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LA DÉCIMA REVELACIÓN

EN BUSCA DE LA LUZ INTERIOR

SUPERAR EL MIEDO

James Redfield

 
SUPERAR EL MIEDO

Una vez liberado del vértigo, me di cuenta de que me encontraba de nuevo en las cascadas. Frente a mí, debajo de una saliente rocosa, estaba mi mochila exac­tamente donde la había puesto antes. Miré a mi alrededor; no había ningún indicio de Wil. ¿Qué había pasado? ¿Adónde se había ido?

Según mi reloj, había pasado menos de una hora desde que Wil y yo habíamos ingresado en la otra dimensión, y mientras reflexionaba acerca de la experien­cia, me impactó recordar cuánto amor y cuánta calma había sentido, y qué poca ansiedad... hasta ahora. Ahora, todo lo que me rodeaba parecía opaco y como en sordina.

Agotado, fui a recoger mi mochila, con un nudo de miedo en el estómago. Sintiendo que estaba demasiado expuesto en las rocas, decidí regresar a las colinas del sur hasta decidir qué haría. Llegué a la cima de la primera colina y cuando empecé a bajar por la pendiente divisé a un hombre menudo, de unos cincuenta años quizá, que subía por la derecha. Era pelirrojo, tenía perilla y vestía ropa de expedición. Antes de que pudiera esconderme, me vio y caminó hacia mí.

Cuando llegó, sonrió con cautela y dijo:

—Me parece que llevo un rato dando vueltas. ¿Po­dría orientarme para volver al pueblo?

Le di las indicaciones generales hacia el sur del manantial y después le dije que siguiera el río hacia el oeste hasta llegar a la estación de los guardabosques.

Hizo un gesto de alivio.

—Me encontré con alguien al este de aquí, hace un rato, y me indicó cómo volver pero seguramente tomé el camino al revés. ¿Usted también va para el pueblo?

Miré con más atención la expresión de su cara y me pareció captar cierta tristeza y cierta ira en su perso­nalidad.

—No creo —contesté—. Estoy buscando a una amiga que anda por acá. ¿Qué aspecto tenía la persona que

encontró?

—Era una mujer de pelo rubio y ojos brillantes

—respondió—. Hablaba muy rápido. No entendí su nombre. ¿A quién busca usted?

—A Charlene Billings. ¿Recuerda algo más de la

mujer que vio?

—Dijo algo sobre el Bosque Nacional que me hizo pensar que podía ser uno de esos exploradores que andan dando vueltas por acá. Pero no sé. Me aconsejó que abandonara el valle. Me dijo que debía recoger sus cosas y que después también se iría. Parecía pensar que algo anda mal por acá, que todos corremos peligro. En realidad, se mostró muy reservada. Yo sólo salí a dar una caminata. Con franqueza, no sabía de qué me hablaba.

—Su tono indicaba que estaba acostumbrado a hablar de una manera frontal.

Con toda la simpatía posible, dije:

—Me da la impresión de que la persona que encontró podría ser mi amiga. ¿Dónde la vio exactamente?

Señaló hacia el sur y me dijo que se había topado con ella unos ochocientos metros más atrás. Iba caminando sola y de ahí se había dirigido hacia el sudeste.

—Caminaré con usted hasta el manantial —dije. Recogí mi mochila y mientras bajábamos la pendiente preguntó:

—Si era su amiga, ¿adónde cree que iba?

—No lo sé.

—¿A algún lugar místico, quizá? Buscando la utopía. —Sonreía con cinismo.

Me di cuenta de que me tendía un anzuelo.

—Tal vez —repuse—. ¿Usted no cree en la posibilidad de la utopía?

—No, por supuesto que no. Eso es un pensamiento neolítico. Ingenuo.

Lo miré. El cansancio empezaba a abrumarme, de modo que traté de poner fin a la conversación.

—Una simple diferencia de opinión, supongo. Se rió.

—No. Es un hecho. No hay ninguna utopía por venir. Todo está empeorando, no mejorando. En el aspecto económico, las cosas están descontrolándose y a la larga esto va a explotar.

—¿Por qué dice eso?

—Demografía lisa y llana. Durante la mayor parte de este siglo ha habido una clase media grande en los países occidentales, una clase que promovió el orden y la razón y sostuvo la creencia general de que el sistema económi­co podía ser para todos.

"Pero esta fe empieza a claudicar. Puede verlo en todas partes. Cada día son menos los que creen en el sistema o juegan de acuerdo con las reglas. Y esto ocurre porque la clase media se tambalea. Debido al desarrollo tecnológico, el trabajo pierde valor y divide la cultura humana en dos grupos: los que tienen y los que no tienen; los que hacen inversiones y poseen el manejo de la economía, y los que están confinados a trabajos me­nores y de servicio. Sume a esto el fracaso de la educación y podrá ver el alcance del problema.

—Suena espantosamente cínico —señalé—.

—Es realista. Es la verdad. Para la mayoría de la gente, sobrevivir requiere un esfuerzo cada vez más grande. ¿Ha visto las encuestas sobre el estrés? La tensión es desmedida. Nadie se siente seguro, y lo peor todavía no empezó. La población explota y, a medida que vaya expandiéndose cada vez más la tecnología, aumentará la distancia entre los instruidos y los no instruidos, y los que tienen controlarán cada vez más la economía global en tanto que las drogas y el crimen seguirán creciendo entre los que no tienen.

"¿Y qué cree usted que les pasará a los países sub-desarrollados? —preguntó Joel—. Gran parte de Medio Oriente y África ya están en manos de fundamentalistas religiosos cuyo objetivo es destruir la civilización orga­nizada, a la que consideran un imperio satánico, para reemplazarla con alguna especie de teocracia perversa, donde los líderes religiosos estén a cargo de todo y tengan poder reconocido para condenar a muerte a los que consideren herejes en cualquier parte del mundo.

"¿Qué clase de gente consentiría este tipo de carnicería en nombre de la espiritualidad? Sin embargo, cada día son más. China todavía practica el infanticidio de las mujeres, por ejemplo. ¿No le parece increíble?

