Llama Violeta

Llama Violeta


 

 
 
 
 
 
 

 

El Puente Hacia El Infinito

Capitulo 1

Richard Bach

 

CAPITULO 1

Hoy ella estará aquí.

Miré hacia abajo desde la cabina, entre el viento y la corriente de la hélice, a través de un kilómetro de otoño, ha­cia mí henar alquilado, hacia la esquirla de azúcar que era mi letrero, VUELE-$3-VUELE, atado al portón abierto.

Ambos lados de la ruta, en torno del cartel, estaban atestados de autos. Debían ser como sesenta, y la multitud consiguiente, que había venido a ver los vuelos. Ella podía estar allí en ese momento, recién llegada. Eso me hizo sonreír. ¡Tal vez!

Moderé la marcha del motor, dándole poca potencia; levanté más el morro del biplano Fleet y dejé que las alas perdieran sustentación. Luego metí el timón todo a una banda, todo a estribor, y clavé la palanca de mandos hacia atrás.

La verde tierra, maíz y soja, granjas y praderas calmas como el mediodía, al caer el fondo estallaron en el borrón arremolinado de una barrena para exhibición, algo que, desde tierra, debía parecer una vieja máquina voladora sú­bitamente fuera de control.

La proa bajó bruscamente y el mundo giró, convertido en un tornado de colores que se envolvía a mis gafas, cada vez a mayor velocidad.

¿Cuánto tiempo llevo sintiendo tu falta, querida alma gemela, pensé, querida señora sabia, mística y encantadora?. Hoy, por fin, la coincidencia te traerá a Russell, Iowa; te tomará de la mano para conducirte hasta ese alfalfar, allá abajo. Caminarás hasta el borde de la multitud, sin saber bien por qué, con curiosidad por contemplar una página de la historia aún viva, brillantes pinturas girando en el aire.

El biplano se retorció hacia abajo, pateando contra mí, en los controles, por trescientos metros el tornado se volvió más a pico, más cerrado, más estruendoso a cada segundo.

Girar... hasta... Ahora.

Empujé la palanca hacia adelante, salí de la izquierda y pisé con fuerza el pedal de timón derecho. Los borrones se hicieron más apretados, más rápidos, una, dos veces alrede­dor,  la barrena cesó y nos lanzamos en picada, a toda la velocidad posible.

Ella estará hoy aquí, pensé, porque también ella está sola. Porque ha aprendido todo lo que quiere aprender por sí misma. Porque hay una persona en el mundo hacia la cual se la está guiando. Y esa persona, en este mismo instante, está piloteando este avión.

Giro cerrado, moderar marcha, apagar, hélice deteni­da... da deslizarse hacia abajo, flotar sin ruido hasta la tierra, seguir por inercia hasta detenerse frente a la multitud.

La voy a reconocer en cuanto la vea, pensé, luminosa anticipación. La voy a reconocer en cuanto la vea.

En derredor del aeroplano había hombres y mujeres, familias con la cesta de picnic, niños en bicicleta, observando. Dos perros, cerca de los niños.

Emergí de la cabina, miré a las gentes y me gustaron. Y entonces me encontré escuchando mi propia voz, curiosa-mente ajeno; al mismo tiempo estaba buscándola entre la multitud.

— ¡Russell desde el aire, amigos! ¡ Véanla flotara la de­riva en los campos de Iowa! ¡Ultima oportunidad antes de que nieve! Asciendan hasta donde sólo vuelan los pájaros y los ángeles...

Unos cuantos rieron y aplaudieron para que otro fuera el primero.

Algunas caras, suspicaces, llenas de pre­guntas; algunas caras ansiosas y aventuradas; también algunas caras bonitas, divertidas, intrigadas. Pero por nin­guna parte la cara que yo estaba buscando.

— ¿Seguro que no hay peligro? —dijo una mujer—. ¡Con lo que acabo de ver, no podría jurar que usted con­duzca  bien!

Bronceada por el sol, de claros ojos pardos, quería que la convencieran.

—No hay el menor peligro, señora; suave como un plumón de cardo. Este Fleet está volando desde el 24 de diciembre de 1928... Probablemente sirva para un vuelo más antes de hacerse pedazos...

