Llama Violeta

Llama Violeta


 

 
 
 
 
 
 

 

 
 

El elefante encantado - Cap 1

Factor común - Cap. 2

La teta o la leche - Cap. 3

El ladrillo boomerang - Cap. 4

El verdadero valor del anillo - Cap 5

El rey ciclotímico - Cap 6

La ranita en la crema - Cap 7

El hombre que se creía muerto - Cap 8

El portero del prostíbulo - Cap 9

Dos números nuevos - Cap 10

Carpintería el siete - Cap 11

Posesividad - Cap 12

Torneo de canto - Cap 13

La mejor voz - Cap 14

Que terapia es esta - CAP 15

El tesoro enterrado - Cap 16

Por una jarra de vino - Cap 17

Solos y acompañados - Cap 18

La esposa sorda - Cap 19

No mezclar - Cap 20

Las alas son para volar - Cap 21

Quien eres - Cap 22

El cruce del río - Cap 23

Regalos para el maharajá - Cap 24

Buscando a buda - Cap 25

El hachero esforzado - Cap 26

La gallina y los patitos - Cap 27

Pobres ovejas - Cap 28

La olla embarazada - Cap 29

La mirada del amor - Cap 30

Los retoños del ombu - Cap 31

El laberinto - Cap 32

El circulo del noventa y nueve - Cap 33

El centauro - Cap 34

Dos de Diógenes - Cap 35

Otra vez las monedas - Cap 36

El reloj parado a las siete - Cap 37

Las lentejas - Cap 38

El rey que quería ser alabado - Cap 39

Los diez mandamientos - Cap 40

El detector de mentiras - Cap 41

Yo soy Peter - Cap 42

El sueño del esclavo - Cap 43

La esposa del ciego - Cap 44

La ejecución - Cap 45

El juez justo - Cap 46

La tienda de la verdad - Cap 47

El plantador de dátales - Cap 48

Epilogo - Cap 50

PRÓLOGO

 Hace algunos años escribí, sin darme cuenta, una serie de cartas que dirigía a una supuesta e imaginaria amiga llamada Claudia. Esa serie terminaba con una carta que obviamente era la última.Algunos amigos que conocían este hobby y algunos pacientes que sobrevaloraban su contenido, hicieron que me decidiera a publicar lo que después se llamaría “CARTAS PARA CLAUDIA”..Sería muy difícil para mí expresar mi gratitud para con todos ellos: amigos y pacientes, a quienes les debo todos los placeres devenidos de las sucesivas ediciones de aquel libro.Quizás sea por aquellas satisfacciones, quizás sea por vanidad, o quizás –lo dudo— sea porque finalmente haya encontrado algo más para decir... lo cierto es que hoy, cinco años después, vuelvo a sentarme ante una máquina de escribir para tipear esto que aquí empieza: quizás mi segundo libro.En los últimos años, mi tarea como terapeuta ha ido variando más ostensiblemente que en toda la década anterior. Este viraje sucedió, como casi todas las cosas importantes de mi vida, sin que yo me diera acabada cuenta de lo que estaba sucediendo. Un día, hablando con una colega con quien controlaba sus pacientes, noté que venían a mi memoria infinitos relatos, fábulas y anécdotas con las cuales yo explicaría a ese paciente a quien no conocía, su actitud de vida.Me di cuenta de que, a solas con mis pacientes, había recurrido con frecuencia a esta manera de decir lo que deseaba. Me di cuenta de cómo mis pacientes recordaban más mis relatos que mis interpretaciones, ejercicios, o comentarios. Recordé el impacto profundo de los relatos del modelo Ericksoniano.Me di cuenta, en suma, de que estaba utilizando cada vez más una poderosa arma didáctica y por supuesto terapéutica. Esto que hoy comienzo a escribir es una pequeña antología de relatos antiquísimos algunos y contemporáneos otros, historias tradicionales de todas las culturas, frases y anécdotas más o menos conocidas a las cuales decidí sumar algunos sucesos de mi vida personal y unos pocos cuentos de mi propia inventiva, sumados a –como no podían faltar— algunas humoradas que me han contado y que repito a menudo (demasiado repito y demasiado a menudo), a mis “pacientes” pacientes. Sólo para que no sea tan fácil leerlos, agregué al principio o final de cada relato (que a partir de ahora voy a llamar indiscriminadamente “cuentos”) uno o dos párrafos, ilustrando el uso que hago de estos cuentos en mi consultorio. No necesito aclarar, creo, que este uso es sólo un ejemplo y que la sabiduría encerrada en estos cuentos excede en mucho la aplicación supuestamente dada en estos relatos..Fue así, en la búsqueda de la manera de mostrar estos cuentos, que inventé a Demián, como alguna vez inventé a Claudia.

En realidad Demián ya estaba inventado. De hecho es mi hijo, el hermano mayor de Claudia. Y digo que lo inventé, porque ese es el nombre que le puse al supuesto paciente que se ve obligado –pobre— a soportar una y otra vez a ese terapeuta que se parece demasiado a mí.. 

 

 
 
 
 
 
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