"Desde ya se lo digo: la ley y el orden y el respeto a la vida humana están en vías de extinción. El mundo degenera hacia una mentalidad criminal, regido por la envidia y la venganza y dirigido por unos charlatanes astutos, y tal vez ya sea demasiado tarde para frenarlo. Pero, ¿sabe algo? En realidad, a nadie le importa. ¡A nadie! Los políticos no van a hacer nada. Lo único que les preocupa son sus bienes personales y cómo mantenerlos. El mundo está cambiando demasiado rápido. Nadie puede seguir ese ritmo, y eso nos hace tratar de ser los primeros y conseguir lo que sea lo más rápido que podamos, antes de que sea demasiado tarde. Este senti­miento invade toda la civilización y todos los grupos ocupacionales.

Joel tomó aliento y me miró. Me había parado sobre la cima de una de las colinas para ver el atardecer inminente, y nuestros ojos se cruzaron. Parecía darse cuenta de que se había dejado arrastrar por su diatriba y en ese momento empezó a resultarme muy familiar. Le dije mi nombre y él me dijo el suyo, Joel Lipscomb. Nos miramos un rato pero él no mostraba signos de conocer­me. ¿Por qué nos habríamos encontrado en el valle?

En cuanto me formulé esta última pregunta en la mente, supe la respuesta. Estaba expresando la visión del Miedo que había mencionado Wil. Me sacudió un • estremecimiento. Se suponía que esto debía pasar.

Lo miré con renovada seriedad.

—¿De veras cree que las cosas están tan mal?

—Sí, absolutamente —respondió—. Soy periodista y esta actitud se nota muy bien en nuestra profesión. Antes, por lo menos tratábamos de hacer nuestro trabajo con ciertos criterios de integridad. Pero ya no. Todo es publicidad y sensacionalismo. Ya nadie busca la verdad ni trata de presentarla de la manera más exacta. Los periodistas buscan la primicia, la perspectiva más mons­truosa, toda la basura que pueden desenterrar.

"Aunque algunas acusaciones particulares tengan una explicación lógica, las informan de cualquier mane­ra, por su impacto en las mediciones de audiencia y las tiradas. En un mundo donde la gente está embotada y distraída, lo único que vende es lo increíble. Y lo terrible es que ese tipo de periodismo se perpetúa a sí mismo. Un periodista joven ve esa situación y piensa que para sobrevivir en la actividad tiene que jugar ese juego. Si no lo hace, cree que lo dejan atrás, arruinado, lo cual lleva a que los informes de investigaciones se falseen en forma intencional. Sucede todo el tiempo.

Habíamos seguido avanzando hacia el sur y bajába­mos por el terreno rocoso.

—Es algo que también padecen otros grupos profesionales —continuó Joel—. Mire a los abogados. Tal vez en una época ser miembro de un tribunal significara algo, cuando las partes de un proceso compartían un común respeto por la verdad y la justicia. Pero ya no. Piense en los recientes juicios a celebridades transmitidos por televisión. Ahora los abogados hacen todo lo que pueden para corromper a la justicia, adrede, tratando de convencer a los jurados de que crean lo hipotético cuan­do no hay pruebas, sino hipótesis que los abogados saben que son mentiras, para hacer salir libre a alguien. Y otros abogados comentan los procedimientos como si estas tácticas fueran una práctica común y por completo justificada en nuestro sistema jurídico, cosa que no es cierta.

"En nuestro sistema, toda persona tiene derecho a un juicio justo. Pero los abogados son responsables de asegurar la justicia y la corrección, de no distorsionar la verdad y menoscabar la justicia simplemente para sacar libre a su cliente a toda costa. Gracias a la televisión, al menos hemos podido ver esas prácticas corruptas por lo que representan: mero oportunismo, por parte de los abogados de los juicios, para aumentar su fama y así pedir honorarios más altos. La razón por la cual son tan desvergonzados es que creen que a nadie le importa y obviamente es así. Todos los demás hacen lo mismo.

"Estamos recortando costos, maximizando los bene­ficios a corto plazo en vez de planear a largo plazo, porque en nuestro fuero íntimo, de manera consciente o inconsciente, no creemos que nuestro éxito pueda durar. Y lo hacemos aunque debamos acabar con el espíritu de confianza que tenemos con los demás; mejoramos nuestros intereses a expensas de otro.

"Muy pronto, todos los supuestos y los acuerdos sutiles que mantienen unida a la civilización estarán subvertidos del todo. Piense en lo que ocurrirá una vez que el desempleo llegue a cierto nivel en las ciudades del interior. El crimen quedará fuera de control. Los policías no van a seguir arriesgando sus vidas por un público que de todas maneras no lo nota. ¿Qué tal si termina en el estrado dos veces por semana interrogado por un abo­gado que de cualquier modo no se interesa en la verdad,  o peor todavía, retorcido de dolor mientras se desangra en el piso de algún callejón oscuro, cuando a nadie le importa? Mejor mirarlo del otro lado y cumplir con sus veinte años de servicio lo más calladito posible, tal vez incluso haciendo algunos sobornos, además. Y la cosa sigue. ¿Qué puede frenarla?

Hizo una pausa y lo miré mientras caminábamos.

—¿Supongo que usted cree que algún renacimiento espiritual va a cambiar todo esto? —preguntó.

—Claro que lo espero. Trepó con dificultad a un árbol caído para alcanzarme.

—Escuche —continuó—, durante un tiempo yo me tragué eso de la espiritualidad, esta idea del propósito, el destino y las Revelaciones. Veía incluso que ocurrían algunas coincidencias interesantes en mi vida. Pero deci­dí que era todo una locura. La mente humana puede imaginarse todo tipo de estupideces; ni siquiera nos damos cuenta de que lo hacemos. Analizándolo bien, todo esto de la espiritualidad no es más que retórica fantasiosa.

Empecé a retrucar su argumento pero cambié de idea. Mi intuición me indicaba que primero lo escuchara.

