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El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 21

Richard Bach

 

CAPITULO 21

Sentada frente a la máquina de escribir, se volvió hacia mí, que me había instalado con una taza de chocolate y el borrador de un libreto, para sonreírme.

—No hace falta que lo tragues todo de una vez, Ri­chard. Puedes sorberlo de a poco. Así te durará más.

Me reí con ella de mí mismo. A Leslie, pensé, debo pa­recerle un montón de palillos chinos caídos en el sofá de su oficina.

Su escritorio, organizado; sus archivos, perfectos; ni un broche de papeles fuera de su lugar. Ella misma estaba igualmente pulcra: cómodos pantalones beige, blusa trans­parente metida en la cintura, un sostén tan sutil como la blusa, ribeteado con finas flores blancas. El pelo estaba cepi­llado hasta el oro. ¡Así debe lucir la pulcritud!, pensé.

—Las bebidas no son pisapapeles —observé—. Al cho­colate caliente, casi todo el mundo lo bebe. Tú te haces amiga de el. Yo puedo tomar chocolate caliente como para detestarlo por el resto de mi vida, en el mismo tiempo que a ti te lleva intimar con una sola taza.

— ¿Y no es mejor beberse algo amigo —sugirió— antes que algo apenas conocido?

Intima amiga de su chocolate, de su música, de su jar­dín, de su gato, de su casa, de su trabajo. Yo estaba ligado a las cosas que conocía por una red de hilos de seda; ella, atada a las suyas por cables de plata trenzada. Para Leslie, nada de cuanto tenía cerca carecía de valor.

En sus roperos había vestidos para actuar y para fies­tas, clasificados por color y por matiz, cada uno con una funda de plástico transparente. Abajo, en el suelo, los zapatos que hacían juego. En el estante de arriba, los sombreros correspondientes.

En sus estantes, los libros estaban clasificados por materia; los discos y las cintas grabadas, por compositor, director y solista.

¿Una araña torpe y desmañada tropezó y cayó en el fregadero? Todo se detiene. Allá baja una escalerilla de papel absorbente, al rescate. Y cuando la bestezuela está a bordo, se la levanta y se la lleva suavemente al jardín, para acomodarla allí entre palabras tranquilizantes y dul­ces advertencias en cuanto a que los fregaderos no son lugar seguro para que jueguen las arañitas.

Yo era muy lo opuesto. La pulcritud, por ejemplo, ocupaba en mi lista un lugar muy secundario. A las arañas hay que rescatarlas de los fregaderos, por supuesto, pero no es preciso mimarlas. Se las lleva afuera y se las deja caer en el porche, libradas a su buena estrella.

Las cosas desaparecen en un abrir y cerrar de ojos; un viento las agita y se han ido. Sus cables de plata... Si nos aferramos tanto a las cosas y a la gente, cuando sé ha­yan ido, ¿no se irá también una parte de nosotros?

—Mucho mejor aferrarnos a pensamientos-para-siem­pre que a cosas que ahora están y mañana no —le dije, en tanto ella conducía el auto hacia el Music Center—. ¿No estás de acuerdo?

Asintió. Conducía a ocho kilómetros por sobre el límite de velocidad, para seguir la onda de los semáforos. —La música es algo para siempre —dije.

     

Como a un gato recogido, se me alimentaba con la cre­ma de la música clásica, pues ella insistía en que yo tenía oído y aptitudes.

Tocó la radio y, de inmediato, fluyeron los violines en medio de un aire alegre. Ahí viene otra pregunta, pensé. Me gustaban esas preguntas.

— ¿Barroco, clásico o moderno? —preguntó ella, vi­rando hacia una calle que nos llevaría hacia el centro de la ciudad.

Escuché la música con intuición, además de mi nuevo adiestramiento. Estructurada con demasiada profundidad para ser barroca, pero no lo bastante peinada y formal como para ser clásica, ni lo bastante rizada para moderna. Román­tica, lírica, ligera...

—Neoclásica —adiviné—. Parece un compositor impor­tante, pero con esto se está divirtiendo. Compuesto, diría yo... ¿en 1923?

Yo estaba convencido de que Leslie conocía época, fecha, compositor, obra, movimiento, orquesta, director, con­certista. En cuanto escuchaba una pieza musical, la sabía; cantaba junto con cada una de las mil ejecuciones que había coleccionado. A Stravinsky, tan imprevisible para mí como un caballo salvaje en el rodeo, lo tarareaba, casi sin darse cuenta.

