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El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 20

Richard Bach

 

CAPITULO 20

No era música, era una discordancia de serrucho y metal mellado. Ella apenas había vuelto la espalda a los controles de su estéreo, después de ajustar el volumen a toda potencia, cuando yo me convertí en una olla de quejas.

—¡Eso no es música! —¿CÓMO DICES? —preguntó ella, perdida en el sonido.

—¡DIJE QUE ESO NO ES MUSICA!

— ¡BARTOK!

— ¿QUE? —dije yo.

—¡BELA BARTOK!

—¿NO PUEDES BAJAR EL VOLUMEN, LESLIE?

—¡CONCIERTO PARA ORQUESTA!

—¿PODRIAS BAJAR EL VOLUMEN UN POQUITO O UN MONTON? ¿PODRIAS BAJAR EL VOLUMEN UN MONTON?

Ella no captó mis palabras, pero sí la idea, y lo bajó. —Gracias -dije—. Wookie, ¿eso es... francamente te parece que eso es música?

De haberla observado cuidadosamente, más allá de la deliciosa silueta envuelta en la bata de baño floreada, con el pelo atado y cubierto con un turbante de toalla para se­carse, habría visto en sus ojos la desilusión.

— ¿No te gusta? —preguntó.

     

—A ti te gusta la música, has estudiado música toda tu vida. ¿Cómo puedes llamar música a esa desarmonía que estamos oyendo, a esa discordancia espantosa?

—Pobre Richard —dijo—. ¡Afortunado Richard! Tiene tanto que aprender de música... Tantas bellas sinfonías, sonatas, conciertos que oír por primera vez...

Detuvo la grabación, la rebobinó y la sacó del aparato.

—Tal vez sea demasiado pronto para Bartók. Pero te lo prometo: llegará el día en que escucharás lo que acabas de oír y te parecerá glorioso. —Estudió su colección de cintas eligió una y la puso en el aparato, en vez de Bartók. — ¿Te gustaría oír algo de Bach... te gustaría oír la música de tu bisabuelito?

—Probablemente vas a echarme de tu casa cabeza abajo por decir esto —respondí—, pero sólo puedo escucharla media hora; después me pierdo y me aburro un poco.

—¿Te aburres? ¿Escuchando a Bach? Entonces no sabes escuchar. ¡No has aprendido a escucharlo! —Oprimió una tecla y la cinta comenzó: el abuelito en algún órgano monstruoso, sin lugar a dudas. —Primero tienes que sentarte bien. Aquí. Ven a sentarte aquí, entre los parlantes. Así es como uno se sienta cuando quiere oír toda la música.

Me sentía como en un jardín de infantes musical, pero me encantaba estar con ella, sentado muy cerca de ella.

—La mera complejidad de esa música debería hacér­tela irresistible. Ahora bien, casi todo el mundo escucha la música horizontalmente, siguiendo la melodía. Pero tam­bién puedes escucharla estructuralmente. ¿Nunca lo hi­ciste?

—¿Estructuralmente? —repetí—. No.

—La música primitiva era toda lineal —dijo, por sobre un alud de notas de órgano—

Melodías simples, tocadas de a una por vez, temas primitivos. Pero tu abuelito tomó temas complejos, con pequeños ritmos escurridizos, y los hiló juntos a intervalos irregulares, para crear con ellos intrincadas estructuras que dan, a la vez, sentido vertical: ¡armonía! Algunas de las armonías de Bach son tan diso­nantes como las de Bartók, y Bach las usaba impunemente cien años antes de que a nadie se le ocurriera pensar en diso­nancias.

Detuvo la grabación, ocupó el taburete del piano y, sin un parpadeo de sus ojos, el último acorde de los parlantes pasó a su mano sobre el teclado.

—Mira. —Sonaba más claro en el piano que en los par­lantes. —¿Ves? Aquí tienes un motif... —Tocó. —Y aquí, otro.., Y otro. Ahora mira cómo construye esto. Comen­zamos con el tema A en la mano derecha. Ahora A entra nuevamente, cuatro compases después, en la mano iz­quierda. ¿Lo oyes? Van juntos hasta que... aquí viene B. Y A queda subordinado a O. Aquí A vuelve a entrar en la derecha. Y ahora, ¡C!

Presentó temas, uno a uno; después los unió. Al prin­cipio con lentitud, después más aceleradamente. Yo ape­nas podía seguirla. Lo que para ella era Adición Simple, para mí era Cálculo Avanzado. Si cerraba los ojos y me apretaba la frente con las manos, casi me era posible entender.