—Sí —dije—. Supongo que eso es lo que parece a veces.

—Mire, por ejemplo, lo que oí decir sobre este valle —continuó—. Ése es el tipo de insensatez que solía escu­char. Esto no es nada más que un valle lleno de árboles y arbustos como miles de otros. —Al pasar, tocó un árbol grande con la mano. —¿Cree que este Bosque Nacional va a sobrevivir? Olvídelo. Viendo la forma en que los seres humanos contaminan los océanos y saturan el ecosistema con carcenogénicos producidos por el hombre, amén de consumir papel y otros productos de la madera, este lugar va a convertirse en un basurero, igual que todos los demás. De hecho, en este momento a nadie le preocupan los árboles. ¿Cómo cree que se las arregla el Estado para construir rutas a expensas de los contribuyentes y después vender la madera por debajo del valor de mercado? ¿O para cambiar las zonas mejores y más lindas por tierra arruinada en alguna otra parte, simplemente para contentar a los promotores inmobiliarios?

"Tal vez usted crea que algo místico está ocurriendo en este valle. ¿Y por qué no? A todos les encantaría que hubiera algo místico en la existencia, en especial si se tiene en cuenta la inferior calidad de vida. Pero el hecho es que no pasa nada. Sólo somos animales, criaturas lo bastante desdichadas y lo bastante vivas como para imaginamos que estamos vivos y que vamos a morir sin conocer nunca propósito alguno. Podemos fingir todo lo que queramos y podemos desear todo lo que queramos, pero ese hecho existencial subsiste: no podemos saber. Volví a mirarlo.

—¿Usted no cree en ningún tipo de espiritualidad? Se rió.

—Si Dios existe, debe de ser un dios monstruoso, en extremo cruel. ¡De ninguna manera podría obrar aquí una realidad espiritual! ¿Cómo podría? ¡Mire el mundo! ¿Qué clase de Dios podría concebir un lugar tan devastador, donde los niños mueren horriblemente a causa de terremotos, crímenes absurdos y hambre, cuando los restaurantes tiran toneladas de comida todos los días?

"Aunque —agregó—, tal vez sea así como debe ser. Tal vez sea ése el plan de Dios. Es posible que los estudiosos de "los últimos tiempos" tengan razón. Ellos creen que la vida y la historia son sólo una prueba de fe para ver quién va a ganar la salvación y quién no, un plan divino para destruir la civilización con el fin de separar a los creyentes de los réprobos. —Esbozó una sonrisa pero ésta se desvaneció enseguida cuando se sumergió en sus pensamientos.

Aceleró el ritmo para caminar a la par de mí. Vol­víamos a entrar en la pradera y vi el árbol de los cuervos a unos cuatrocientos metros.

—¿Sabe qué cree esta gente de los "últimos tiempos" que está pasando en realidad? —preguntó—. Hace unos años hice un estudio sobre ellos; son fascinantes.

—¿De veras? —dije, indicándole con un gesto que continuara.

—Estudian las profecías ocultas en la Biblia, sobre todo en el libro de las Revelaciones. Creen que vivimos en lo que llaman los "últimos días", el tiempo en que todas las profecías se hacen realidad. En esencia, lo que creen es esto: la historia ya está lista para el retomo de Cristo y la creación del reino celestial en la Tierra. Pero para que esto pueda ocurrir, la Tierra debe sufrir una serie de guerras, desastres naturales y otros hechos apo­calípticos anunciados en las Escrituras. Y conocen cada una de esas predicciones, de modo que se pasan el tiempo observando muy atentamente los hechos del mundo, esperando el próximo acontecimiento de la agenda.

—¿Cuál es el próximo acontecimiento? —pregunté.

—Un tratado de paz en Medio Oriente que permitirá la reconstrucción del Templo en Jerusalén. Al poco tiempo, según ellos, se producirá un éxtasis masivo entre los verdaderos creyentes, sean quienes fueren, y serán arrebatados de la faz de la Tierra y conducidos al cielo.

Me detuve y lo miré.

—Creen que esas personas van a empezar a desaparecer.

—Sí, está en la Biblia. Después viene la tribulación, que abarca un período de siete años que serán un infierno para todos los que queden en la Tierra. Supuestamente, va a derrumbarse todo: terremotos gigantes destruirán la economía; crecidas de los mares destruirán muchas ciudades; además habrá disturbios y criminalidad y todo el resto. Y entonces surgirá un político, probablemente en Europa, que propondrá un plan para volver a encauzar las cosas si, desde luego, le confieren poder supremo.

Esto incluye una economía electrónica centralizada que coordina el comercio en la mayoría de los lugares del mundo. No obstante, para participar en esta economía y sacar ventaja de la automatización hay que prometer lealtad a este líder y permitir que a cada uno le implanten en la mano un chip, a través del cual es posible docu­mentar todas las interacciones económicas.

"Este anticristo al principio protegerá a Israel y facilitará un tratado de paz; luego atacará, empezando una Guerra Mundial que a la larga involucrará a los países islámicos y luego a Rusia y China. Según las pro­fecías, en el momento en que Israel esté a punto de caer, los ángeles de Dios ganarán la guerra para luego instalar una utopía espiritual que durará mil años.

Carraspeó y me miró.

—Entre en alguna librería religiosa de vez en cuando y mire un poco; hay comentarios y novelas sobre estas profecías en todas partes, y constantemente aparecen más.

—¿Cree que estos estudiosos de los "últimos tiempos" están en lo cierto? Sacudió la cabeza.

—No creo. La única profecía que se manifiesta en este mundo es la de la ambición y la corrupción del hombre. Podría surgir algún dictador y tomar el poder, pero será porque vio alguna manera de sacar provecho del caos.

—¿Cree que eso va a suceder?