—¡Buena apreciación! —dijo—. ¡Estás cerca! ¿Compositor?

—Alemán no, definitivamente. —No era lo bastante denso; no tenía suficientes ruedas en la ruta para ser ale­mán. Juguetón, así que también era ruso. Tampoco sabía a francés, ni tenía textura italiana, ni aspecto británico. Su colorido no era austriaco, porque le faltaba oro. Ca­sero, porque yo mismo podía tararearlo, pero no casero norteamericano. Era bailable.

—¿Polaco? Me suena como si hubiera sido compues­to en los sembrados, al este de Varsovia.

—¡Estuviste cerca! No es polaco. Un poco más al este. Es ruso.

Estaba complacida conmigo.

El Bantha no aminoró la marcha; los semáforos en verde eran sirvientes de Leslie.

— ¿Ruso? ¿Dónde están las ansias dolorosas? ¿Y el pa­thos? ¡Ruso, santo cielo!

—No te apures tanto con las generalidades, wookie —me dijo—. Hasta ahora no has escuchado música rusa alegre. Tienes razón. Esta es juguetona.

—¿Quién es?

—Prokofiev.

—¡Qué te parece! —exclamé—. Rus...

— ¡MALDITO IDIOTA! —Chirriaron los frenos, el Ban­tha giró enloquecido, esquivó el relámpago negro de un súbi­to camión por un metro escaso. — ¿Viste lo que hizo ese hijo de puta? ¡Pasó en verde! Pudo habernos mat... Qué mierda se cree que...

Había actuado con los reflejos de un corredor de ca­rreras al esquivar la cosa, que ya no estaba. Iba a cuatrocien­tos metros de distancia por el bulevar Crenshaw. Lo que me dejó atónito no fue el camión, sino el lenguaje de Leslie.

Ella me miró, todavía con el ceño fruncido. Al verme la cara, volvió a mirar, intrigada; trató de contener la sonrisa y no pudo.

                ¡Richard! ¡Te has escandalizado! ¿Te horroricé con sólo decir "Maldito idiota"? —Sofocó su regocijo con un esfuerzo inmenso. — ¡Oh, mi pobre niñito! ¡Dije malas palabras delante de él! ¡Disculpa!

 Medio me encolericé, medio me reí de mí mismo.

— ¡Está bien, Leslie Parrish, se terminó! Disfruta de este momento, pues no volveré a horrorizarme cuando oiga decir "mierda".

Hasta al decirlo esa última palabra sonó extraña en mi boca; eran sílabas incómodas. Como el abstemio que dijera vino; como el no adicto que dijera cigarrillo, hierba o cual-quiera de esas jergas que los adictos dicen con facilidad. Cualquiera sea la palabra, si nunca la usamos nos suena incómoda. Hasta fuselaje suena raro, en boca de alguien a quien no le gusten los aviones. Pero una palabra es una palabra, es un sonido en el aire y no hay motivos para que yo no pueda decir cualquier palabra que se me antoje sin sen­tirme pervertido.

Tardé varios segundos en hablar, mientras ella me mi­raba con ojos chisporroteantes

¿Cómo se practican las malas palabras? Al compás de Prokofiev, que seguía en la radio, practiqué en voz baja.

—Mier-da, mier-daaa / mier-da, oh-mier-da-, MIER-DA­AA / Oh, mier-da-mier-da-mier-da-oh-mier-daaaa, Oh, mier-... ¡DA!

Cuando ella oyó lo que yo estaba cantando, y la severa decisión con que cantaba, se disolvió contra el volante, muerta de risa.

—Ríete si quieres, qué diablos, wookie —dije—. Voy a aprender esta porquería inmediatamente. ¡Demonios! ¿Cómo mierda se llama esa música?

— ¡Oh, Richard —jadeó, secándose las lágrimas—. Es Romeo y Julieta.

Seguí con mi canción, a pesar de todo. Como era de esperar, tras unas cuantas estrofas las palabras perdieron su sentido por completo. Unos cuantos versos más y estaría maldiciendo como el más pintado. ¡Y me quedaban otras malas palabras por conquistar! ¿Cómo no se me había ocurrido practicar los juramentos años antes?

Ella logró hacerme sofrenar tanta blasfemia cuando ya entrábamos al salón de conciertos.

Sólo cuando volvimos al coche, después de pasar una velada en primera fila con Chaikovsky y Samuel Barber, Zubin Mehta dirigiendo a Itzhak Perlman y la Filarmónica de Los Ángeles, pude expresar mis sentimientos.

