Llama Violeta

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A ORILLAS DEL RÍO PIEDRA ME SENTÉ Y LLORE

Lunes, 6 de diciembre de 1993

Paulo Coelho

 
 

Paramos a tomar un café.

— La vida te enseñó muchas cosas —dije, tratando de iniciar una conversación.

— Me enseñó que podemos aprender, me enseñó que podemos cambiar —respondió él—. Aunque parezca imposible.

Estaba cortando el asunto. Casi no habíamos conversado durante las dos horas de viaje hasta aquel bar de la carretera.

 
   

Al principio intenté recordar nuestro tiempo de infancia, pero él apenas mostraba un educado interés. Ni siquiera me oía, y me hacía preguntas sobre cosas que yo ya había dicho.

Parecía que algo no andaba bien. Podía ser que el tiempo y la distancia lo hubiesen apartado para siempre de mi mundo. «Él habla sobre instantes mágicos —pensé—. ¿Qué diferencia hay en la carrera que siguieron Carmen, Santiago o María?» Su universo era otro, Soria no era más que un recuerdo distante: detenida en el tiempo, con los amigos de la infancia todavía en la infancia, y los viejos todavía vivos haciendo lo que hacían veintinueve años antes.

Empecé a arrepentirme de haber aceptado el viaje en coche. Cuando volvió a cambiar de tema, durante el café, decidí no insistir más.

Las dos horas restantes, hasta Bilbao, fueron una verdadera tortura. Él miraba la carretera, yo miraba por la ventanilla, y ninguno de los dos ocultaba el malestar que se había instalado. El coche alquilado no tenía radio, y la solución era aguantar el silencio.

— Vamos a preguntar dónde queda la estación de autobuses —dije, en cuanto salimos de la autopista—. Hay una línea regular a Zaragoza. Era la hora de la siesta y había poca gente en las calles. Pasamos por delante de un señor, de una pareja de jóvenes, y él no se detuvo a pedir información.

— ¿Tú sabes dónde queda? —pregunté, después de un rato.

— ¿Dónde queda qué?

Él seguía sin prestar atención a lo que yo decía.

 

De repente entendí aquel silencio. ¿De qué podía conversar con una mujer que nunca se había aventurado por el mundo? ¿Qué interés podía tener estar al lado de alguien que temía lo desconocido, que prefería un empleo seguro y un matrimonio convencional? Yo —pobre de mí— hablaba de los mismos amigos de la infancia, de los mismos recuerdos polvorientos de un pueblo insignificante. Era mi único tema.

— Me puedes dejar aquí mismo —dije cuando llegamos a lo que parecía ser el centro de la ciudad. Trataba de mostrarme natural, pero me sentía estúpida, infantil y aburrida.

Él no detuvo el coche.

— Tengo que coger el autobús para regresar a Zaragoza —insistí.

— Nunca estuve aquí. No sé dónde queda mi hotel. No sé dónde tengo que dar la conferencia. No sé dónde queda la estación de autobuses.

— Ya la encontraré, no te preocupes.

Disminuyó la velocidad, pero siguió conduciendo.

— Me gustaría... —dijo.

Por dos veces no consiguió terminar la frase. Yo imaginaba qué era lo que le gustaría: agradecer mi compañía, mandar recuerdos a los amigos y, de esa manera, aliviar aquella sensación desagradable.

— Me gustaría que fueses conmigo a la conferencia de esta noche—dijo por fin.

Me llevé un susto. Quizá estuviese tratando de ganar tiempo para reparar el incómodo silencio del viaje.

— Me gustaría mucho que fueses conmigo —repitió.

Yo podía ser una muchacha de provincias, sin grandes historias que contar, sin el brillo y la presencia de las mujeres de la ciudad. Pero la vida de provincias, aunque no haga a la mujer más elegante o mejor preparada, le enseña a escuchar el corazón, a entender sus instintos.

Para mi sorpresa, el instinto me decía que él estaba siendo sincero.

Respiré aliviada. Claro que no me quedaría a conferencia alguna, pero al menos mi amigo querido parecía estar de vuelta, llamándome para asistir a sus aventuras, compartiendo conmigo sus miedos y victorias.

 

— Gracias por la invitación —respondí—. Pero no tengo dinero para hotel, y necesito regresar a fin de seguir con mis estudios.