—No sé, pero le diré algo. Si continúa el deterioro de la clase media, y los pobres se vuelven más pobres y el crimen sigue invadiendo el centro de las ciudades y se difunde hacia los suburbios, y entonces, coronando todo eso, experimentamos, digamos, una serie de grandes desastres naturales y toda la economía se derrumba por un tiempo, habrá hordas de vagabundos hambrientos que atacarán a las masas y por doquier cundirá el pánico. Ante esta clase de violencia, si alguien aparece y propone una manera de salvarnos, de enderezar las cosas, pidiendo sólo que cedamos algunas libertades civiles, no me cabe ninguna duda de que lo haremos.

Nos detuvimos y bebimos agua de mi cantimplora. A unos cincuenta metros estaba el árbol de los cuervos.

Me trepé; a lo lejos distinguí un débil eco del sonido inarticulado.

Joel entrecerró los ojos en un gesto de concentración y me miró con más atención.

—¿Qué está escuchando?

Me volví y le dije directamente:

—Es un ruido extraño, un sonido inarticulado que ha estado sonando. Creo que podría tratarse de algún experimento que se desarrolla en el valle.

—No oí comentar nada. ¿Qué clase de experimento? ¿Quién lo dirige. ¿Por qué yo no puedo oírlo?

Estaba por decirle algo más cuando nos interrumpió otro sonido. Escuchamos con atención.

—Es un vehículo —dije.

Otros dos jeeps grises se acercaban por el oeste y se dirigían hacia nosotros. Corrimos a escondemos detrás de los brezos altos; pasaron a unos cien metros, sin parar, rumbo al sudeste siguiendo el mismo camino que el jeep anterior.

—Esto no me gusta nada —dijo Joel—. ¿Quiénes

eran?

—Bueno, no son del Servicio de Forestación, y se supone que nadie puede conducir por aquí. Creo que debe de ser gente relacionada con el experimento.

Me miró horrorizado.

—Si quiere —propuse—, puede tomar un camino más directo para volver al pueblo. Diríjase al sudoeste hacia aquel cerro que se ve a lo lejos. Después de un poco más de un kilómetro se encontrará con el río y desde ahí puede seguirlo hacia el oeste hasta el pueblo. A lo mejor llega antes de que oscurezca demasiado.

—¿Usted no viene?

—Ahora no. Yo iré directamente al sur hasta el río y allí esperaré un rato a mi amiga. Tensó la frente.

—Esta gente no puede estar haciendo un experimen­to sin que lo sepa alguien del Servicio Forestal.

—Ya sé.

—No creerá que puede hacer algo al respecto, ¿no? Esto es algo grande.

No respondí; sentí una oleada de angustia.

   

Se quedó escuchando un momento más y después emprendió la marcha por el valle, caminando rápido. Se volvió una vez y meneó la cabeza.

Yo lo observé hasta que cruzó la pradera y desa­pareció del otro lado, en el bosque. Caminé a toda prisa hacia el sur, pensando otra vez en Charlene. ¿Qué hacía ahí? ¿Adónde iba? No tenía ninguna respuesta.

Me apuré y llegué al río en unos treinta minutos. El sol ya estaba totalmente oculto detrás de las nubes agolpadas en el horizonte y la luz del atardecer teñía los bosques de ominosas tonalidades grises. Yo me sentía cansado y sucio y sabía que escuchar a Joel y ver los jeeps habían afectado mi ánimo. Tal vez ya tenía pruebas suficientes para recurrir a las autoridades; tal vez era ésa la mejor manera de ayudar a Charlene. En mi cabeza daban vueltas varias opciones que parecían justificar mi regreso al pueblo.

Como la vegetación de ambos lados del río era poco densa, decidí avanzar y abrirme camino por el bosque más tupido del otro lado, pese a saber que esa zona era propiedad privada.

Una vez del otro lado, me detuve bruscamente al oír otro jeep; eché a correr. Unos quince metros más adelante la tierra se elevaba en una serie de piedras grandes y afloramientos de unos seis metros de alto. Alcancé la cima a toda velocidad y aceleré el paso; luego salté sobre una pila de rocas grandes con la intención de brincar al otro lado. Cuando mi pie tocó la roca de arriba, la gran piedra rodó, perdí pie y toda la pila empezó a moverse hacia adelante. Reboté una vez sobre mi cadera y aterricé en una pequeña hondonada en tanto que la pila seguía rodando hacia mí. Varias de las piedras, de sesenta o noventa centímetros de diámetro, se tambaleaban y estaban a punto de desplomarse sobre mi pecho. Apenas tuve tiempo para rodar sobre mi lado izquierdo y levantar los brazos, pero no pude salir del medio.

Entonces, por el rabillo del ojo, vi que algo pequeño y blanco se movía frente a mi cara. En el mismo instante vino a mí el conocimiento excepcional de que esas enormes rocas de alguna manera iban a eludirme. Las oí estrellarse a ambos lados. Con lentitud abrí los ojos y espié entre el polvo en tanto me quitaba la suciedad y los pedazos de roca de la cara. Las rocas yacían a mi lado. ¿Cómo había pasado semejante cosa? ¿Qué era esa forma blanca?

Por un momento miré el paisaje circundante y enton­ces, detrás de una de las rocas, vi un leve movimiento. Muy despacio, un cachorro de gato montés se acercó y me miró fijo. Sabía que era lo bastante grande como para tener que escapar, pero se demoraba y no dejaba de mirarme.

El ruido cada vez más fuerte de un vehículo que se acercaba hizo que al final el gato montés saliera corrien­do y se internara en el monte. Me incorporé y corrí varios pasos más hasta que tropecé torpemente con otra roca. Una onda de dolor punzante atravesó toda mi pierna cuando mi pie izquierdo cedió. Caí al suelo y me arrastré los últimos dos metros hasta los árboles. Rodé hasta ubicarme detrás de un roble inmenso cuando el vehículo se acercó al río, bajó la velocidad unos minutos y luego volvió a acelerar hacia el sudeste.

Mientras el corazón me latía a toda máquina, me senté y me quité la bota para inspeccionar mi tobillo. Ya empezaba a hincharse. ¿Por qué esto? Al recostarme para estirar la pierna, vi que a unos nueve metros había una mujer que me miraba. Cuando empezó a acercarse, me quedé paralizado.