—¡Qué música endemoniadamente buena! ¿No te parece, mald... digo, mierda?

Levantó los ojos al cielo, implorante.

—¿Qué hice? —preguntó—. ¿Qué estoy creando? —No sé qué demonios estás creando —dije—, pero te estás luciendo con ese maldito trabajo, qué joder.

Socios en el comercio aún, insistimos en que debíamos trabajar un poco en esas semanas que pasamos juntos, así que elegimos una película para investigar y salimos tempra­no, a hacer la cola para la proyección de la tarde. El trán­sito suspiraba y tarareaba en la calle, mientras esperábamos, pero el tránsito no estaba allí, como si una neblina encan­tada se iniciara a nuestro alrededor, más allá del alcance de la mano, y todo lo demás se tornara fantasmagórico mientras nosotros conversábamos, en nuestro planeta particular.

Yo no había reparado en la mujer que nos observaba, a poca distancia, en la niebla. Pero de pronto ella tomó una decisión que me asustó. Caminó directamente hasta Leslie, la tocó en el hombro y derrumbó nuestro mundo.

— ¡Usted es Leslie Parrish!

De inmediato, la brillante sonrisa de mi amiga cambió. Seguía siendo una sonrisa, pero súbitamente congelada; por dentro se había retirado, cautelosa.

-Disculpe, pero la vi en Valle de Pasiones, en Viaje a las Estrellas y... Me encanta cómo trabaja y para mí usted es bellísima...

Era sincera y tímida, tanto que los muros se afinaron.

—¡Oh... gracias!

La mujer abrió su cartera.

— ¿Podría... ? Si no es mucha molestia, ¿podría firmarme un autógrafo para mi hija Corrie? Me mataría si supiera que estuve tan cerca de usted y no le... —No estaba tenien­do mucha suerte en su búsqueda de papel para escribir. —Por aquí debo tener algo...

Ofrecí mi libreta y Leslie asintió, aceptándola.

—Aquí tenemos —dijo a la señora. Y a mí: —Gracias, señor.

Escribió un saludo para Corrie y firmó con su nombre; después de arrancar la hoja, se la entregó a la mujer.

—Usted hizo de Daisy Mae en Li'l Abner, también —dijo la mujer, como si Leslie hubiera podido olvidarse—. Y The Manchurian Candidate. Me encantó.

—¿Se acuerda, después de tanto tiempo? Qué amable...

—Gracias, muchas gracias. ¡Corrie se va a poner tan contenta!

—Dele un abrazo de mi parte.

Una vez que la mujer volvió a su sitio, hubo un mo­mento de silencio.

—No digas una palabra —me gruñó Leslie.

—¡Fue conmovedor! Y no estoy bromeando. En serio. Ella se ablandó.

—Es dulce y sincera. Cuando alguien dice: " ¿Usted no es alguien conocida?", digo que no y trato de zafarme. "No, usted es alguien, le veo cara conocida. ¿En qué trabajó?" Esos quieren que una les recite el currículum. —Sacudió la cabeza, perpleja. — ¿Qué puede hacer una? No hay un modo sensible de tratar con la gente insensible. ¿O sí?

—Interesante. Yo no tengo ese problema.

— ¿No, wookie? ¿Ninguna persona grosera se ha entrometido en tu vida privada?

—Personalmente, no. En el caso de los escritores, la gente insensible envía exigencias escritas y manuscritos. Más o menos el uno por ciento es así; tal vez menos. El resto de la correspondencia es divertido.

Lamenté que la cola avanzara tan rápido. En menos de una hora tuvimos que interrumpir nuestros descubrimien­tos para entrar en el cine por cuestiones de negocios y sen­tarnos a ver una película. Tengo tanto que obtener de ella, pensé, mientras la tenía de la mano en la oscuridad, mi hombro tocando el suyo, más cosas para decir que nunca antes. Y ahora vivía la salvaje finura del sexo entre noso­tros, cambiándonos, completándonos.

He aquí una mujer sin iguales en mi historia, pensé, mirándola en la oscuridad. No imagino qué haría falta para destrozar, para amenazar la calidez de estar junto a ella. He aquí la única mujer, entre todas las mujeres que conozco, con quien nunca puede haber dilemas, dudas sobre el lazo que nos une, por tanto tiempo como vivamos ambos.

¿No es extraño el modo en que aparece la certidumbre, justo antes de la catástrofe?