endo así
que hablaba al público de la radio, ansioso por saber que
significaba esa historia de los aviones que andaban por todas
partes. Apenas un minuto después empezó a parpadear la lucecita del
teléfono instalado en la mesa de Sykes, que comunicaba con la
centralita.
- Tenemos
una llamada en la línea uno - anuncio Sykes -. Sí, señora.
- ¿Estoy
en antena?
- Sí,
señora, está en antena y nuestro invitado es el señor Donald Shimoda,
piloto. Adelante, está en antena.
- Bien,
me gustaría decirle a ese individuo que no todos pueden hacer lo que
quieren y que algunas personas deben trabajar para ganarse la vida y
tienen la responsabilidad suficiente para no andar haciendo
payasadas por las alturas.
- Las
personas que trabajan para ganarse la vida hacen lo que más les
place - respondió Shimoda -. Lo mismo que las que se ganan la vida
jugando…
- Las
escrituras dicen que ganarás el pan con el sudor de tu frente y lo
comerás con dolor.
- También
somos libres de proceder así, si lo deseamos.
- "¡Haz
lo que quieras !" Estoy harta de que personas como usted repitan
"¡haz lo que quieras, haz lo que quieras !" Si permitimos que todos
se desboquen, destruirán el mundo. Ya lo están destruyendo. ¡Fíjese
en lo que está ocurriendo con las plantas, con los ríos y con los
océanos !
Le dio
cincuenta pretextos distintos para contestar y él los ignoró todos.
- No
importa que se destruya el mundo - dijo -. Tenemos otros mil
millones de mundos para crear y elegir. Mientras la gente anhele
planetas, tendrá planetas donde vivir.
No era el
argumento ideal para apaciguar a su interlocutora y miré atónito a
Shimoda. Este sustentaba su punto de vista particular, que abarcaba
la perspectiva de incontables ciclos vitales y de los conocimientos
que solo un maestro puede recordar. Naturalmente, su interlocutora
suponía que la discusión giraba en torno a la realidad de este único
mundo, donde el nacimiento es el comienzo y la muerte es el fin. El
lo sabía… ¿por qué entonces no lo tomaba en consideración?
- Todo
anda a las mil maravillas, ¿no es cierto? - exclamó la polemista por
teléfono -. En este mundo no existe la maldad, el pecado no prospera
alrededor de nosotros. Eso es lo que inquieta, ¿verdad?
- No hay
ningún motivo para que nos afanemos por eso, señora. Vemos sólo una
partícula del todo que es la vida, y esa única partícula es falsa.
Todo se equilibra, y nadie sufre y nadie muere sin su
consentimiento. Nadie hace lo que no quiere hacer. No existen ni el
bien ni el mal, fuera de lo que nos hace felices y de lo que nos
hace desdichados.
Nada de
eso contribuía a calmar a la dama. Pero ella cambió bruscamente de
tono y se limitó a preguntar:
- ¿Cómo
sabe todo eso? ¿Cómo sabe que lo que dice es cierto?
- No sé
que es cierto - respondió Shimoda -. Lo creo simplemente porque me
complace creerlo.
Entrecerré los ojos. Podría haber dicho que lo había ensayado y daba
resultado: las curaciones, los milagros, la vida práctica que
convertía sus ideas en hechos ciertos y viables. Pero no lo dijo.
¿Por qué?
Existía
una razón. Yo conservaba los ojos entreabiertos y veía casi todo el
estudio como una mancha gris , con la imagen borrosa de Shimoda
inclinada para hablar por el micrófono. Enunciaba todos estos
conceptos directamente, sin dar alternativas, ni hacer ningún
esfuerzo para que sus pobres oyentes lo entendieran.
- Quienes
han sobresalido, quienes han sido felices, quienes han dejado una
herencia útil al mundo, han sido en su totalidad almas divinamente
egoístas, que vivían pensando en su propio provecho. Sin excepción.
Luego
llamó un hombre, cuando ya estaba más avanzada la noche.
- ¡
Egoísta ! ¿Sabe quién es el anticristo?
Shimoda
sonrió fugazmente y se acomodó en la silla, como si conociese
personalmente a su interlocutor.
- Tal vez
me lo pueda explicar usted.
- Cristo
dijo que debemos vivir para nuestro prójimo. El anticristo dice que
seamos egoístas, que vivamos para nosotros mismos y que dejemos que
el prójimo se vaya al infierno.
- O al
cielo, o a donde tenga ganas de ir.
- Es
usted una persona peligrosa, ¿sabe? ¿Qué sucedería si todos le
escucharan e hicieran lo que se les antojase? ¿Qué cree que
ocurriría en ese caso?
- Pienso
que nuestro planeta probablemente sería el más venturoso de esta
región de la galaxia - contestó.
-
Presiento que no me gustaría que mis hijos escucharan lo que está
usted diciendo.
- ¿Qué
desean escuchar sus hijos?
- Si
todos somos libres de hacer lo que se nos antoja, entonces yo soy
libre de ir a esa emisora con mi escopeta y de volarle su estúpida
cabeza.
- Desde
luego que es libre de hacerlo.
La
comunicación se cortó secamente. En algún lugar de la ciudad había
cuanto menos un hombre indignado. Los otros, y las muchas mujeres
coléricas, seguían llamando. Todos los botones del aparato estaban
encendidos y titilando.
No era
lógico que las cosas hubieran tomado ese rumbo. Podría haber dicho
lo mismo, con otras palabras, sin irritar a nadie.
Volvía a
invadirme la misma sensación que había experimentado en Troy, cuando
la multitud se desbocó y le rodeó. Era hora, evidentemente era hora,
de que tomáramos el portante.
El manual
no me prestó ninguna ayuda, allí en el estudio.
Para vivir
libre y dichosamente,
debes sacrificar el
tedio.
No
siempre es un
sacrificio fácil.