— Yo tengo algo de dinero. Puedes quedarte en mi habitación. Pedimos dos camas separadas.

Advertí que él estaba empezando a sudar, a pesar del frío. Mi corazón se puso a enviar señales de alarma que yo no conseguía identificar. La sensación de alegría de hacía unos momentos fue sustituida por una inmensa confusión.

Detuvo el coche de repente y me miró directo a los ojos.

Nadie logra mentir, nadie logra ocultar nada cuando mira directo a los ojos.

Y toda mujer, con un mínimo de sensibilidad, consigue leer los ojos de un hombre enamorado. Por absurda que parezca, por fuera de lugar y de tiempo que se manifieste esa pasión. Me acordé inmediatamente de las palabras de la mujer pelirroja de la fuente.

No era posible. Pero era verdad.

Nunca, nunca en mi vida había pensado que él —tanto tiempo después— se acordase todavía. Éramos niños, vivíamos juntos y descubrimos el mundo cogidos de la mano. Yo le amé, si es que una niña puede entender del todo el significado del amor. Pero aquello había sucedido hacía mucho tiempo, en otra vida, donde la inocencia deja el corazón abierto a todo lo mejor que hay en la vida.

Ahora éramos adultos y responsables. Las cosas de la infancia eran cosas de la infancia.

Volví a mirarlo a los ojos. Yo no quería o no podía creerlo.

— Tengo sólo esta conferencia, y estamos en el puente de la Inmaculada Concepción. Necesito ir a las montañas —prosiguió—. Necesito mostrarte algo.

El hombre brillante, que hablaba de instantes mágicos, estaba frente a mí, actuando de la manera más equivocada posible. Avanzaba demasiado rápido, estaba inseguro, hacía propuestas confusas. Resultaba duro verle de ese modo.

Abrí la puerta, salí y me recosté contra el coche. Me quedé mirando la avenida casi desierta. Encendí un cigarrillo y traté de no pensar. Podía disimular, fingir que no entendía; podía tratar de convencerme de que era realmente la propuesta de un amigo a una amiga de la infancia. Quizá él hubiese estado viajando demasiado tiempo, y empezase a confundir las cosas.

Quizá yo estuviese exagerando.

Él bajó del coche y se sentó a mi lado.

— Me gustaría que fueses a la conferencia esta noche —dijo, una vez más—. Pero si no puedes, lo comprendo.

Eso era. El mundo había dado una vuelta completa, y regresaba al punto de origen. No era nada de lo que pensaba: él ya no insistía, ya estaba dispuesto a dejarme partir. Los hombres enamorados no se comportan de esa manera.

Me sentí aturdida y aliviada al mismo tiempo. Sí, me podía quedar por lo menos un día. Cenaríamos juntos, y nos embriagaríamos un poco, cosa que jamás habíamos hecho cuando éramos niños. Era una buena oportunidad para olvidar las tonterías que había pensado unos minutos antes, una buena oportunidad para romper el hielo que nos había acompañado desde Madrid.

Un día no supondría ninguna diferencia. Por lo menos tendría algo que contarles a mis amigas.

— Camas separadas —dije, en tono de broma—. Y tú pagas la cena, porque a esta edad sigo siendo estudiante. No tengo dinero.

Dejamos las maletas en la habitación del hotel, y bajamos y fuimos caminando hasta el local de la conferencia. Llegamos temprano, y nos sentamos en un café.

— Te quiero dar algo —dijo él, entregándome una bolsita roja.

La abrí inmediatamente. Dentro había una medalla vieja y oxidada, con Nuestra Señora de las Gracias en un lado y el Sagrado Corazón de Jesús en el otro.

— Era tuya —dijo al ver mi cara de sorpresa.

Mi corazón empezó de nuevo a dar señales de alarma.

— Un día de otoño como éste, cuando teníamos unos diez años, me senté contigo en la plaza que tiene el roble grande. Yo quería decir algo que había ensayado durante semanas. En cuanto comencé, me dijiste que habías perdido la medalla en la ermita de San Saturio, y me pediste que fuera a buscarla.

Yo me acordaba. Dios mío, claro que me acordaba.

