Llama Violeta

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LA CURACION DEL NIÑO INTERIOR Y EL NIÑO MALTRATADO 

A Través del Tiempo - 2° libro

  Capitulo 6

  Brian Weiss

 

En los últimos tiempos se ha focalizado mucha atención en la “curación del niño interior”. John Bradshaw, entre otros, ha ayudado a popularizar la técnica de lograr que un paciente retroceda en el tiempo, en estado de relajación e hipnosis ligera, para descubrir al niño herido, confundido y vulnerable que llevaba en sí al crecer. Este concepto evolucionó a partir de las técnicas psicoanalíticas. En las asociaciones libres hechas durante la terapia tradicional suele presentarse una intensa catarsis emocional de recuerdos infantiles traumáticos. Cuando los pacientes experimentan este proceso de recuerdo y liberación emocional, que los clínicos llaman abreacción, pueden producirse cambios terapéuticos y mejorías clínicas.

 
   

El análisis transacional (AT) refinó el concepto psicoanalítico de recobrar los recuerdos de la niñez reprimidos u olvidados. En Yo estoy bien, tú estás bien, el doctor Eric Bernc. padre del AT, afirmaba que ‘todo individuo fue alguna vez más joven de lo que es ahora y lleva en sí reliquias fijadas de años anteriores que se activarán en determinadas circunstancias... Coloquialmente, cada uno lleva en si a un niñito o una niñita. “Cuando el dolor de mi niñez no ha sido resuelto y emerge en el adulto, puede provocar toda una serie de síntomas, incluidas culpa, vergüenza, depresión, falta de autoestima y conductas autodestructivas. Cuando una persona exhibe una conducta infantil, tal como hacer mohines, desatar rabietas y buscar una atención excesiva, es el niño interior el que se activa. Si estos mecanismos de activación no se traen a la conciencia, la conducta de mala adaptación que el paciente sufrió cuando niño puede volverse contra sí mismo yo contra otros. Los más vulnerables son los hijos del mismo paciente. Por ejemplo: con frecuencia sucede que el padre que maltrata sufrió a su vez malos tratos cuando niño. Los terapeutas freudianos llaman a esto ‘compulsión repetitiva’.” Bradshaw la denomina “regresión espontánea en la edad”.

Según la teoría de AT, la composición psicológica de cada persona contiene tres partes. El Niño (la criaturita que cada uno lleva en sí), el Adulto (la parte objetiva racional de esa persona en la actualidad) y el Padre (la internalización de los pensamientos, sentimientos y actos de los padres o las figuras paternas). En la terapia de AT se llevan a cabo verdaderos diálogos entre el Niño, el Adulto y el Padre. El paciente representa los diversos papeles.

Una variación conocida como psicodrama agrega aun más papeles para abrevar, durante el proceso terapéutico. de nuestros temores y vulnerabilidades infantiles arrastrados. Por ejemplo: un alter ego (una persona que observa las palabras, las conductas y el lenguaje corporal) puede hacer comentarios, en tanto otros representan los diversos papeles de Niño, Adulto y Padre. Hay participantes múltiples que actúan simultáneamente y pueden cambiar de papeles, representar encuentros dramáticos y experimentar la intensa liberación emocional que se produce cuando se traen a la conciencia dolorosos recuerdos infantiles.

Bradshaw combinó los conceptos de AT con la teoría del desarrollo de la personalidad, de Erik Erikson. De esta manera puede señalar los problemas y adaptar su terapia a determinadas etapas infantiles en especial.

La hebra común de todas estas técnicas, así como de otros métodos que emplean el diálogo con nuestro “niño”, es la memoria y la liberación emocional de recuerdos infantiles dolorosos. En las técnicas del niño interior, que con frecuencia son efectivas y suelen aplicarse a adultos criados en familias disfuncionales, abusivas y alcohólicaso drogadictas, se efectúa el contacto con los recuerdos de infancia mientras el paciente se encuentra en estado de relajación. A veces se utilizan frases o palabras claves para focalizar la atención en ciertos puntos de la niñez, de donde surgen los recuerdos más dolorosos. A veces los traumas están en todas partes. en el machacar cotidiano del maltrato negativo y socavador de los padres u otras personas significativas. Desaprender esa programación negativa es parte vital de la terapia.

Por ejemplo: en estado de relajación se envía al adulto en busca del niño” que ha llevado en su psiquis todos esos años. Se recuerda y visualiza la casa de la infancia, sus cuartos, la familia y, por fin, al niñito. El adulto, con la mayor perspectiva y comprensión traídas por la madurez, habla con el niño, razona con él, lo abraza. promete protegerlo y lo saca del ambiente traumático para traerlo al momento actual. En cierto sentido, el niño es rescatado.

