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El Poder
esta Dentro de Ti
Segunda
Parte
Mas Allá del Dolor
Louise L. Hay |
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Más allá del dolor
Somos
muchísimo más que nuestro cuerpo y nuestra personalidad.
El espíritu interior es siempre hermoso y digno de amor, por
mucho
que pueda cambiar nuestra apariencia externa.
El dolor
de la muerte
Es
fabuloso ser positivo. También es fabuloso reconocer lo que
se siente. La Naturaleza nos ha dado
sentimientos para pasar por ciertas experiencias; negarlos
causa más dolor. La muerte no es un
fracaso, recuérdalo. Todos morimos, la muerte forma parte
del proceso de la vida.
Cuando muere un ser querido, el proceso de aflicción dura
como mínimo un año. Por lo tanto,
tómate ese tiempo. Es muy difícil pasar por todos esos días
de fiesta, las diferentes estaciones, las
fechas especiales: los cumpleaños, el aniversario de boda,
Navidad, etcétera, de modo que sé muy
cariñoso contigo mismo y date permiso para afligirte y
llorar. No hay ninguna regla para hacerlo, no te
impongas ninguna.
También es correcto enfadarse y ponerse histérico cuando
alguien se muere. No se puede simular
que no duele. Es necesario dar salida a los sentimientos.
Permítete llorar. Mírate al espejo y gime:
«No es justo», o lo que sea que sientas. Déjalo salir, lo
repito; de lo contrario, te crearás problemas
en tu cuerpo. Cuida de ti mismo lo mejor posible; ya sé que
no es fácil, pero hazlo.
Los que trabajamos con personas enfermas de sida nos
encontramos con que este proceso de
aflicción se hace continuo. Lo mismo ocurre en tiempo de
guerra. Hay demasiadas muertes para que
nuestra sensibilidad pueda con ellos. Cuando todo esto me
supera, acudo a personas muy amigas y
me desahogo en arranques de histeria. Fue mucho más fácil
cuando murió mi madre. Pensé que era
el final natural de su ciclo de noventa años. Aunque sentí
su muerte y lloré, no sentí la rabia y el furor
que provocan la injusticia y la importunidad de la muerte de
una persona joven. Las guerras y las
epidemias producen una enorme frustración por su aparente
injusticia.
Aunque el desahogo de la aflicción lleva su tiempo, a veces
uno se siente como si estuviera en un
pozo sin fondo. Si continúas con tu aflicción pasados unos
años, eso quiere decir que te estás
revolcando en ella. Es necesario que perdones y liberes a la
otra persona, así como a ti mismo. Es
bueno recordar que no perdemos a nadie cuando muere alguien,
puesto que esa persona jamás nos
perteneció.
Si te resulta muy difícil superarlo, puedes hacer varias
cosas. Antes que nada, te sugiero que
medites en la persona que se ha ido. Fuera lo que fuese que
esta persona creyera o hiciera cuando
estaba viva, en el momento en que deja el planeta, se
levanta un velo y ella ve la vida con mucha cla-
ridad y nitidez. De modo que las personas que han muerto ya
no tienen los temores ni las creencias
que tenían cuando estaban aquí. Si estás sufriendo mucho por
la muerte de un ser querido,
probablemente te dirá que no te preocupes porque todo está
bien. En tu meditación pídele que te
ayude a pasar este período, y dile que le amas.
No te juzgues por no haber estado con esa persona o no haber
hecho lo suficiente por ella cuando
estaba viva. Eso sólo aumenta la culpa y la pena. Algunas
personas utilizan el tiempo de duelo como
excusa para no continuar con su propia vida… y a veces les
gustaría dejar el planeta también. La
muerte de alguien a quien conocemos y amamos puede,
asimismo, hacer aflorar nuestro propio
miedo a la muerte.
Emplea el tiempo de duelo en hacer tu trabajo interior para
liberar cosas que tienes dentro. La
muerte de un ser querido hace aflorar mucha tristeza.