Ella comenzó otra vez, explicando cada paso. Mientras tocaba, una luz comenzó a brillar en una sala sinfó­nica interna, que había permanecido a oscuras toda mi vida.

¡Ella tenía razón! Había temas entre temas danzando juntos, como si Johann Sebastián hubiera encerrado en su música secretos para quien aprendiera a ver por debajo de las superficies.

— ¡Qué maravilla eres! —exclamé, entusiasmado al comprender lo que ella estaba diciendo—. ¡Lo oigo! ¡Es cierto que está allí!

Ella se puso tan contenta como yo y olvidó vestirse y cepillarse el pelo. Sacó una partitura de la parte trasera del atril para pasarla al frente. Johann Sebastián Bach, decía. Después, una tormenta de notas, curvas, ligaduras, agudos, bemoles, puntillos, trinos y súbitas órdenes en italiano. Desde el mismo comienzo, antes de que la pianista pudiera levantar las ruedas y colar hacia esa tormenta, se la golpeaba con un con brío, lo cual, supuse, debía significar que debía tocarse con brillantez, con frialdad o con queso.

Sobrecogedor. Mi amiga, con la cual apenas un rato antes había emergido de entre sábanas calientes y volup­tuosas sombras, con quien hablaba en inglés con facilidad,en castellano con risas, en alemán y francés con muchas incógnitas y experimentos creativos, mi amiga, de pronto, había estallado en el canto de un lenguaje nuevo, vasta-mente complicado, y yo estaba en mi primer día de apren­dizaje para escucharlo.

La música surgía del piano como agua fría y clara de una roca tocada por algún profeta, vertiéndose y salpicando a nuestro alrededor, en tanto sus dedos saltaban y sé exten­dían, se enroscaban, se ponían rígidos, se fundían y par­padeaban en pases mágicos, relampagueando vetas por sobre el teclado.

Hasta entonces nunca había tocado para mí; argumen­taba que estaba fuera de práctica; era demasiado tímida hasta para descubrir el teclado cuando yo estaba en la habi­tación. Pero algo había pasado entre nosotros... porque ahora éramos amantes, acaso, ¿se sentía en libertad de tocar? ¿O era la maestra tan desesperada por ayudar a su sordo que nada podía separarla de la música?

Sus ojos siguieron cada gota de ese huracán sobre pa­pel; había olvidado que tenía cuerpo; sólo las manos per­manecían allí, los dedos borrosos, un espíritu que había hallado su canción en el corazón de un hombre muerto doscientos años atrás, elevado en triunfo de su tumba por que ella deseaba música viva.

—¡Leslie! ¡Dios mío! ¿Quién eres?

Giró su cabeza sólo un poquito hacia mí y sonrió a medias; sus ojos, su mente, sus manos aún en la música que arremetía hacia arriba.

De pronto me miró; la música se interrumpió instan­táneamente, dejando sólo las cuerdas que temblaban como un arpa dentro del piano.

—Y así sigue y sigue —dijo. La música reverberaba en sus ojos, en su sonrisa. — ¿Te das cuenta de lo que está ha­ciendo allí? ¿Ves lo que ha hecho?

—Un poquito veo, sí —dije—. ¡Creía conocerte! ¡Me abrumas hasta sacar luces de mí! Esa música es... es... tú eres...

—Estoy muy fuera de práctica —dijo—; las manos no están funcionando como deb... —No, Leslie, no. Escucha. Lo que acabo de oír es pura... ¡Escucha! Es fulgor puro, que tomas de las nubes y de los amaneceres para destilarlo en luz que yo pueda oír. ¿Sabes lo grande, lo encantador que es eso que sacas del piano?

—        ¡Ojalá! ¿Sabes que ésa era mi vocación, el piano? —Una cosa es saberlo en palabras, pero antes nunca habías tocado. Me has dado un... paraíso más, totalmente distinto.

Ella frunció el ceño.

—  ¡ENTONCES NO TE ABURRAS CON LA MUSICA DE TU ABUELITO!

—Nunca más —dije, mansamente.

—Nunca más, por supuesto. Tu mente se parece de­masiado a la de él como para que no comprendas. Todo idioma tiene su clave, y lo mismo pasa con el lenguaje de tu abuelito. ¡Aburrirse! ¡Vamos!

Aceptó mi promesa de mejorar, después de haberme planchado de admiración, y fue a cepillarse el pelo.