En teoría, a medida que se ensancha la perspectiva de lo que ocurrió con el niño cambian las reacciones a los traumas de la infancia. Eso se llama reescribir. Es como si se reescribiera el libreto de la vida, alterando la obra. Es de esperar que el niño interior comprenda ahora que no fue responsable de causar la conducta disfuncional de los padres y pueda ahora perdonarlos o, por lo menos, comprender los motivos por los que ellos actuaban de manera tan irracional. El adulto se Convierte en el padre amoroso de su propio niño interior.

Claro que la realidad de los hechos pasados no ha cambiado en absoluto. El único cambio se produce en las reacciones internalizadas del adulto hacia esos hechos. Puede desprenderse del dolor, liberarse del sufrimiento, curar las heridas de la infancia. La técnica puede ser poderosa. Puede ser el primer paso hacia una cura.

Pero a veces no bastan siquiera estas emotivas y Conmovedoras abreacciones de la infancia. A veces hay más de una niñez involucrada A veces las raíces del dolor están aun más atrás.

Linda es una atractiva abogada de treinta y cinco años, proveniente de una pequeña población de Pensilvania. Está divorciada de un esposo por maltrato psicológico. Linda vino a mi consultorio bien vestida, con un traje de color azul marino y una blusa de cuello abierto. No usaba más joyas que un gran anillo de diamante. Se la veía serena y dominada; proyectaba sin esfuerzo la imagen de una profesional de éxito.

Mientras se desarrollaba nuestra primera sesión y Linda relataba su historia, me sorprendió la violencia de su niñez, los rumores Volcánicos que resonaban bajo ese calmo exterior Linda no tenía recuerdos de lo vivido antes de cumplir los ocho años. Ni siquiera retenía la imagen de sus padres cuando ella era niña. Pero sí recordaba que el padre solía pegarle con los puños, con cinturones, perchas para ropa y vigas de madera. Siendo pequeña la acogotaba con frecuencia, tratándola de “ramera, basura, perra”. La madre le había dicho que las palizas comenzaron a edad muy temprana. A veces ella también participaba, golpeando a la hija y rasguñándola con las uñas. Además, Linda había sufrido repetidos abusos sexuales por parte de un tío, con el conocimiento de sus padres. Me atacaron las náuseas cuando comencé a comprender el grado de abusos que esa criatura había soportado. Aun cuando niña, Linda era tan responsable que había asumido el papel de madre sustituta ante sus hermanos menores, tratando de protegerlos para que no se los tratara de igual modo. Como resultado había sufrido lo peor del maltrato paterno. Varias veces había llegado a llamar al Departamento de Bienestar Infantil, a fin de que el Estado interviniera protegiendo a los niños menores, sin resultado alguno. Los padres negaron todas las acusaciones. Cuando se retiró la asistente social que investigaba, el padre castigó a Linda hasta dejarla casi inconsciente.

En los años de la adolescencia Linda enfermó de asma. También sufría un miedo crónico y grave a sofocarse. No toleraba usar nada alrededor del cuello: ni joyas ni bufandas; ni siquiera tricotas. Deformaba los cuellos de la ropa a fuerza de estirarlos. Nunca podía abrochar el primer botón de sus blusas.

Linda había tratado varias veces de escapar, pero no tenía adónde ir. Por fin abandonó el hogar para estudiar en la universidad; se casó a edad temprana para no tener que volver jamás a su casa.

Durante esa primera sesión comencé a tratar de desenredar los hilos de la torturada historia, pero Linda no recordaba nada anterior al cuarto grado. No era sorprendente. Una pérdida de memoria puede ser algo misericordioso, sobre todo si el pasado ha sido tan violento y abusivo. Pero Linda era infeliz; tenía miedo y una miriada de síntomas tales como pesadillas recurrentes, fobias y súbitos ataques de pánico, además de un abrumador miedo a asfixiarse y a que alguien o algo le tocara el cuello.

Comprendí que debíamos explorar su pasado.

Le di una cinta grabada para que la llevara a su casa. En una de sus partes tiene una meditación relajante; al dorso, un ejercicio de regresión, con mi voz como guía en ambos. Dije a Linda que podía escuchar a voluntad cualquiera de los lados o ambos y que me llamara si le provocaba demasiada ansiedad o emociones negativas.

Ya en su casa escuchó diariamente ambos lados de la grabación. La hacía sentir muy relajada. En realidad, cada vez que la escuchaba se quedaba dormida. Sin embargo, sus síntomas y miedos paralizantes persistían sin cambios.

