—A ti te
gusta la música, has estudiado música toda tu vida. ¿Cómo puedes
llamar música a esa desarmonía que estamos oyendo, a esa
discordancia espantosa?
—Pobre
Richard —dijo—. ¡Afortunado Richard! Tiene tanto que aprender de
música... Tantas bellas sinfonías, sonatas, conciertos que oír por
primera vez...
Detuvo la
grabación, la rebobinó y la sacó del aparato.
—Tal vez
sea demasiado pronto para Bartók. Pero te lo prometo: llegará el día
en que escucharás lo que acabas de oír y te parecerá glorioso.
—Estudió su colección de cintas eligió una y la puso en el aparato,
en vez de Bartók. — ¿Te gustaría oír algo de Bach... te gustaría oír
la música de tu bisabuelito?
—Probablemente vas a echarme de tu casa cabeza abajo por decir esto
—respondí—, pero sólo puedo escucharla media hora; después me pierdo
y me aburro un poco.
—¿Te
aburres? ¿Escuchando a Bach? Entonces no sabes escuchar. ¡No has
aprendido a escucharlo! —Oprimió una tecla y la cinta comenzó: el
abuelito en algún órgano monstruoso, sin lugar a dudas. —Primero
tienes que sentarte bien. Aquí. Ven a sentarte aquí, entre los
parlantes. Así es como uno se sienta cuando quiere oír toda la
música.
Me sentía
como en un jardín de infantes musical, pero me encantaba estar con
ella, sentado muy cerca de ella.
—La mera
complejidad de esa música debería hacértela irresistible. Ahora
bien, casi todo el mundo escucha la música horizontalmente,
siguiendo la melodía. Pero también puedes escucharla
estructuralmente. ¿Nunca lo hiciste?
—¿Estructuralmente? —repetí—. No.
—La
música primitiva era toda lineal —dijo, por sobre un alud de notas
de órgano—
Melodías
simples, tocadas de a una por vez, temas primitivos. Pero tu
abuelito tomó temas complejos, con pequeños ritmos escurridizos, y
los hiló juntos a intervalos irregulares, para crear con ellos
intrincadas estructuras que dan, a la vez, sentido vertical:
¡armonía! Algunas de las armonías de Bach son tan disonantes como
las de Bartók, y Bach las usaba impunemente cien años antes de que a
nadie se le ocurriera pensar en disonancias.
Detuvo la
grabación, ocupó el taburete del piano y, sin un parpadeo de sus
ojos, el último acorde de los parlantes pasó a su mano sobre el
teclado.
—Mira.
—Sonaba más claro en el piano que en los parlantes. —¿Ves? Aquí
tienes un motif... —Tocó. —Y aquí, otro.., Y otro. Ahora mira cómo
construye esto. Comenzamos con el tema A en la mano derecha. Ahora
A entra nuevamente, cuatro compases después, en la mano izquierda.
¿Lo oyes? Van juntos hasta que... aquí viene B. Y A queda
subordinado a O. Aquí A vuelve a entrar en la derecha. Y ahora, ¡C!
Presentó
temas, uno a uno; después los unió. Al principio con lentitud,
después más aceleradamente. Yo apenas podía seguirla. Lo que para
ella era Adición Simple, para mí era Cálculo Avanzado. Si cerraba
los ojos y me apretaba la frente con las manos, casi me era posible
entender.
Ella
comenzó otra vez, explicando cada paso. Mientras tocaba, una luz
comenzó a brillar en una sala sinfónica interna, que había
permanecido a oscuras toda mi vida.
¡Ella
tenía razón! Había temas entre temas danzando juntos, como si Johann
Sebastián hubiera encerrado en su música secretos para quien
aprendiera a ver por debajo de las superficies.
— ¡Qué
maravilla eres! —exclamé, entusiasmado al comprender lo que ella
estaba diciendo—. ¡Lo oigo! ¡Es cierto que está allí!
Ella se
puso tan contenta como yo y olvidó vestirse y cepillarse el pelo.
Sacó una partitura de la parte trasera del atril para pasarla al
frente. Johann Sebastián Bach, decía. Después, una tormenta de
notas, curvas, ligaduras, agudos, bemoles, puntillos, trinos y
súbitas órdenes en italiano. Desde el mismo comienzo, antes de que
la pianista pudiera levantar las ruedas y colar hacia esa tormenta,
se la golpeaba con un con brío, lo cual, supuse, debía
significar que debía tocarse con brillantez, con frialdad o con
queso.
Sobrecogedor. Mi amiga, con la cual apenas un rato antes había
emergido de entre sábanas calientes y voluptuosas sombras, con
quien hablaba en inglés con facilidad,en castellano con risas, en
alemán y francés con muchas incógnitas y experimentos creativos, mi
amiga, de pronto, había estallado en el canto de un lenguaje nuevo,
vasta-mente complicado, y yo estaba en mi primer día de aprendizaje
para escucharlo.
La música
surgía del piano como agua fría y clara de una roca tocada por algún
profeta, vertiéndose y salpicando a nuestro alrededor, en tanto sus
dedos saltaban y sé extendían, se enroscaban, se ponían rígidos, se
fundían y parpadeaban en pases mágicos, relampagueando vetas por
sobre el teclado.
Hasta
entonces nunca había tocado para mí; argumentaba que estaba fuera
de práctica; era demasiado tímida hasta para descubrir el teclado
cuando yo estaba en la habitación. Pero algo había pasado entre
nosotros... porque ahora éramos amantes, acaso, ¿se sentía en
libertad de tocar? ¿O era la maestra tan desesperada por ayudar a su
sordo que nada podía separarla de la música?
Sus ojos
siguieron cada gota de ese huracán sobre papel; había olvidado que
tenía cuerpo; sólo las manos permanecían allí, los dedos borrosos,
un espíritu que había hallado su canción en el corazón de un hombre
muerto doscientos años atrás, elevado en triunfo de su tumba por que
ella deseaba música viva.
—¡Leslie!
¡Dios mío! ¿Quién eres?
Giró su
cabeza sólo un poquito hacia mí y sonrió a medias; sus ojos, su
mente, sus manos aún en la música que arremetía hacia arriba.
De pronto
me miró; la música se interrumpió instantáneamente, dejando sólo
las cuerdas que temblaban como un arpa dentro del piano.
—Y así
sigue y sigue —dijo. La música reverberaba en sus ojos, en su
sonrisa. — ¿Te das cuenta de lo que está haciendo allí? ¿Ves lo que
ha hecho?
—Un
poquito veo, sí —dije—. ¡Creía conocerte! ¡Me abrumas hasta sacar
luces de mí! Esa música es... es... tú eres...