Llama Violeta

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El Poder esta Dentro de Ti

Primera  Parte

El Poder de la Palabra Hablada

Louise L. Hay

 
 

El poder de la palabra hablada
Cada día afirma lo que deseas en la vida. Dilo
como si ya lo tuvieras.


La ley de la mente
Existe la ley de la gravedad, así como varias otras leyes físicas cuyo funcionamiento no comprendo.
Hay leyes espirituales, como la de causa y efecto: «Lo que das se te devuelve». También hay una ley
de la mente. No sé cómo funciona, del mismo modo que tampoco sé cómo funciona la electricidad.
Sólo sé que cuando acciono el interruptor se enciende la luz.
Yo creo que cuando tenemos una idea o cuando pronunciamos una palabra o una frase, de alguna
manera salen de nosotros convertidas en una ley de la mente y nos vienen de vuelta convertidas en
experiencias.
Ahora estamos comenzando a aprender la correlación entre lo mental y lo físico. Estamos
comenzando a entender cómo funciona la mente y que nuestros pensamientos son creativos. Los
pensamientos pasan con mucha rapidez por nuestra mente, por lo cual es sumamente difícil darles
forma. La boca, por su parte, es mas lenta. De modo que si empezamos a dirigir nuestra forma de
hablar, escuchando lo que decimos y no dejando que salgan de nuestra boca palabras negativas,
podremos ir dando otra forma a nuestros pensamientos.
La palabra hablada tiene un poder enorme, y muchos de nosotros no nos damos realmente cuenta
de su importancia. Consideremos las palabras como los cimientos de lo que creamos continuamente
en nuestra vida. Todo el tiempo estamos utilizando palabras; sin embargo, a veces no pasan de ser
un balbuceo, porque en realidad no pensamos lo que decimos ni cómo lo decimos. Prestamos muy
poca atención a la elección de nuestras palabras. De hecho, la mayoría de nosotros suele hablar en
términos negativos.
Cuando éramos pequeños se nos enseñó gramática. Nos enseñaron a seleccionar las palabras
según las reglas gramaticales. Sin embargo, yo he comprobado que éstas cambian constantemente,
y que lo que era impropio en una época es correcto en otra, y viceversa. Palabras que antes se
consideraban vulgares e inaceptables actualmente son de uso común. Pero la gramática no toma en
cuenta el significado de las palabras ni la forma en que influyen en nuestra vida.
En la escuela a mí no se me enseñó que mi elección de palabras tuviera algo que ver con lo que
iba a experimentar en mi vida. Nadie me enseñó que mis pensamientos eran creativos, ni que podían
literalmente conformar mi vida. Nadie me dijo que lo que yo daba en forma de palabras volvería a mí
en forma de experiencias. El objetivo de la regla de oro es enseñarnos una ley de vida muy
elemental: «Haz a los demás lo que deseas que te hagan a ti». Lo que damos se nos devuelve. Esto
nunca tuvo por finalidad hacernos sentir culpables. Nadie jamás me dijo que yo era digna de amor o
que merecía el bien. Y nadie me enseñó que la vida estaba ahí para apoyarme.
Recuerdo que cuando era niña mis compañeros y yo solíamos insultarnos y decirnos cosas muy
crueles e hirientes, y nos tratábamos mutuamente con desdén. ¿Pero por qué hacíamos eso?
¿Dónde habíamos aprendido ese comportamiento? Veamos lo que se nos enseñaba. A muchos de
nosotros nuestros padres nos repetían una y otra vez que éramos estúpidos, bobos, perezosos e
inútiles. Éramos una molestia y no valíamos lo suficiente. Más de algún pequeño escuchó a sus
padres lamentarse y decir que ojalá no hubiera nacido. Tal vez nos encogimos asustados al escuchar
esas palabras, pero no comprendimos lo profundamente clavados que quedarían el dolor y la herida.
Cómo cambiar el diálogo interno
Demasiado a menudo aceptamos los primeros mensajes que recibimos de nuestros padres.
Escuchamos cómo nos decían «Cómete las espinacas», «Limpia tu cuarto» o «Haz tu cama», e
interpretamos que debíamos hacerlo para que nos amaran. Entendimos que sólo éramos aceptables
si hacíamos ciertas cosas–, que la aceptación y el amor eran condicionales. Sin embargo, se trataba
del concepto de otra persona sobre lo que era digno, y no tenía nada que ver con nuestro propio y
profundo valor personal. Nos quedó la idea de que sólo podíamos existir si hacíamos esas cosas para
agradar a los demás; de otra forma no teníamos ni siquiera el permiso para existir.
Estos primeros mensajes contribuyen a configurar lo que yo llamo diálogo interno, es decir, la
forma en que nos hablamos a nosotros mismos. El diálogo interno es muy importante, porque
constituye la base de nuestras palabras habladas, crea el ambiente mental según el cual vamos a
actuar y determina la clase de experiencias que atraeremos. Si nos despreciamos o subvaloramos, la
vida va a significar muy poco para nosotros. En cambio, si nos amamos y valoramos, entonces la vida
puede ser un don precioso, un maravilloso regalo.
Si somos desdichados o nos sentimos frustrados o insatisfechos, es muy fácil echar la culpa a
nuestros padres o a los demás. Sin embargo, cuando lo hacemos, nos quedamos atascados en esa
situación, en nuestros problemas o frustraciones. Las palabras de culpa no nos proporcionan libertad.
Recuérdalo, hay poder en nuestras palabras. Lo repito, nuestro poder proviene de hacernos
responsables de nuestra vida. Ya sé que eso de ser responsable de nuestra propia vida suena un
poco intimidante, pero es que en realidad lo somos, tanto si lo aceptamos como si no. Y para ser ver-
daderamente responsables de nuestra vida, tenemos que hacernos responsables de nuestra boca.
Las palabras y frases que decimos son una prolongación de nuestros pensamientos.