Me miró parpadeando, sobresaltada.

—Era una broma —le dije—. Seguirá volando años después de que usted y yo nos hayamos ido, se lo garan­tizo.

—        Creo que ya esperé bastante —comentó—. Siempre he tenido ganas de volar en uno de éstos...

—        Le va a encantar.

     

Hice girar la hélice para poner en marcha el motor, le mostré cómo entrar en la carlinga delantera, la ayudé con el cinturón de seguridad.

Imposible, pensé. Ella no está. ¡No-estar no es posible! ¡Todos los días convencido de que hoy-será-el-día, y todos los días me equivoco!

A esa primera pasajera siguieron otros treinta, antes de que cayera el sol. Volé y hablé, hasta que todos se fueron a su casa, para cenar y pasar la noche juntos, dejándome solo.

Solo.

¿Acaso ella es una ficción?

Silencio.

Un minuto antes de que hirviera el agua, saqué la cacerola de mi fogata, vertí un poco de mezcla para chocolate caliente y revolví con un tallo de heno. Con el ceño fruncido, me dije:

—Soy un tonto si la busco acá.

Ensarté en un palo un panecillo de canela de la semana anterior y lo tosté sobre las hilachas del fuego.

Esta aventura de pasarme la década del '70 haciendo exhibiciones ambulantes con un viejo biplano, pensé, en otros tiempos estaba condimentada con signos de interro­gación. Ahora es tan conocida y carente de peligro que lo mismo daría vivir en un álbum de recortes. Después de cien barrenas, puedo hacerlas con los ojos cerrados. Después de buscar en la milésima multitud, comienzo a dudar de que las almas gemelas aparezcan en los henares.

Se gana bastante llevando pasajeros; no me voy a morir de hambre. Pero tampoco estoy aprendiendo nada nuevo.

Me estoy demorando.

Mi último verdadero aprendizaje se había producido dos veranos antes, al ver en un campo un biplano Travel Air blanco y dorado: otro aviador ambulante. Al aterrizar conocí a Donald Shimoda, Mesías retirado, ex-Salvador-del-Mundo. Nos hicimos amigos, y en esos últimos meses de su vida él me pasó algunos secretos de su extraña mi­sión.

El diario que llevara en esa temporada se había conver­tido en un libro, enviado a un editor y publicado no hacía mucho. Como yo practicaba bien casi todas sus lecciones, rara vez  

me veía puesto a prueba, pero el problema del alma gemela no podía resolverlo en absoluto.

Cerca de la cola del Fleet sonó un leve crujido: pasos subrepticios rozando el heno. Se interrumpieron cuando me volví para escuchar; luego avanzaron lentamente, ace­chándome.

Agucé la vista en la oscuridad.

—¿Quién anda allí?

¿Una pantera? ¿Un leopardo? En Iowa no puede ser; no hay leopardos en Iowa desde...

Otro paso lento en el heno de la noche. Tiene que ser... ¡un lobo!

Me lancé hacia el equipo de herramientas, manoteando un cuchillo, una llave inglesa grande, pero demasiado tarde. En ese momento, por detrás de la rueda del aeroplano, asomó un antifaz de bandido, blanco y negro, ojos bri­llantes estudiándome, hocico peludo olfateando inquisiti­vamente en dirección a la caja de provisiones.

No era un lobo.

— Caramba... Bueno, hola... —dije.

Me reí de mi corazón, que palpitaba de ese modo, y fingí que estaba guardando la llave inglesa.

A los cachorros de mapache, rescatados y criados como mascotas en el Medio Oeste, se los pone en libertad cuando ya tienen un año, pero siempre siguen siendo mascotas.

No tiene nada …

— Está bien... ¡Ven, ven, amiguito! ¿Tienes hambre?

Cualquier cosa dulce me vendría bien; una barrita de chocolate o... ¿bombones de merengue? Yo sé que tienes bombones de merengue.

El mapache se alzó sobre las patas traseras por un mo­mento, moviendo la nariz y probando el aire que venía desde la comida. Me miró. El resto de los bombones de merengue, si no los vas a comer tú, me vendrían bien.