— Logré encontrarla —prosiguió—. Pero cuando regresé a la plaza ya no tenía coraje para decir lo que había ensayado. Entonces me prometí que sólo te entregaría la medalla cuando pudiese terminar la frase que había comenzado a decir aquel día, hace casi veinte años. Durante mucho tiempo intenté olvidar, pero la frase seguía presente. No puedo vivir más con ella.

Dejó el café. Encendió un cigarrillo y se quedó un largo rato mirando la punta. Finalmente se volvió hacia mí.

— Es una frase muy sencilla —dijo—. Te quiero.

A veces nos invade una sensación de tristeza que no logramos controlar, decía él. Percibirnos que el instante mágico de aquel día pasó, y que nada hicimos. Entonces la vida esconde su magia y su arte.

Tenemos que escuchar al niño que fuimos un día, y que todavía existe dentro de nosotros. Ese niño entiende de momentos mágicos. Podemos reprimir su llanto, pero no podemos acallar su voz.

Ese niño que fuimos un día continúa presente. Bienaventurados los pequeños, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Si no nacemos de nuevo, si no volvemos a mirar la vida con la inocencia y el entusiasmo de la infancia, no tiene sentido seguir viviendo.

Existen muchas maneras de suicidarse. Los que tratan de matar el cuerpo ofenden la ley de Dios. Los que tratan de matar el alma también ofenden la ley de Dios aunque su crimen sea menos visible a los ojos del hombre.

Prestemos atención a lo que nos dice el niño que tenemos guardado en el pecho. No nos avergoncemos por causa de él. No dejemos que sufra miedo, porque está solo y casi nunca se le escucha.

Permitamos que tome un poco las riendas de nuestra existencia. Ese niño sabe que un día es diferente de otro.

Hagamos que se vuelva a sentir amado. Hagamos que se sienta bien, aunque eso signifique obrar de una manera a la que no estamos acostumbrados, aunque parezca estupidez a los ojos de los demás.

Recuerden que la sabiduría de los hombres es locura ante Dios. Si escuchamos al niño que tenemos en el alma, nuestros ojos volverán a brillar. Si no perdemos el contacto con ese niño, no perderemos el contacto con la vida.

Los colores a mi alrededor empezaron a volverse más intensos; sentía que hablaba más alto, que hacía más ruido cuando dejaba el vaso en la mesa.

Un grupo de casi diez personas había ido directamente de la conferencia a cenar. Todos hablaban al mismo tiempo, y yo sonreía; sonreía porque era una noche diferente. La primera noche, en muchos años, que no había planeado.

¡Qué alegría!

Cuando decidí viajar a Madrid, tenía los sentimientos y las acciones bajo control. De repente, todo había cambiado. Allí estaba yo, en una ciudad que nunca había pisado aunque estaba a menos de tres horas de mi ciudad natal. Sentada ante aquella mesa donde sólo conocía a una persona... y todos hablaban conmigo como si me conociesen desde hacía mucho tiempo. Sorprendida conmigo misma porque era capaz de conversar, beber y divertirme con ellos.

Yo estaba allí porque, de repente, la vida me había dado la Vida. No sentía culpa, ni miedo ni vergüenza. A medida que pasaba el tiempo a su lado, y lo oía hablar, me iba convenciendo de que tenía razón: existen momentos en los que todavía es necesario correr riesgos, dar pasos insensatos.

«Me paso días y días delante de esos libros y cuadernos, haciendo un esfuerzo sobrehumano para comprar mi propia esclavitud —pensé—. ¿Por qué quiero ese empleo? ¿Qué me va a aportar como ser humano o como mujer?»

Nada. Yo no había nacido para pasar el resto de mi vida sentada ante un escritorio, ayudando a los jueces a resolver sus procesos.

«No puedo pensar así sobre mi vida. Tendré que volver a ella esta misma semana.»

Debía de ser el efecto del vino. A fin de cuentas, el que no trabaja no come.

«Esto es un sueño. Se acabará.»

Pero ¿cuánto tiempo puedo prolongar este sueño? Por primera vez pensé en acompañarlo hasta las montañas en los días siguientes. Al fin y al cabo, había varios días de fiesta seguidos.

— ¿Quién eres? —preguntó una bella mujer que estaba en nuestra mesa.

— Una amiga de la infancia—respondí.

— ¿Ya hacía estas cosas cuando era niño?—prosiguió.

— ¿Qué cosas?

Pareció que la conversación de la mesa menguaba, se apagaba.