—¿Se encuentra bien? —preguntó, con voz preo­cupada pero cautelosa. Era una mujer alta y negra, de unos cuarenta años quizá, vestida con ropa de algodón suelta y zapatillas de tenis. Sobre las sienes le caían hebras de pelo oscuro desprendidas de su cola de caballo que se agitaban con el viento. En la mano tenía una pequeña mochila verde.

—Estaba sentada ahí y lo vi caer —dijo—. Es su día de suerte; soy médica. ¿Quiere que lo examine un poco?

—Se lo agradecería —dije, un poco mareado, sin llegar a creer en la coincidencia.

Se arrodilló a mi lado y me movió el pie con suavi­dad, vigilando al mismo tiempo la zona que rodeaba la ensenada.

—¿Está solo por aquí?

Le mencioné brevemente que estaba buscando a Charlene, pero no dije nada más. Me dijo que no había

visto a nadie que respondiera a esa descripción. Se presentó como Maya Ponder y cuanto más me hablaba más me convencía de que era absolutamente digna de confianza. Le dije mi nombre y dónde vivía. Cuando terminé, me dijo:

—Yo soy de Asheville, aunque tengo un centro de salud, con un socio, a unos kilómetros al sur de aquí. Es nuevo. También somos dueños de veinte hectáreas del valle que lindan justo aquí con el Bosque Nacional. —Señaló la zona donde nos hallábamos sentados. —Y otras veinte hectáreas subiendo por el cerro hacia el sur.

Abrí el cierre del bolsillo de mi mochila y extraje mi cantimplora.

—¿Quiere un poco de agua? —pregunté.

—No, gracias, tengo. —Revisó su propia mochila, sacó una cantimplora y la abrió. Pero en lugar de beber empapó una toallita y envolvió mi pie, cosa que me hizo retorcer de dolor.

Se volvió, me miró a los ojos y dijo:

—Obviamente, se torció el tobillo.

—¿Cuan grave es? —pregunté. Vaciló.

—¿Usted qué cree?

—No lo sé. Déjeme probar si puedo caminar. Traté de ponerme de pie, pero ella me detuvo.

—Espere un momento —dijo—. Antes de tratar de caminar, analice su actitud. ¿Qué grado de gravedad considera que tiene su herida?

—¿A qué se refiere?

—Me refiero a que, muchas veces, su tiempo de recuperación va a depender de lo que usted piense, no de lo que piense yo.

Me miré el tobillo.

—Creo que podría estar muy mal. Si es así, tengo que volver al pueblo de alguna forma.

—¿Y entonces?

—No sé. Si no puedo caminar, voy a tratar de encontrar a alguien que busque a Charlene.

—¿Se le ocurre por qué este accidente se produjo ahora?

—En realidad, no. ¿Por qué es importante?

—Porque, nuevamente, muchas veces su actitud respecto de por qué se produjo un accidente o una enfermedad afecta su recuperación.

La miré con atención, con absoluta conciencia de mi resistencia. Una parte de mí sentía que no tenía tiempo para discutir eso en aquel momento. Parecía algo muy comprometido para la situación. Si bien el sonido inar­ticulado había cesado, debía suponer que el experimento continuaba. Todo parecía muy peligroso y era casi de noche... y Charlene podía hallarse en serios apuros a pesar de todo.

Asimismo, tenía conciencia de un profundo sen­timiento de culpa hacia Maya. ¿Por qué habría de sentirme culpable? Traté de librarme de esa emoción.

—¿Qué clase de médica es usted? —pregunté, y bebí un poco de agua.

Me sonrió y por primera vez vi aumentar su energía. Ella también había decidido confiar en mí.

—Le hablaré de la medicina que practico —dijo—. La medicina está cambiando, y rápido. Ya no creemos que el cuerpo es una máquina con piezas que a la larga se gastan y deben repararse o reemplazarse. Empezamos a comprender que la salud del cuerpo es determinada en gran medida por nuestros procesos mentales: lo que pensamos de la vida y en especial de nosotros mismos, tanto en el nivel consciente como en el inconsciente.

"Esto representa un vuelco fundamental. Con el viejo método, el médico era el experto y el sanador, y el paciente, el receptor pasivo que esperaba que el médico tuviera todas las respuestas. Pero ahora sabemos que la actitud interior del paciente es crucial. Un factor clave es el miedo y el estrés y la forma en que los manejamos. A veces el miedo es consciente, pero en muchos casos lo reprimimos totalmente.

"Es la actitud fanfarrona y machista: negar el pro­blema, ahuyentarlo, conjurar actitudes heroicas. Adoptar una perspectiva positiva es muy importante para mantenerse sano, pero para que esta actitud resulte efectiva, debemos comprometemos con ella de manera plenamente consciente, utilizando el amor, no el machismo. Yo creo que nuestros miedos no expresados crean bloqueos u obstáculos en el flujo de energía del cuerpo, y son estos bloqueos los que a la larga derivan en problemas. Los miedos se manifiestan en grados cada vez más altos hasta que los abordamos. Los problemas físicos constituyen el último paso. En principio, estos bloqueos deberían tratarse con prontitud, de una manera preventiva, antes de que se desarrolle la enfermedad.

—¿Entonces usted considera que la enfermedad, en definitiva, puede prevenirse o curarse?

—Sí, estoy segura de que nos toca una mayor o menor duración de la vida; tal vez eso dependa del Creador, pero no tenemos por qué estar enfermos, y no tenemos por qué ser víctimas de tantos accidentes.

—¿De modo que para usted esto se aplica tanto a un accidente, como mi torcedura, como a las enfermedades? Sonrió.

—Sí, en muchos casos.

Me sentía confundido.

—Mire, en este momento realmente no tengo tiempo. Estoy muy preocupado por mi amiga. ¡Debo hacer algo!

—Lo sé, pero tengo el pálpito de que esta conver­sación no va a llevar mucho tiempo. Si usted sale corriendo y no tiene en cuenta lo que le diga, es posible que se le pierda el significado de algo que es obviamente una coincidencia. —Me miró para ver si había captado su referencia al Manuscrito.