Saqué la bolsa y volqué un montoncito de esas cosas suaves, empolvadas, sobre mi ropa de cama.

—Aquí tienes. Acércate.

El mini-oso, ruidosamente dedicado al postre, se llenó la boca de bombones de merengue, masticándolos con feliz gratitud.

Rechazó mi pan frito casero después de darle medio mordisco; terminó los bombones, tragó casi todo mi cereal con miel y bebió la cacerola de agua que le serví. Luego pasó un rato sentado, contemplando el fuego. Al fin olfa­teó que era hora de seguir andando.

—Gracias por la visita —le dije.

Los ojos oscuros se clavaron solemnemente en los míos.

Gracias por la comida. No eres mal humano. Nos veremos mañana por la noche. Tu pan frito es horrible.

Con eso, la peluda bestezuela se alejó; el rabo anillado desapareció entre las sombras, los pasos crujieron más le­vemente por el heno, dejándome solo con mis pensamientos y las ansias por mi dama.

Todo vuelve siempre a ella. 

No es imposible, pensé, ¡no es demasiado pedir! ¿Qué me diría Donald Shimoda, si estuviera sentado aquí esta noche, bajo el ala, si supiera que aún no la he en­contrado?

Diría algo obvio, eso es lo que diría. Lo extraño de sus secretos consistía en que todos eran simples.

Si yo le dijera que había fracasado al buscarla, ¿qué? Él estudiaría su panecillo de canela, buscando inspiración se peinaría con los dedos el pelo negro y diría:

—Volar con el viento, Richard, de ciudad en ciudad, ¿no se te ha ocurrido que no es el modo de hallarla, sino de perderla?

Simple. Y luego esperaría, sin decir una palabra, la respuesta que yo tuviera para darle.

A eso yo habría dicho, si él estuviera aquí, yo habría dicho:

—De acuerdo: volar por los horizontes no es el modo. Renuncio. Dime tú. ¿Cómo la busco?

Él entornaría los ojos, fastidiado por el hecho de que yo se lo preguntara a él y no a mí mismo.

—¿Eres feliz? ¿Estás haciendo, en este momento, exac­tamente lo que más deseas hacer en el mundo?

El hábito habría respondido que sí, por supuesto, que estoy haciendo de mi vida justamente lo que se me antoja.

Vino el frío de la noche, empero; la misma pregunta de él, y algo había cambiado. ¿Estoy haciendo, en este mo­mento, lo que más quiero hacer?

— ¡No!

— ¡Qué sorpresa! —habría dicho Shimoda—. ¿Qué signi­ficado  le atribuyes a eso?

Parpadeé, abandoné la imaginación y hablé en voz alta.

—¡Bueno, significa que estoy harto de volar llevando pasajeros! En este momento estoy contemplando mi última fogata; ese pequeño de Russell, al atardecer, fue el último pasajero que jamás llevaré.

Traté de decirlo otra vez:

—Estoy harto de volar llevando pasajeros.

Un espanto lento y silencioso. Un zumbar de preguntas

Por un momento saboreé mi nueva ignorancia, la hice girar en mi lengua. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué va a ser de mí?
Tras la seguridad laboral del aviador ambulante, estalló por sorpresa un nuevo placer, desplomándose sobre mí como una fresca ola de las profundidades. ¡No sabía qué hacer!

Dicen que cuando una puerta se cierra, otra se abre. Veo la puerta que acaba de cerrarse; tiene un letrero que dice AVIADOR AMBULANTE, y atrás hay cajas y cajones de aventuras que me cambiaron de quien era en quien soy. Y ahora es tiempo de seguir. ¿Dónde está la puerta que acaba de abrirse?

Si ahora mismo yo fuera un alma avanzada, pensé, Shimoda no, pero sí un yo avanzado, ¿qué me diría a mí mismo?

Pasó un momento y supe lo que diría:

—Mira todo cuanto tienes en derredor en este momen­to, Richard, y pregunta: "¿Qué hay de malo en este cuadro?" 

Miré a mí alrededor en la oscuridad. El cielo no estaba mal. ¿Cómo puede estar mal algo

con estrellas estallando en diamantes a miles de años-luz, y yo mirando los fuegos artificiales desde un lugar seguro? ¿Qué hay de malo en un avión tan robusto y leal como el Fleet, listo para llevarme adonde yo quiera? Nada malo.