— Ya sabes —insistió la mujer—. Los milagros.

— Él ya sabía hablar bien —respondí, sin entender lo que me decía.

Todos se rieron, incluso él. Me quedé sin saber el motivo de esa risa. Pero el vino me liberaba, y no necesitaba controlar todo lo que sucedía.

Callé, miré alrededor, hice un comentario cualquiera sobre un asunto que olvidé en seguida. Y volví a pensar en los días festivos.

Era bueno estar allí, conociendo gente nueva. Las personas discutían cosas serias entre los comentarios graciosos, y yo tenía la sensación de estar participando en lo que ocurría en el mundo. Al menos por esa noche no era una mujer que asiste a la vida mediante la televisión o los periódicos.

Cuando volviese a Zaragoza tendría muchas cosas que contar. Si aceptaba la invitación para el día de la Inmaculada, quizá podría vivir un año entero de nuevos recuerdos.

«Él tenía toda la razón para no atender a mi conversación sobre Soria», pensé. Y sentí pena de mí misma: hacía años que el cajón de mi memoria guardaba las mismas historias.

— Bebe un poco más —dijo un hombre de pelo blanco, llenándome el vaso.

Bebí. Pensé en las pocas cosas que tendría para contar a mis hijos y nietos.

— Cuento contigo—dijo él, de modo que solamente yo pudiera oírlo—. Vamos hasta Francia.

El vino me dejaba más libre para decir lo que pensaba.

— Sólo si podemos dejar bien en claro una cosa —respondí.

— ¿Qué?

— Aquello que me dijiste antes de la conferencia. En el café.

— ¿La medalla?

— No —respondí, mirándolo a los ojos y haciendo lo posible para parecer sobria—. Aquello que dijiste.

— Después hablamos —dijo él, cambiando de tema.

La declaración de amor. No habíamos tenido tiempo para charlar, pero podría convencerlo de que no era nada de aquello.

— Si quieres que viaje contigo, tienes que escucharme —dije.

— No quiero conversar aquí. Nos estamos divirtiendo.

— Tú te fuiste muy pronto de Soria—insistí—. Yo no soy más que un lazo con tu tierra. Te acerqué a tus raíces, y eso te dio fuerzas para seguir adelante. Pero ya está. No puede existir ningún amor.

Él me escuchó sin hacer ningún comentario. Alguien lo llamó para oír su opinión, y no pude seguir con la conversación.

«Por lo menos he dejado claro lo que pienso», me dije. No podía existir semejante amor; eso sólo ocurría en los cuentos de hadas.

Porque, en la vida real, el amor necesita ser posible. Incluso aunque no haya una retribución inmediata, el amor sólo consigue sobrevivir cuando existe la esperanza —por lejana que sea— de que conquistaremos a la persona amada.

El resto es fantasía.

Como si hubiese adivinado mi pensamiento, levantó el vaso para brindar conmigo desde el otro lado de la mesa.

— ¡Por el amor! —dijo.

También estaba un poco embriagado. Decidí aprovechar la oportunidad.

— Por los sabios, capaces de entender que ciertos amores son locuras de la infancia —dije.

— El que es sabio, sólo es sabio porque ama. El que es loco, sólo es loco porque piensa que puede entender el amor —respondió él.

Las demás personas de la mesa oyeron el comentario, y en seguida comenzó una animada conversación sobre el amor. Todos tenían una opinión formada, defendían sus puntos de vista con uñas y dientes, y fueron necesarias varias botellas de vino para calmarlos. Finalmente alguien dijo que ya era tarde y que el dueño del restaurante quería cerrar.

— Tendremos cinco días festivos —gritó alguien en otra mesa—. ¡Si el dueño quiere cerrar el restaurante es porque vosotros estabais hablando de temas serios!

Todos se rieron, menos él.

— ¿Dónde deberíamos hablar de temas serios? —preguntó al borracho de la otra mesa.

— ¡En la iglesia! —dijo el borracho.

Y esta vez el restaurante entero estalló en una carcajada.

Él se levantó. Pensé que iba a pelear, porque todos habíamos vuelto a la adolescencia, donde las peleas son parte de la noche, junto con los besos, las caricias en sitio prohibido, la música y la alta velocidad.

Pero todo lo que hizo fue cogerme de la mano e ir hacia la puerta.