     

Empieza a prestar atención a lo que dices. Si pronuncias palabras negativas o limitadoras, cámbialas.
Cuando escucho alguna historia o anécdota negativa, no voy por ahí contándosela a todo el mundo.
Creo que ya ha ido demasiado lejos y dejo que se vaya. En cambio, si escucho una historia positiva
se la cuento a todo el mundo.
Cuando estés con otras personas, presta atención a lo que dicen y a cómo lo dicen. Trata de
relacionar lo que dicen con lo que están experimentando en su vida. Muchísima gente vive a base de
«debería». Cuando escucho la palabra «debería», es como si sonara una campanilla en mi oído. Hay
personas a las que se la he escuchado decir, y con frecuencia, hasta más de diez veces en un solo
párrafo. Estas mismas personas no se explican por qué su vida es tan rígida ni por qué no logran
cambiar su situación. Desean controlar cosas que no pueden controlar. Entonces, o bien se culpan a
sí mismas o culpan a otra persona. Y después se preguntan por qué no llevan una vida de libertad.
También podemos eliminar la expresión «tengo que» de nuestro vocabulario y de nuestro
pensamiento. Cuando lo hagamos, liberaremos todas las presiones que nos autoimponemos. Nos
creamos enormes presiones cuando decimos: «Tengo que ir a trabajar. Tengo que hacer esto. Tengo
que... Tengo que...». En su lugar comencemos a decir: «Elijo...». «Elijo ir al trabajo porque me da
dinero para pagar el alquiler». «Elijo» da una perspectiva totalmente diferente a nuestra vida. Todo lo
que hacemos es por elección, incluso aunque no lo parezca.
Muchas personas usamos también la palabra «pero». Hacemos una afirmación y luego añadimos
«pero», lo cual nos orienta en dos direcciones diferentes. Nos enviamos mensajes contradictorios. La
próxima vez que hables presta atención al uso que haces de la palabra «pero».
Otra expresión a la que tenemos que prestar atención es «no olvides». Estamos habituados a
decir: «No olvides esto o aquello». Y, ¿qué pasa? Que lo olvidamos. Lo que de verdad necesitamos
es recordar, no olvidar, de modo que podemos comenzar a emplear la expresión «por favor,
recuerda» en lugar de «no olvides».
Cuando te despiertas por la mañana, ¿maldices el hecho de tener que ir a trabajar? ¿Te quejas del
tiempo? ¿Te quejas de que te duele la cabeza o la espalda? ¿Qué es lo que piensas o dices en
segundo y tercer lugar? ¿Les chillas a tus hijos para que se levanten? La mayoría de las personas
dicen más o menos las mismas cosas cada mañana. ¿Cómo hace que empiece tu día lo que dices?
¿Es un comienzo positivo, alegre y maravilloso? ¿O es malhumorado y crítico? Si te lamentas, gruñes
y maldices, esas son las bases que sentarás para ese día.
¿Cuáles son tus últimos pensamientos antes de dormirte? ¿Son potentes pensamientos curativos,
o son de inquietud por tu pobreza? Los pensamientos de pobreza no sólo se refieren a la escasez de
dinero; son formas negativas de ver cualquier aspecto de tu vida, cualquier cosa que no fluye li-
bremente en tu vida. ¿Te preocupa el mañana? Yo suelo leer algo positivo antes de dormirme. Soy
consciente de que mientras duermo hago muchísima limpieza que me prepara para el día siguiente.
Me resulta muy útil traspasar a mis sueños los problemas o interrogantes que tenga. Sé que mis
sueños me ayudarán a resolver cualquier cosa que suceda en mi vida.