Permítete sentirla. Necesitas llegar a un punto
en donde te sientas lo suficientemente seguro para dejar
aparecer viejos dolores. Si te permites dos o
tres días de llanto, desaparecerá parte de tu tristeza y tu
sentimiento de culpa. Si lo necesitas, busca
un buen terapeuta o un grupo que te ayude a sentirte lo
suficientemente a salvo para poder sacar
fuera esas emociones. Otra sugerencia es hacer afirmaciones
como: «Te amo y te dejo libre. Tú
estás libre y yo estoy libre».
En uno de mis talleres había una mujer que tenía mucha
dificultad para dejar salir la rabia que sentía
contra una tía que estaba muy enferma. Le aterraba pensar
que su tía se iba a morir y ella no sería
capaz de comunicarle lo que realmente sentía respecto al
pasado. No deseaba hablar con ella porque
se sentía ahogada, bloqueada interiormente. Le sugerí que
acudiera a un terapeuta porque en su
caso el trabajo individual le iba a ser de mucha utilidad.
Cuando estamos atascados en algún
aspecto, pedir ayuda es un acto de amor por nosotros mismos.
Hay muchas clases de terapeutas en todas partes que tienen
experiencia en estas situaciones. No
es necesario que vayas durante mucho tiempo, unas pocas
sesiones son suficientes para superar el
período difícil. También hay grupos de apoyo para estos
casos. Podría resultarte útil acudir a uno de
ellos porque te ayudarían a superar tu pena.
Comprender nuestro
dolor
Muchas personas viven cotidianamente con un dolor continuo. Puede
tratarse de una parte pequeña
y sin trascendencia en su vida, o puede constituir una parte
importante e insoportable de ella. Pero,
¿qué es el dolor? Muchos estamos de acuerdo en que es algo de lo que
nos gustaría vernos libres.
Veamos qué podemos aprender de él. ¿De dónde procede? ¿Qué trata de
decirnos?
El diccionario define el dolor como «una sensación desagradable o
molesta debida a un daño o
trastorno corporal». Otra definición es «sufrimiento o tormento
mental o emocional». Ya que el dolor
es una manifestación de malestar mental y físico, es evidente que
tanto la mente como el cuerpo son
susceptibles de sufrirlo.
No hace mucho fui testigo de un maravilloso ejemplo que ilustra este
punto. Estaba observando a
dos niñas que jugaban en el parque. La primera levantó la mano para
darle una juguetona palmada
en el brazo a su amiguita. Antes de que la tocara, la otra exclamó:
«¡Ay!». «¿Por qué gritas si aún no
te he tocado?», dijo la primera mirándola. A lo cual la otra
contestó rápidamente: «Ah, es que yo
sabía que me iba a doler». En este ejemplo el dolor mental fue
imaginarse o suponer el dolor físico.
El dolor nos llega de muchas formas: un arañazo, un chichón, una
magulladura; malestar, dormir mal,
una amenaza, un nudo en el estómago; una sensación de entumecimiento
en el brazo o la pierna... A
veces duele mucho, a veces sólo un poco, pero lo sentimos, sabemos
que está ahí. En la mayoría de
los casos el dolor intenta decirnos algo. A veces, el mensaje es
evidente, muy claro. La acidez de
estómago que se experimenta los días laborables pero no los fines de
semana puede ser indicio de
que necesitamos cambiar de trabajo. Muchos conocemos muy bien el
significado del dolor que se
sufre después de una noche en que hemos bebido en exceso.
Sea cual fuere el mensaje, debemos recordar que el cuerpo humano es
una maquinaria
maravillosamente construida. Cuando hay problemas nos informa de
ello, pero sólo si estamos
dispuestos a escuchar. Por desgracia, muchas personas no se toman el
tiempo necesario para
escuchar a su cuerpo.
En realidad, el dolor es el último recurso del cuerpo para decirnos
que algo va mal en nuestra vida.
Nos hemos despistado o perdido en algún lugar. Le hagamos lo que le
hagamos, el cuerpo siempre
anhela una salud óptima. Pero si lo maltratamos, contribuimos a
nuestra enfermedad o malestar.
¿Qué hacemos cuando sentimos la primera sensación de dolor?