— Es mejor que nos vayamos —dijo—. Se está haciendo tarde.

Llueve en Bilbao, y llueve en el mundo. Quien ama necesita saber perderse y encontrarse. Él logra equilibrar bien las dos partes. Está alegre, y canta mientras volvemos hacia el hotel.

Son los locos que inventaron el amor

Todavía con la sensación del vino, y de los colores intensos, me voy equilibrando poco a poco. Necesito mantener el control de la situación, porque quiero viajar estos días.

Será fácil mantener ese control, ya que no estoy enamorada. Quien puede dominar su corazón, puede conquistar el mundo.

Con un poema y un trombón

a develarte el corazón, dice la letra.

«Me gustaría no controlar mi corazón>, pienso. Si lograra entregarlo, aunque sólo fuera por un fin de semana, esta lluvia que me cae en el rostro tendría otro sabor. Si amar fuese fácil, yo estaría abrazada a él y la letra de la canción contaría una historia que es nuestra historia. Si no existiera Zaragoza después de los días de fiesta, yo desearía que el efecto de la bebida no pasase nunca, y sería libre para besarlo, acariciarlo, decir y escuchar las cosas que se dicen los enamorados.

Pero no. No puedo.

No quiero.

Salgamos a volar, querida mía, dice la letra. Sí, salgamos a volar. Dentro de mis condiciones.

Él todavía no sabe que mi respuesta a su invitación es «sí». ¿Por qué quiero correr este riesgo? Porque en este momento estoy borracha, y cansada de mis días iguales.

Pero este cansancio pasará. Después tendré deseos de volver a Zaragoza, la ciudad que escogí para vivir. Me esperan los estudios, me espera un concurso público. Me espera un marido que necesito encontrar, y que no será difícil.

Me espera una vida sosegada, con hijos y nietos, con un presupuesto equilibrado y vacaciones anuales. No conozco los terrores de él, pero conozco los míos. No necesito miedos nuevos, basta con los que ya tengo.

No podría, nunca, enamorarme de alguien como él. Lo conozco demasiado bien, vivimos juntos mucho tiempo, sé de sus flaquezas y de sus temores. No logro admirarlo como las demás personas.

Sé que el amor es como las presas: si se deja una brecha por donde pueda meterse un hilo de agua, en seguida empieza a destruir las paredes. Llega un momento en que ya nadie puede controlar la fuerza de la corriente.

Si las paredes se desmoronan, el amor se encarga de todo; ya no importa qué es posible y qué imposible, ya no importa si podemos o no mantener ala persona amada a nuestro lado: amar es perder el control.

No, no puedo dejar una brecha. Por pequeña que sea.

— ¡Un momento!

Él dejó inmediatamente de cantar. Los pasos rápidos reverberaban en el suelo mojado.

— Vamos —dijo, cogiéndome del brazo.

— ¡Espere! —gritó un hombre—. ¡Necesito hablar con usted!

Pero él andaba cada vez más rápido.

— No se dirige a nosotros —dijo—. Vamos al hotel.

Se dirigía a nosotros: no había nadie más en aquella calle. Mi corazón se disparó, y el efecto de la bebida desapareció de inmediato. Recordé que Bilbao quedaba en el País Vasco, y que los atentados terroristas eran frecuentes. Los pasos se fueron acercando.

— Vamos —dijo él, acelerando todavía más el paso.

Pero era tarde. La figura del hombre, mojado de la cabeza a los pies, se interpuso en nuestro camino.

— ¡Paren, por favor! —dijo el hombre—. Por el amor de Dios.

Yo estaba aterrorizada, buscando la manera de huir, un coche policial que apareciese milagrosamente. De un modo instintivo, agarré su brazo, pero él me apartó las manos.

— Por favor —dijo el hombre—. Supe que usted estaba en la ciudad. Necesito su ayuda. ¡Es mi hijo!

El hombre comenzó a llorar, y se arrodilló en el suelo.

— Por favor —decía—. ¡Por favor!

Él respiró hondo, bajó la cabeza y cerró los ojos. Durante unos instantes permaneció en silencio, y todo lo que se oía era el ruido de la lluvia mezclado con los sollozos del hombre arrodillado en la calle.

— Vete al hotel, Pilar —dijo finalmente—. Y duerme. No regresaré hasta el amanecer.

 

 
 
 
 
 
 

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