—¿Usted sabe lo de las Revelaciones? —pregunté. Asintió con la cabeza.

—¿Qué me sugiere que haga, exactamente?

—Bueno, la técnica con la cual tuve mucho éxito es la siguiente: primero, tratamos de recordar la naturaleza de sus pensamientos exactamente antes del problema de salud, en su caso, el esguince. ¿En qué estaba pensando? ¿Qué miedo le revela este problema?

Medité un momento y dije:

—Tenía miedo, me sentía ambivalente. La situación en este valle parecía mucho más siniestra de lo que pensaba. No me sentía capaz de manejarla. Por otro lado, sabía que Charlene podía necesitar ayuda. Estaba confundido y dividido en cuanto a lo que debía hacer.

—¿Entonces se torció el tobillo? Me incliné hacia ella.

—¿Está diciéndome que me saboteé a mí mismo para no tener que actuar? ¿No es demasiado simple?

—Es algo que le toca decidir a usted, no a mí. Pero a menudo es simple. Además, lo más importante es no perder tiempo defendiendo o probando. Simplemente juegue con eso. Trate de recordar todo respecto del origen del problema de salud. Explore por sí mismo.

—¿Cómo?

—Debe serenar su mente y recibir la información.

—¿En forma intuitiva?

—En forma intuitiva, rezando o de la manera en que usted conciba ese proceso.

Volví a resistirme, por no estar seguro de poder relajarme y despejar mi mente. Al final cerré los ojos y por un instante mis pensamientos cesaron, pero luego se presentó una sucesión de recuerdos de Will y de los hechos del día. Los dejé pasar y volví a despejar mi mente. Enseguida vi una escena en la que yo tenía diez años y salía renqueando de una cancha de fútbol americano, consciente de que estaba fingiendo la lesión. "¡Eso es!", pensé. Yo solía fingir torceduras para evitar actuar bajo presión. ¡Era algo que tenía totalmente olvidado! Me di cuenta de que más tarde empecé a lastimarme de verdad el tobillo con mucha frecuencia en todo tipo de situaciones. Al recorrer mi memoria, me vino otro recuerdo a la mente, una escena turbia en la que me hallaba en otro tiempo, presumido, confiado, impulsivo, y posteriormente, mientras trabajaba en una habitación oscura con luz de vela, la puerta se desmoronaba y me arrastraban hacia afuera presa del terror.

Abrí los ojos y miré a Maya.

—Es posible que tenga algo.

Le relaté el contenido de mi recuerdo de la infancia, pero la otra visión me resultaba demasiado vaga para describirla, de modo que no se la mencioné.

Luego Maya me preguntó:

—¿Qué piensa?

—No sé; la torcedura me pareció fruto del azar. Me cuesta imaginar que el accidente derivó de esta nece­sidad de evitar la situación. Además, he estado en situaciones peores que ésta muchas veces y no me torcí el tobillo. ¿Por qué pasó ahora?

Permaneció pensativa.

—¿Quién sabe? Tal vez ahora sea el momento de comprender el hábito. Los accidentes, las enfermedades, la sanación, son todas cosas mucho más misteriosas de lo que imaginábamos. Creo que tenemos una capacidad no descubierta de influir sobre lo que nos ocurra en el futuro, incluso el hecho de estar sanos... aunque, nueva­mente, el poder debe quedar en manos del paciente individual.

"Hubo un motivo por el cual no le di una opinión en cuanto a la gravedad de su lesión. En la profesión hemos aprendido que las opiniones médicas deben emitirse con mucho cuidado. A lo largo de los años la gente desarrolló una especie de adoración por los médicos, y cuando un médico dice algo, los pacientes tienden a tomarse muy a pecho esas opiniones. Los médicos de campo de hace cien años lo sabían y utilizaban este capital para pintar un cuadro excesivamente optimista de cualquier situa­ción relacionada con la salud. Si el médico decía que el paciente iba a mejorar, con frecuencia el paciente internalizaba la idea en su mente y desafiaba todas las adversidades para recuperarse. Sin embargo, en años posteriores las consideraciones éticas impidieron estas distorsiones y la profesión médica considera que el paciente tiene derecho a una evaluación científica fría de su situación.

"Por desgracia, al darla, en muchos casos el paciente moría ahí mismo frente a los ojos del médico, simplemente porque se le decía que su estado era termi­nal. Ahora sabemos que debemos ser muy cuidadosos con estas evaluaciones, debido al poder de nuestras mentes. Queremos orientar ese poder con una dirección positiva. El cuerpo es capaz de una regeneración

milagrosa. Las partes del cuerpo que en el pasado se consideraban formas sólidas son en realidad sistemas de energía que pueden transformarse de la noche a la mañana. ¿Ha leído las últimas investigaciones sobre la oración? El simple hecho de que esté probándose en forma científica que esta clase de visualización espiritual funciona destruye nuestro viejo modelo físico de sanación. Tenemos que elaborar un modelo nuevo.

Hizo una pausa, para volcar más agua en la toalla que envolvía mi tobillo, y continuó:

—Creo que la primera etapa del proceso consiste en identificar el miedo con el cual parece conectarse el problema médico; esto abre el bloqueo de la energía del cuerpo a la sanación consciente. El siguiente paso con­siste en absorber toda la energía posible y enfocarla en la localización exacta del bloqueo.

Estaba a punto de preguntarle cómo se hacía, pero ella me detuvo.

—Vamos, aumente su nivel de energía todo lo que pueda.

Acepté que me guiara y empecé a observar la belleza que me rodeaba y a concentrarme en una conexión espi­ritual interior que iba evocando una sensación de amor cada vez más grande. Poco a poco los colores se volvieron más vívidos y en mi conciencia todo adquirió mayor presencia. Me daba cuenta de que ella elevaba su energía al mismo tiempo.

Cuando sentí que mi vibración había aumentado todo lo posible, la miré.

Me devolvió la sonrisa.