Yo soy la única persona que puede pensar en mi mente, así como tú eres la única persona que
puede pensar en la tuya. Nadie nos puede obligar a pensar de forma diferente. Nosotros escogemos
nuestros pensamientos, que constituyen la base de nuestro «diálogo interno». A medida que iba com-
probando cómo funcionaba cada vez más en mi vida este proceso, vivía más de acuerdo con lo que
enseñaba a los demás. Vigilaba de verdad mis palabras y pensamientos y a cada momento me
perdonaba por no ser perfecta. En lugar de luchar por ser una persona excelente que fuera aceptable
a los ojos de los demás, me di permiso para ser yo misma. Cuando por vez primera comencé a
confiar en la vida y a considerarla como un lugar acogedor, me sentí más ligera. Mi humor se hizo
menos mordaz y más auténticamente divertido. Trabajé para liberar toda crítica y todo juicio de mí
misma y de los demás. Dejé de contar historias catastróficas. Somos tan rápidos para propagar las
malas noticias... Es francamente increíble. Dejé de leer los periódicos y renuncié al telediario de la
noche, porque toda la información que daban se refería a desastres y violencia y contenía muy pocas
buenas noticias. Me di cuenta de que la mayoría de la gente en realidad no desea escuchar buenas
noticias. Les encanta escuchar malas noticias, para tener algo de qué quejarse. Somos demasiadas
las personas que contamos una y otra vez las mismas historias negativas hasta convencernos de que
sólo existe el mal en el mundo. Durante un tiempo hubo una emisora de radio que se dedicó a dar
solamente noticias buenas. Quebró.
Cuando enfermé de cáncer decidí abandonar todo chismorreo. Con gran sorpresa por mi parte,
descubrí que ya no tenía nada que decirle a nadie. Me di cuenta de que cada vez que me encontraba
con algún amigo, inmediatamente me ponía a comentar con él el último chisme o trapo sucio.
Finalmente descubrí que había otras formas de conversar, aunque éste no fue un hábito fácil de
romper. De todas maneras, si yo murmuraba de otras personas, lo más probable era que éstas
hicieran lo mismo conmigo, pues lo que damos lo recibimos de vuelta.
Comencé a tratar con más y más personas y a escuchar lo que decían. Empecé a prestar atención
a las palabras, no sólo al tema general. Después de diez minutos con un nuevo cliente, generalmente
sabía con exactitud la causa de su problema, porque escuchaba las palabras que utilizaba. Era capaz
de comprenderlo por su forma de hablar. Sabía que sus palabras contribuían a crear y agravar su
problema. Si al hablar empleaba palabras negativas, ¿te imaginas cómo debía ser su «diálogo
interno»? Evidentemente, la programación negativa era la que dominaba: los pensamientos de
pobreza, como yo los bauticé.
Un sencillo ejercicio que te sugiero hacer es colocar un magnetófono junto a tu teléfono y grabar la
conversación que tenga lugar cada vez que hagas o recibas una llamada. Cuando la cinta esté llena
por ambos lados, escúchala, escucha lo que has dicho y cómo lo has dicho. Lo más probable es que
te sorprendas. Escucharás las palabras que empleas y la inflexión de tu voz. Empezarás a tomar
conciencia. Si observas que repites algo tres o más veces, anótalo, porque se trata de una clave o
pauta. Puede que algunas de tus pautas sean alentadoras, pero también puede haber otras muy