Linda acudió a la segunda sesión deseosa de probar la hipnosis. Llegó pronto a un nivel de trance moderadamente profundo. La conduje de regreso a su niñez; entonces pudo recordar más detalles del cuarto grado, así como su aula y su bondadosa maestra. Por fin podía ver la cara de su padre tal como era cuando ella tenía ocho años. Comenzó a sollozar. Trabajé con el “niño interior”, indicando a Linda que enviara suyo adulto a abrazar, consolar y rescatar a la vulnerable criatura de ocho años. Ella estaba llena de miedo, alivio y gratitud; se sintió reconfortada. Trató de comprender y perdonar a su padre.

Luego empleé técnicas que había desarrollado en el curso de los años para ayudarla a desprenderse de sus miedos, a ver las cosas con la perspectiva de un adulto. Utilicé los métodos de John Bradshaw y otros que han trabajado con el vulnerable y asustado niño interior. Conversamos, razonamos, sentimos y proyectamos luz y amor; hubo repasos, llantos, análisis y síntesis; reescribimos el libreto. Por noventa minutos se prolongó la purificación de su niñez. Cuando por fin emergió del estado hipnótico. Linda se sentía algo mejor.

Volvió a cantar, algo que le gustaba y no podía hacer desde la infancia, época en que cantaba en el coro de la iglesia. Su memoria había mejorado un poco. Se sentía menos nerviosa y de mejor humor. Pero su vida aún estaba llena de miedos. continuaba teniéndole terror a la sofocación y aún no toleraba sentir nada cerca del cuello. Su asma persistía.

Teníamos que continuar trabajando.

En la tercera sesión utilicé una rápida técnica de inducción que produce un profundo nivel de hipnosis en treinta segundos. Linda se vió inmediatamente sacudida por los sollozos y comenzó arquear el cuello.

—¡Alguien me tira del pelo, echándome la cabeza atrás! —gritó—. ¡Van a guillotinarme!

Había ido directamente a una experiencia de muerte. Supuse que Linda estaba en Francia, pero ella me corrigió: se encontraba en Inglaterra. (Esto me confundió. pues suponía que la guillotina se había utilizado sólo en Francia. Esa noche investigué la cuestión y descubrí que, por un breve período. también se usó en Inglaterra, Escocia y varios otros países europeos.)

Desde su estado de trance, Linda se vio decapitar. Me dijo que en esa vida tenía una hija de cinco años, quien estaba también entre la muchedumbre, observando. Después de la decapitación pusieron la cabeza en un saco de lona y lo arrojaron al río cercano. Pasamos varias veces por la escena de muerte, aliviando la emoción en cada oportunidad. hasta que pudo decirme tranquilamente todo lo que había ocurrido. Le partía el corazón tener que abandonar a su hijita.

Pasaron algunos momentos. Vi que agitaba los párpados y movía los ojos cerrados, como si estuviera buscando algo con la vista. De pronto sollozó otra vez, agitando la cabeza de lado a lado.

— ¡Es él! ¡Es mi padre! —Comprendí que se refería a su padre en la vida actual, dato que ella me confirmó acabada la regresión.— Era mi esposo. El hizo que me ejecutaran para poder estar con otra mujer. ¡Me hizo matar!

Ahora Linda comprendía por qué, según le había dicho su madre, pareció odiar al padre desde el momento en que nació. Cada vez que él la alzaba, la pequeña lloraba a gritos hasta que la dejaba. Ahora eso tenía sentido.

Linda recordó otras dos vidas pasadas durante esa sesión. Varios siglos antes había sido una mujer italiana, en feliz matrimonio con su abuelo actual. Se vio vívidamente en el bote de la pareja. Llevaba un vestido blanco y el pelo, largo y oscuro, flotaba en la brisa. En esa vida había sido feliz, llena de amor; Linda había muerto apaciblemente a edad avanzada En su vida actual tiene una relación muy cálida y amorosa con su abuelo.

En un vistazo a una tercera vida se vio en una granja grande, con parvas de heno y un molino de viento. Era anciana y tenía una familia numerosa.

Pregunté a Linda qué necesitaba aprender de esas vidas.

—A no odiar —me respondió de inmediato, desde la elevada perspectiva de su mente supraconsciente-. Debo aprender a perdonar y a no odiar.

La energía de su odio y la del violento enojo de su padre era lo que había vuelto a unirlos en esta vida, con desastrosas consecuencias Pero ahora recordaba. Ahora se podía iniciar la curación. Linda podía comprender por qué había rechazado inmediatamente a su padre y por qué uno, recurriendo a una fuente de culpa, vergüenza y violencia, había estallado repetidas veces en un torrente de abusividad. Ahora ella podía comenzar a perdonar.

Al terminar la regresión pedí a Linda que se abrochara el primer botón de la blusa. Lo hizo sin vacilar y sin rastros de nerviosismo o miedo.

Estaba curada.

La curación había requerido de tres Sesiones. Sus síntomas no se han repetido. Hasta el asma ha desaparecido casi.