Generalmente corremos al
botiquín o a la farmacia y nos tomamos una píldora o una cápsula. Lo
que le decimos así al cuerpo
es: «Calla, no deseo escucharte». Entonces él se callará durante un
tiempo, y después volverán los
dolores, esta vez algo más fuertes. Entonces tal vez vayamos al
médico para que nos recete algo:
pastillas, inyecciones o cualquier otra cosa. En algún momento
tenemos que prestar atención a
nuestro cuerpo para ver qué pasa, porque muy bien podría ser que
tuviéramos alguna enfermedad ya
avanzada. Incluso en este caso, muchas personas prefieren seguir con
el papel de víctimas y se
resisten a escuchar. Otras abren los ojos a lo que sucede y se
muestran dispuestas a hacer cambios.
Todo está bien. Cada cual aprende de diferente manera.
Las respuestas pueden ser tan sencillas como procurarse una buena
noche de sueño, o no salir
siete noches por semana, o no excederse en el trabajo. Permítete
escuchar a tu cuerpo porque él sí
desea ponerse bien. Tu cuerpo quiere estar sano, y tú puedes
colaborar con él.
Cuando siento un dolor o una molestia, me quedo en silencio. Sé que
mi Poder Superior me hará
saber qué necesito cambiar en mi vida para estar libre de
enfermedades. En estos momentos de
silencio imagino o visualizo los escenarios naturales más perfectos,
con mis flores preferidas, que me
rodean en abundancia. Puedo sentir y oler la dulce y tibia brisa que
sopla y roza mi cara. Me
concentro en relajar todos los músculos de mi cuerpo.
Cuando noto que he llegado a un estado de relajación total,
sencillamente le pregunto a mi
Sabiduría Interior: «¿De qué forma estoy contribuyendo a este
problema? ¿Qué es lo que necesito
saber? ¿Qué aspectos de mi vida necesitan un cambio?». Entonces dejo
que me lleguen las
respuestas. Es posible que no lleguen en este mismo momento, pero sé
que pronto se me revelarán.
Sé que cualesquiera sean los cambios necesarios, serán los correctos
para mí y que estaré
completamente a salvo sea lo que sea que se despliegue ante mí.
A veces uno se pregunta cómo va a realizar tales cambios. «¿Cómo voy
a vivir? ¿Qué pasará con
mis hijos? ¿Cómo voy a pagar mis deudas?» Lo repito, confía en que
tu Poder Superior te va a
enseñar los medios para vivir una vida llena de abundancia y libre
de dolor.

También te
sugiero que efectúes los cambios paso a paso. Lao-Tse dijo:
«El viaje más largo
comienza con un paso». Un pasito más otro pueden significar
progresos importantes. Una vez que
comiences a llevar a cabo tus cambios, recuerda por favor
que el dolor no desaparece de la noche a
la mañana, aunque bien podría ser que sí. Ha llevado su
tiempo que aflorara a la superficie, por lo
tanto es posible que también lleve su tiempo darse cuenta de
que ya no se lo necesita. Sé amable
contigo mismo. No midas tus progresos por los de otra
persona. Eres único y tienes tu propia manera
de manejar la vida. Deposita tu confianza en tu Yo Superior
para librarte de todo dolor físico o
emocional.
El
perdón es la llave de lalibertad
«¿Prefieres tener razón o ser feliz?», suelo preguntar a mis
clientes. Todos tenemos opiniones sobre
quién tiene razón y quién está equivocado, según nuestra
propia forma de entender las cosas; y
todos podemos encontrar razones que justifiquen nuestra
opinión y nuestros sentimientos. Deseamos
castigar a otras personas por lo que nos han hecho. Sin
embargo, somos nosotros quienes «pasamos
la película» una y otra vez en nuestra mente. Es tonto
castigarnos ahora por el daño que alguien nos
hizo en el pasado.
Para liberar y dejar atrás el pasado es preciso estar
dispuestos a perdonar, aun cuando no
sepamos cómo hacerlo. Perdonar significa renunciar a
nuestros sentimientos dolorosos y
sencillamente dejar que lo que los provocó se marche. Un
estado de no perdón efectivamente
destruye algo dentro de nosotros.