negativas.
El poder del subconsciente
A la luz de lo que he dicho hasta aquí, deseo analizar el poder de nuestro subconsciente. Nuestro
subconsciente no hace juicios. Acepta todo lo que decimos, y crea en concordancia con nuestras
creencias. Siempre dice «sí». Nuestro subconsciente nos ama y nos proporciona lo que nosotros
afirmamos. Pero tenemos elección. Si elegimos conceptos y creencias de pobreza, entonces el
subconsciente supondrá que eso es lo que deseamos, y continuará dándonos estas cosas hasta que
decidamos cambiar nuestros pensamientos, palabras y creencias por otros mejores. Nunca estamos
obstaculizados porque siempre podemos volver a elegir. Hay millones y millones de pensamientos
entre los cuales podemos escoger.
Nuestro subconsciente no sabe distinguir entre lo verdadero y lo falso, o entre lo correcto y lo
incorrecto. No nos conviene desaprobarnos de ninguna manera. No nos conviene decir algo así como
«¡Ay, estúpido de mí!», porque el subconsciente escuchará ese diálogo interno y al cabo de un
tiempo nos sentiremos realmente estúpidos. Si lo repetimos mucho se convertirá en una convicción
en nuestro subconsciente.
Os diré una verdad muy importante: el subconsciente no tiene sentido del humor. Es muy
importante saberlo y comprenderlo. No se puede hacer una broma respecto a uno mismo y pensar
que eso no tiene importancia. Cualquier frase despectiva que pronuncies sobre ti mismo, aun cuando
la digas con la intención de ser ingenioso o divertido, tu subconsciente la aceptará como verdadera.
Yo no permito que se hagan chistes despectivos en mis talleres o seminarios. Admito chistes verdes
o de cualquier otro tipo, pero no chistes que muestren desprecio por una nacionalidad, raza, sexo,
color, etcétera.
De modo que no hagas chistes ni comentarios despectivos sobre ti, ya que no te crearán buenas
experiencias. Tampoco los hagas sobre otras personas. El subconsciente no distingue entre ti y los
demás. Escucha las palabras y cree que hablas de ti mismo. La próxima vez que te sientas tentado a
criticar a alguien, pregúntate por qué piensas eso de ti mismo. Vemos en los demás sólo aquello que
vemos en nosotros mismos. En lugar de criticar a los demás, elogíalos, y verás cómo dentro de un
mes notarás un enorme cambio en ti.
 Nuestro mundo es en realidad un asunto de enfoque y actitud. Fíjate en la forma en que se expresan
las personas solas, desdichadas, pobres, enfermas. ¿Qué palabras emplean? ¿Qué han aceptado
como verdad sobre sí mismas? ¿Cómo se describen a sí mismas? ¿Cómo describen su trabajo, su
vida, sus relaciones? ¿Qué esperan de la vida? Presta atención a sus palabras, pero por favor, no
vayas por ahí diciéndoles a personas desconocidas que están arruinando su vida por la forma en que
hablan. Tampoco lo hagas con tus familiares y amigos, porque no te lo agradecerán ni valorarán la
información. Pero sí usa esta información para iniciar una nueva relación contigo mismo, y llévala a la
práctica si deseas que tu vida cambie, porque incluso en el más pequeñísimo plano, si cambias tu
forma de hablar, también cambiarán tus experiencias.
Si estás enfermo y crees que tu enfermedad es incurable, que te vas a morir y que la vida es una
miseria porque nada te funciona... ¿adivinas qué pasa?
