual-quiera de esas jergas que los
adictos dicen con facilidad. Cualquiera sea la palabra, si nunca la
usamos nos suena incómoda. Hasta fuselaje suena raro, en boca de
alguien a quien no le gusten los aviones. Pero una palabra es una
palabra, es un sonido en el aire y no hay motivos para que yo no
pueda decir cualquier palabra que se me antoje sin sentirme
pervertido.
Tardé
varios segundos en hablar, mientras ella me miraba con ojos
chisporroteantes
¿Cómo se
practican las malas palabras? Al compás de Prokofiev, que seguía en
la radio, practiqué en voz baja.
—Mier-da,
mier-daaa / mier-da, oh-mier-da-, MIER-DAAA / Oh, mier-da-mier-da-mier-da-oh-mier-daaaa,
Oh, mier-... ¡DA!
Cuando
ella oyó lo que yo estaba cantando, y la severa decisión con que
cantaba, se disolvió contra el volante, muerta de risa.
—Ríete si
quieres, qué diablos, wookie —dije—. Voy a aprender esta porquería
inmediatamente. ¡Demonios! ¿Cómo mierda se llama esa música?
— ¡Oh,
Richard —jadeó, secándose las lágrimas—. Es Romeo y Julieta.
Seguí con
mi canción, a pesar de todo. Como era de esperar, tras unas cuantas
estrofas las palabras perdieron su sentido por completo. Unos
cuantos versos más y estaría maldiciendo como el más pintado. ¡Y me
quedaban otras malas palabras por conquistar! ¿Cómo no se me había
ocurrido practicar los juramentos años antes?
Ella
logró hacerme sofrenar tanta blasfemia cuando ya entrábamos al salón
de conciertos.
Sólo
cuando volvimos al coche, después de pasar una velada en primera
fila con Chaikovsky y Samuel Barber, Zubin Mehta dirigiendo a Itzhak
Perlman y la Filarmónica de Los Ángeles, pude expresar mis
sentimientos.
—¡Qué
música endemoniadamente buena! ¿No te parece, mald... digo, mierda?
Levantó
los ojos al cielo, implorante.
—¿Qué
hice? —preguntó—. ¿Qué estoy creando? —No sé qué demonios estás
creando —dije—, pero te estás luciendo con ese maldito trabajo, qué
joder.
Socios en
el comercio aún, insistimos en que debíamos trabajar un poco en esas
semanas que pasamos juntos, así que elegimos una película para
investigar y salimos temprano, a hacer la cola para la proyección
de la tarde. El tránsito suspiraba y tarareaba en la calle,
mientras esperábamos, pero el tránsito no estaba allí, como si una
neblina encantada se iniciara a nuestro alrededor, más allá del
alcance de la mano, y todo lo demás se tornara fantasmagórico
mientras nosotros conversábamos, en nuestro planeta particular.
Yo no
había reparado en la mujer que nos observaba, a poca distancia, en
la niebla. Pero de pronto ella tomó una decisión que me asustó.
Caminó directamente hasta Leslie, la tocó en el hombro y derrumbó
nuestro mundo.
— ¡Usted
es Leslie Parrish!
De
inmediato, la brillante sonrisa de mi amiga cambió. Seguía siendo
una sonrisa, pero súbitamente congelada; por dentro se había
retirado, cautelosa.
-Disculpe, pero la vi en Valle de Pasiones, en Viaje a las Estrellas
y... Me encanta cómo trabaja y para mí usted es bellísima...
Era
sincera y tímida, tanto que los muros se afinaron.
—¡Oh...
gracias!
La mujer
abrió su cartera.
—
¿Podría... ? Si no es mucha molestia, ¿podría firmarme un autógrafo
para mi hija Corrie? Me mataría si supiera que estuve tan cerca de
usted y no le... —No estaba teniendo mucha suerte en su búsqueda de
papel para escribir. —Por aquí debo tener algo...
Ofrecí mi
libreta y Leslie asintió, aceptándola.
—Aquí
tenemos —dijo a la señora. Y a mí: —Gracias, señor.
Escribió
un saludo para Corrie y firmó con su nombre; después de arrancar la
hoja, se la entregó a la mujer.
—Usted
hizo de Daisy Mae en Li'l Abner, también —dijo la mujer, como
si Leslie hubiera podido olvidarse—. Y The
Manchurian Candidate. Me encantó.
—¿Se
acuerda, después de tanto tiempo? Qué amable...
—Gracias,
muchas gracias. ¡Corrie se va a poner tan contenta!
—Dele un
abrazo de mi parte.
Una vez
que la mujer volvió a su sitio, hubo un momento de silencio.
—No digas
una palabra —me gruñó Leslie.