Sea cual fuere la senda espiritual que sigues, lo normal es
que descubras que el perdón es un asunto
importantísimo en cualquier momento, pero sobre todo cuando
hay una enfermedad. Cuando
estamos enfermos es preciso que observemos lo que nos rodea
y veamos qué necesitamos perdo-
nar. Generalmente sucede que aquella persona a la que
pensamos que jamás vamos a perdonar es
precisamente la que más necesitamos perdonar. No perdonar a
una persona no le causa el menor
daño a ella, pero a nosotros nos provoca estragos. El
problema no es de ella. El problema es nuestro.
Los rencores y heridas que nos duelen tienen mucho que ver
con perdonarnos a nosotros mismos,
no a otra persona. Afirma que estás totalmente dispuesto a
perdonarte: «Estoy dispuesto a liberarme
del pasado. Estoy dispuesto a perdonar a todos aquellos que
alguna vez me hicieron daño, y me per-
dono por haber dañado a otros». Si piensas en alguien que te
hizo daño en algún momento de tu
vida, bendice a esa persona con amor y libérala. Después,
desecha el pensamiento.
Yo no estaría aquí ahora si no hubiera perdonado a las
personas que me hicieron daño. No deseo
castigarme en el presente por lo que ellas me hicieron en el
pasado. No quiero decir que lograrlo
haya sido fácil. Sólo que ahora puedo mirar hacia atrás y
decir: «Ah, sí, eso es algo que sucedió».
Pero ya no vivo allí. Y no es lo mismo que justificar o
excusar su comportamiento.
Si te sientes estafado o timado por alguien, has de saber
que nadie puede quitarte nada que sea
tuyo por derecho. Si te pertenece, volverá a ti en el
momento oportuno. Si algo no retorna, eso quiere
decir que no había de volver. Acéptalo y continúa con tu
vida.
Para ser libre es preciso abandonar el resentimiento «que
clama justicia» y superar los
sentimientos de autocompasión.
Cuando sufres un ataque de autocompasión, te conviertes en
esa persona desamparada que no
tiene ningún poder. Para tener poder es preciso estar con
los pies apoyados en el suelo y asumir la
responsabilidad.
Tómate un momento, cierra los ojos e imagínate un hermoso
riachuelo que pasa junto a ti. Coge la
vieja experiencia dolorosa, la herida, la falta de perdón, y
lánzalo todo al riachuelo. Observa cómo
comienza a disolverse avanzando río abajo hasta que se
disipa y desaparece totalmente. Haz esto lo
más a menudo que puedas.
Ha llegado el momento de la compasión y la curación. Entra
en tu interior y comunícate con esa
parte tuya que sabe curar. Eres increíblemente competente.
Estás dispuesto a avanzar hacia nuevos
planos para descubrir aptitudes de las cuales ni siquiera
tenías conciencia, no sólo para curar la
enfermedad o malestar, sino también para sanarte a ti mismo
en todos los aspeaos posibles, para
hacerte íntegro en el sentido más profundo de la palabra,
para aceptar cada parte de ti mismo y cada
experiencia que hayas tenido, y para saber que todo esto
forma parte de la trama de tu vida en estos momentos. Me
encanta el Libro de Emmanuel.
Hay un párrafo que contiene un buen mensaje:
—¿Cómo se experimentan circunstancias dolorosas sin
amargarse por ellas? —le preguntan a
Emmanuel.
—Tomándolas como enseñanzas y no como castigos
—contesta Emmanuel—. Confiad en la vida, amigos míos. Por
muy lejos que os parezca que os lleva,
ese viaje es necesario. Habéis venido a cruzar un amplio
terreno de experiencia con el fin de verificar
dónde está la verdad y dónde está vuestra tergiversación de
la verdad. Entonces seréis capaces de
volver a vuestro hogar, a vuestro yo espiritual, renovados y
más sabios.
Ojalá pudiéramos comprender que todos nuestros supuestos
problemas son sólo oportunidades
para que crezcamos y cambiemos, y que la mayoría de ellos
proceden de las vibraciones que hemos
estado emitiendo.
Lo único que
necesitamos hacer es cambiar nuestra forma de pensar, y
estar
dispuestos a disolver el rencor y a perdonar.

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