Puedes elegir renunciar a tu concepto negativo de la vida. Empieza por afirmar que eres una
persona amable (digna de amor), digna de curarte, y que atraes todo lo que necesitas en el aspecto
físico para sanar. Afirma que estás dispuesto a ponerte bien y que puedes hacerlo confiadamente
porque estás a salvo.
Muchas personas solamente se sienten a salvo cuando están enfermas. Suelen ser del tipo que
tienen dificultad para decir «no». La única forma en que pueden negarse a hacer algo es diciendo:
«Me siento demasiado mal para hacerlo». Es la excusa perfecta. Recuerdo a una mujer que asistía a
mis talleres. Ya llevaba tres operaciones de cáncer. Era incapaz de decir «no» a nadie. Su padre era
médico y ella era una buena hija, de manera que todo lo que papá decía que ella debía hacer lo
hacía. Le resultaba imposible decir «no». Le pidieras lo que le pidieras, ella tenía que decir «sí».
Llevó cuatro días lograr que por fin chillara «¡No!» a todo pulmón. Logré que lo hiciera agitando el
puño. «¡No, no y no!» Una vez que consiguió hacerlo, le encantó.
He comprobado que muchas mujeres que enferman de cáncer de mama no saben decir .«no».
Nutren a todo el mundo excepto a ellas mismas. Una de las cosas que recomiendo a las mujeres que
tienen cáncer de mama es que aprendan a decir: «No; no quiero hacerlo, no». Dos o tres meses de
decir «no» a todo, y las cosas empiezan a cambiar. Las mujeres necesitamos nutrirnos diciendo:
«Deseo hacer esto, y no lo que tú quieres que haga».
Cuando yo tenía mi consultorio particular, solía escuchar a mis clientes hablar de sus limitaciones.
Siempre deseaban que yo supiera por qué motivo estaban estancados. Si creemos que estamos
estancados y aceptamos que lo estamos, entonces sin duda estaremos estancados. Nos quedamos
«estancados» porque así se satisfacen nuestras creencias negativas. En lugar de eso, comencemos
a centrar nuestra atención en nuestras fuerzas.
Muchas personas me han dicho que mis cintas les han salvado la vida. Deseo que comprendas
que ningún libro ni ninguna cinta te va a salvar. Un trocito de cinta en una cajita de plástico no te va a
salvar la vida. Lo que importa es lo que «tú» haces con esa información. Yo puedo darte muchísimas
ideas, pero lo que hagas con ellas es lo que cuenta. Te sugiero que escuches alguna cinta en
particular una y otra vez durante un mes o más para que las ideas que contiene se conviertan en una
nueva pauta de comportamiento. Yo no soy tu salvadora ni tu sanadora. La única persona que va a
realizar un cambio en tu vida eres tú.
Ahora bien, ¿cuáles son los mensajes que deseas escuchar? Ya sé que esto lo repito una y otra vez:
«Amarnos a nosotros mismos es lo más importante que podemos hacer, porque cuando nos
amamos, no nos hacemos daño ni tampoco se lo hacemos a ninguna otra persona». Es la receta
para la paz mundial. Si yo no me hago daño y no te hago daño, ¿cómo podemos estar en guerra?
Cuantas más personas lleguemos a ese lugar, mejor será el planeta. Comencemos a tomar con-
ciencia de lo que sucede escuchando las palabras que decimos, en nuestro diálogo interno y en el
diálogo con los demás.

Entonces podremos empezar a realizar los cambios que nos ayudarán a
curarnos a nosotros mismos y al resto del planeta.

 

 
 
 
 
 
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