Lo que está mal en el cuadro es esto: ¡ella no está conmigo! ¡Y voy a hacer algo para solucionar eso ahora mismo!

Despacio, Richard, pensé. Esta vez, para variar, no actúes como siempre. ¡No tan rápido, por favor! Por favor. Primero, piensa. Con atención.

Era de esperar. Había otra pregunta en la oscuridad, algo que no había preguntado a Donald Shimoda, algo que él no había contestado.

¿Por qué ocurría siempre que las personas más avan­zadas, aquéllas cuyas enseñanzas, retorcidas hasta convertirlas en religiones, duraban siglos y siglos, por qué ocurría siempre que ellas estaban invariablemente solas?

¿Por qué nunca vemos radiantes cónyuges o milagrosos pares con quienes ellos compartan sus aventuras y su amor? Los rodean sus discípulos y sus curiosos, a estos pocos tan admirados; los aprietan quienes acuden a ellos en busca de curación y luz. Pero ¿con qué frecuencia vemos cerca a sus almas gemelas, a sus gloriosos y potentes seres amados? Al­gunas veces? ¿Una vez cada tanto?

Tragué saliva, súbitamente seca la garganta.

Nunca.

Las personas más avanzadas, pensé, ¡son las más solas! El cielo hacía girar lentos y escarchados mecanismos de relojería allá en lo alto, sin preocuparse.

¿Acaso estos perfectos no tienen almas gemelas porque han superado, al crecer, las necesidades humanas?

No hubo respuesta de la azul Vega, que reverberaba en su arpa de estrellas.

Alcanzar la perfección no sería problema mío por un montón de vidas más, pero se supone que esas personas nos indican el camino. ¿Acaso han dicho olvidaos de las almas gemelas, porque las almas gemelas no existen?

Los grillos gorjeaban lentamente: tal vez, talvez.

Contra ese muro de piedra, mi noche se estrelló hasta acabar. Si eso es lo que dicen, gruñí para mis adentros, se equivocan.

Me pregunté si ella estaría de acuerdo, donde quiera estuviese en ese minuto. ¿Se equivocan, mi querida desconocida?

Donde quiera estuviese, no respondió.

A la mañana siguiente, cuando la escarcha se hubo de­rretido de las alas, yo ya tenía la manta del motor, el equipo de herramientas, la caja del almacén y la cocina pulcramen­te amontonados en el asiento delantero, la cubierta baja y bien asegurada. Lo que restaba del cereal para desayunar se lo dejé al mapache.

El sueño había hallado mi respuesta: los avanzados, los perfectos, pueden sugerir, pueden insinuar lo que deseen, pero soy yo quien decide qué hacer. Y he decidido que no voy a pasar la vida solo.

Me puse los guantes, hice girar la hélice, puse en marcha el motor por última vez, me acomodé en la carlinga.

¿Qué haría si la viera ahora, caminando por el heno? Siguiendo un tonto impulso, un extraño estremecimiento del cuello, me volví a mirar.

El campo estaba desierto.

El Fleet subió rugiendo desde la tierra, viró hacia el este, aterrizó en el aeropuerto de Kankakee, Illinois. Vendí el aeroplano ese mismo día, por once mil dólares en efectivo, y guardé el dinero en mi rollo de frazadas.

A solas por un largo minuto, con la mano puesta en la hélice, di las gracias a mi biplano, le dije adiós y me marché rápidamente del hangar, sin mirar atrás.

En tierra, rico, sin hogar, salí a las calles de un planeta de cuatro mil quinientos millones de almas, y en ese mo­mento comencé la búsqueda, con dedicación total, de la única mujer que, según las mejores personas jamás nacidas, no existía siquiera.

 

 
 
 
 
 
Apps de El Místico para acceder a los contenidos desde Smartphone o Tablet.

Ingresa con tu celular o tablet

 
 
 El Místico en tus favoritos
   
Remeras sublimadas Ricmon
Chat de conferencias en El Místico
Canal en YouTube de El Místico