—Muy bien, ahora puede concentrarse en la energía del bloqueo.

—¿Cómo hago? —pregunté.

—Use el dolor. Por eso está ahí, para ayudarlo a concentrarse.

—¿Cómo? ¿La idea no es librarme del dolor?

—Por desgracia, eso es lo que siempre pensamos, pero el dolor en realidad no es más que una baliza.

—¿Una baliza?

—Sí —aseguró y presionó varios lugares de mi pie—. ¿Cuánto le duele ahora?

—Es un dolor palpitante, pero no demasiado fuerte. Desenvolvió la toalla.

—Concentre su atención en el dolor y trate de sentir­lo al máximo. Determine su ubicación exacta.

—Sé dónde es. En el tobillo.

—Sí, pero el tobillo es una zona amplia. ¿Dónde exactamente?

Estudié la palpitación. Tenía razón. Había generalizado el dolor en todo el tobillo. Pero con la pierna estirada y los dedos del pie apuntando hacia arriba, el dolor se centraba en la porción izquierda superior de la articulación.

—Muy bien —dije—. Ya está.

—Ahora centre toda su atención en esa zona específica. Ubíquese allí con todo su ser.

—Durante unos minutos, no dije nada. Con una concentración total, sentí a fondo ese lugar de mi tobillo. Noté que todas las demás percepciones de mi cuerpo —la respiración, la localización de mis manos y brazos, el sudor pegajoso detrás del cuello— se desvanecían en un segundo plano.

—Sienta totalmente el dolor —me recordó.

—Está bien —dije—. Estoy ahí.

—¿Qué está pasando con el dolor? —preguntó:

—Sigue allí, pero cambió de carácter o algo seme­jante. Se volvió más cálido, menos molesto, más parecido a un hormigueo. —Mientras hablaba, el dolor empezó a adquirir otra vez su sensación normal.

—¿Qué pasó? —pregunté.

—Creo que el dolor cumple otra función además de decimos que algo anda mal. Es posible que también señale con exactitud dónde está la dificultad para que podamos seguirla en nuestro cuerpo como una baliza y concentremos nuestra atención y energía en el lugar correcto. Es casi como si el dolor y nuestra atención concentrada no pudieran ocupar el mismo espacio. Es obvio que, en casos de dolor muy fuerte, cuando la con­centración resulta imposible, podemos usar anestésicos para aliviar la intensidad, aunque creo que es mejor dejar un poco de dolor para poder utilizar el efecto de baliza.

Hizo una pausa y me miró.

—¿Y ahora? —pregunté.

—Ahora —respondió— hay que enviar conscien­temente una energía divina superior al lugar exacto identificado por el dolor, con el propósito de que el amor lleve a las células que hay allí a un estado de funciona­miento perfecto.

Me limité a mirarla.

—Adelante —me alentó—. Vuelva a conectarse totalmente. Yo lo guiaré.

Asentí cuando percibí que estaba listo.

—Sienta el dolor con todo su ser —indicó—, y ahora empiece a imaginar cómo su energía de amor va direc­tamente al centro del dolor y eleva el punto exacto de su cuerpo, los átomos mismos, a una vibración superior. Vea cómo las partículas dan un salto cuántico hacia el esquema de energía pura que es su estado óptimo. Sienta literalmente una sensación de hormigueo en ese lugar a medida que la vibración se acelera.

Después de hacer una pausa de un minuto, continuó:

—Ahora, sin dejar de concentrarse en el punto del dolor, empiece a sentir cómo su energía, el hormigueo, sube por las piernas... pasa por las caderas... el abdomen y el pecho... y al fin llega al cuello y la cabeza. Sienta cómo todo su cuerpo hormiguea con una vibración superior. Vea cómo funciona cada órgano con una eficiencia óptima.

Seguí exactamente sus instrucciones y al cabo de unos instantes todo mi cuerpo parecía más liviano y energizado. Mantuve ese estado durante unos diez mi­nutos; luego abrí los ojos y miré a Maya.

Con una linterna, en la oscuridad. Maya apuntaba hacia mi carpa en una zona llana entre dos pinos. Me miró y dijo:

—¿Se siente mejor? Asentí.

—¿Entiende el proceso hasta aquí?

—Creo que sí. Envié energía al dolor.

—Sí, pero lo que hicimos antes era igualmente importante. Usted empieza por buscar el significado de la herida o la enfermedad, qué indica el hecho de que se produzca respecto de algún miedo en su vida que está frenándolo y se manifiesta en su cuerpo. Esto es lo que abre el bloqueo del miedo de tal manera que la visualización pueda penetrar.

"Una vez abierto el bloqueo, usted puede usar el dolor como una baliza, elevando la vibración en esa zona y luego en todo su cuerpo. Pero encontrar el origen del miedo es esencial. Cuando el origen de la enfermedad o el accidente es muy profundo, a menudo requiere hipnosis o una terapia exhaustiva.

Le hablé de la imagen medieval que había visto, en la que derribaban una puerta y me arrastraban. Me miró pensativa.

—A veces la raíz del bloqueo se remonta muy lejos. Pero al explorar más a fondo y empezar a elaborar el miedo que nos retiene, en general hallamos una com­prensión más plena de quiénes somos y cómo es nuestra vida actual en la Tierra. Y esto sienta las bases de la última y en mi opinión más importante etapa en el proceso de sanación. Lo fundamental es mirar con suficiente profundidad como para recordar lo que queremos hacer con nuestra vida. La verdadera sanación se produce cuando vislumbramos un nuevo tipo de futuro para nosotros que nos entusiasma. La inspiración es lo que nos mantiene bien. Los individuos no son sanados para mirar más televisión.

La miré un instante y dije:

—Usted dijo que la oración funciona. ¿Cuál es la mejor manera de rezar por alguien que no está bien?

—Todavía estamos tratando de dilucidarlo. Tiene que ver con el proceso de la Octava Revelación de enviar a esa persona la energía y el amor que fluyen a través de nosotros desde la fuente divina, y al mismo tiempo visualizar que el individuo recuerde qué quiere hacer realmente con su vida. Es evidente que a veces lo que la persona recuerda es que es hora de hacer una transición a la otra dimensión. En ese caso, tenemos que aceptarlo.

Maya estaba terminando con la carpa. Agregó:

—También tenga presente que los procedimientos que le recomendé deben llevarse a cabo en conjunción con lo mejor de la medicina tradicional. Si estuviéramos cerca de mi clínica lo examinaría a fondo, pero en este caso, a menos que usted no esté de acuerdo, le sugiero que pase aquí la noche. Es mejor que no se mueva mucho.

Mientras la observaba, preparó mi calentador, lo encendió y puso el recipiente con sopa deshidratada sobre la llama.

—Ahora vuelvo al pueblo. Necesito conseguir ele­mentos para entablillarle el tobillo y algunas otras provisiones, por si las necesitamos. Después volveré para verificar cómo sigue. Traeré también una radio por si hace falta que pidamos ayuda.

Asentí.

Vació el agua de su cantimplora en la mía y me miró.

Detrás de ella, el último rayo de luz se desvanecía hacia el oeste.

—¿Dijo que su clínica queda cerca de acá? —pregunté.

—En realidad, está a sólo unos siete kilómetros al sur —dijo—, sobre el cerro, pero no hay forma de llegar al valle desde ese lado. El único camino es la ruta principal que entra por el sur del pueblo.

—¿Cómo es que andaba por acá? Sonrió y pareció incomodarse un poco.

—Es gracioso. Anoche tuve un sueño en el que volvía a caminar por el valle y esta mañana decidí que lo haría. He estado trabajando mucho y supongo que necesitaba tiempo para reflexionar sobre lo que estoy haciendo en la clínica. Mi socio y yo tenemos una gran experiencia acerca de enfoques alternativos, medicina china, hierbas, y no obstante al mismo tiempo contamos con los recursos de la mejor medicina tradicional del mundo en la punta de los dedos a través de la informática. Durante años había soñado con un tipo de clínica así.

Hizo una pausa durante un instante y luego añadió:

—Antes de que usted apareciera estaba sentada precisamente allí y mi energía se disparó. Fue como ver toda la historia de mi vida, cada experiencia que he vivido, desde mi temprana infancia hasta este momento, extendida ante mi vista. Fue la experiencia de la Sexta Revelación más clara que he tenido.

"Todos esos hechos eran una preparación —con­tinuó—. Me crié en una familia en la que mi madre luchó toda su vida con una enfermedad crónica, pero nunca participó en su propia sanación. En esa época los médicos no conocían otra cosa, pero a lo largo de toda mi infancia su negativa a analizar sus miedos me irritaba y registré hasta la última información sobre dieta, vitaminas, niveles de estrés, meditación y el papel que desempeñan en la salud, tratando de convencerla de que hiciera algo. Pasé la adolescencia tironeada entre hacerme religiosa o ser médica. No sé; era como verme impulsada a averiguar cómo utilizamos la percepción y la fe para cambiar el mundo y para sanar.

"Y mi padre —continuó—. Él era distinto. Trabajaba en ciencias biológicas, pero nunca explicaba los resultados a los cuales llegaba, excepto en sus trabajos académicos. "Investigación pura", decía. Sus socios lo trataban como un Dios. Era inalcanzable, la autoridad máxima. Crecí y él ya había muerto de cáncer cuando comprendí su verdadero interés: el sistema inmunológico, específi­camente, de qué manera el compromiso y el entusiasmo por la vida aumentan el sistema inmunológico, o sea, justo aquello que en definitiva resultó ser mi propia inquietud.

"Él fue el primero en ver esa relación, si bien es lo que muestran todas las investigaciones actuales. No obstante, nunca llegué a hablarlo con él. Al principio, me preguntaba por qué era hija de un padre que se com­portaba así. Pero a la larga acepté el hecho de que mis padres tenían la combinación perfecta de rasgos e intereses para inspirar mi evolución personal. Por eso quise estar con ellos al comienzo de mi vida. Viendo a mi madre, supe que cada uno de nosotros debe hacerse responsable de su sanación. No podemos adjudicársela a otros. La sanación tiene que ver, en esencia, con superar los miedos asociados a la vida, miedos que no queremos enfrentar, y encontrar nuestra propia inspiración, una visión del futuro, que tenemos conciencia de haber venido a contribuir a crear.

"A través de mi padre vi con claridad que la medi­cina debe ser más sensible, debe reconocer la intuición y la visión de las personas tratadas. Tenemos que salir de nuestra torre de marfil. La combinación de ambas cosas me impulsó a buscar un nuevo paradigma en medicina:

basado en la capacidad del paciente de controlar su vida y volver a su camino. Supongo que ése es mi mensaje, la idea de que por dentro sabemos cómo participar en nuestra sanación física y emocional. Podemos inspi­ramos para dar forma a un futuro más elevado y más ideal, y cuando lo hacemos se producen los milagros.

Se puso de pie, miró mi tobillo y luego me miró a mí.

—Ahora me voy —dijo—. Trate de no apoyarse en ese pie. Lo que necesita es reposo absoluto. Regresaré por la mañana.

Supongo que adopté una expresión angustiada, porque volvió a arrodillarse y puso las dos manos sobre mi tobillo.

—No se preocupe —me tranquilizó—. Con energía suficiente no hay nada que no pueda sanarse: el odio... la guerra... Es sólo cuestión de dar con la visión correcta. —Me palmeó con suavidad el pie. —¡Podemos sanar esto! ¡Podemos sanarlo!

Me sonrió, se dio vuelta y se marchó.

De pronto sentí ganas de llamarla para contarle todo lo que había experimentado en la otra dimensión y lo que sabía sobre el Miedo y el grupo que volvía, pero per­manecí en silencio, abrumado por el cansancio, contento de verla desaparecer entre los árboles. "Puedo esperar hasta mañana", pensé... porque sabía con exactitud quién era.

 

 
 
 
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