La intensa segunda sesión en la que trabajamos rescatando al niño interior fue importante y la ayudó. Pero la regresión a la vida de la guillotina resultó ser el factor curativo.

En Casos como el de Linda, el trabajo con el niño interior y la consiguiente catarsis actúan como puerta a la curación que se logra, mejor y más efectivamente, a través de la terapia de vidas pasadas. Los traumas experimentados en la niñez de la vida actual son, a veces, variaciones de traumas experimentados en otras vidas. Estas vidas previas pueden ser la verdadera fuente del dolor infantil Reexperimentar la fuente del problema puede ayudar a curar al niño interior actual.

Laura, de veinticinco años, administradora de una boutique, llegó con síntomas. Sufría de depresión intermitente y de prolongados trastornos en el comer, por los cuales asistía regularmente a grupos de apoyo y terapia, como “Obesos Anónimos”. Pero tal vez su síntoma más preocupante consistía en que no estaba segura de haber sufrido o no abusos sexuales en su infancia. No tenía recuerdos claros, ni siquiera parciales, de semejante experiencia. Se trataba, antes bien, de una sensación o de un patrón de impresiones cinestésicas que tenía a veces, sobre una persona mayor que la tocaba.

Al tomar la historia introductoria de Laura, me contó que estaba distanciada de sus padres y mantenía con ellos una fría relación. Pasaban largos períodos en los que no les hablaba en absoluto; cuando lo hacía, los tres se llenaban de nerviosismo e incomodidad, a tal punto que ella se sentía “como ahogándose”. También descubrimos un detalle de su pasado, tal vez más importante: cuando Laura trataba de recordar algo de su infancia obtenía sólo un blanco. No tenía recuerdo alguno de su infancia.

Decidimos comenzar por ese síntoma. Pero primero repasamos los recuerdos de vidas anteriores que Laura había experimentado en uno de mis seminarios, algunos meses antes, y que la decidieron a explorar más sus problemas en una terapia individual.

Durante la regresión grupal, Laura se había visto en un niño francés de trece años, que llevaba arco y flechas. Una flecha ajena se le clavó en el pecho y murió. Laura reconoció en su abuela de entonces a su madre actual. En otra vida había sido un ladronzuelo callejero de Londres En una tercera se vio como muchacha quinceañera, en la España del siglo XVI. Al entrar en la vida española la estaban atando sobre una pira para quemarla por bruja pues había curado un niño de su aldea. Laura reconoció al juez que la había condenado a muerte: era su padre actual. Esos recuerdos no lastimaron a Laura. El hecho de experimentarse eterna la hacía sentir muy libre y feliz También sentía que había esperanza para sus problemas y su depresión se alivie un poco.

Cuando Laura volvió a mi consultorio se repitió la imposibilidad de obtener recuerdos de la niñez, pero aún deseaba descubrir la raíz de su problema. Como en el seminario había tenido tanto éxito en su regresión a vidas pasadas. decidimos que era el camino más fácil para su terapia y que debíamos enfocar sus problemas nuevamente con la regresión.

Una vez más, Laura tuvo recuerdos de haber muerto a edad temprana. En esa ocasión era un muchachito de catorce años, en la Francia del siglo XM miembro de una familia acomodada. Sus padres tenían un huerto de manzanas. Trágicamente, una epidemia fatal atacó a la comunidad; el vehículo de transmisión estaba en las manzanas de su familia. Sin embargo, sus parientes no tenían la menor idea del peligro que encerraba su fruta y no se los podía culpar. Laura murió en esa epidemia. pero no antes de reconocer a sus padres de esa vida, que eran sus padres en la actualidad.

Mientras repasábamos esa vida, después de la hipnosis, surgieron lemas de enojo, amor y perdón. Laura tenía que perdonar a sus padres de esa vida, porque no la habían envenenado deliberadamente. Necesitaba desprenderse de ese enojo. En su casa, Laura había utilizado mi cinta grabada para relajación y regresión. a fin de explorar las respuestas a lo que le había ocurrido durante su infancia. Las respuestas intuitivas que obtenía eran, con frecuencia, de tipo espiritual, asegurándole que la experiencia se relacionaba con el aprendizaje del equilibrio, la moderación y la armonía. Al experimentar las vidas desequilibradas y sin moderación, se había vuelto paciente y afectuosa y su mente intuitiva le decía que esas experiencias eran, en realidad, la base de la verdadera sabiduría.

Después de esta regresión fue como si se hubiera desatascado algo. Comenzaron a aflorar los recuerdos infantiles de su vida actual; entonces quedó en claro por qué habían sido bloqueados. Sus fugaces impresiones de abuso eran acertadas. En realidad, Laura había recibido maltrato sexual por parte de su padre y su tío. Desde los dos años ambos la habían sobado y manoseado, obligándola al sexo oral. Ese abuso continuó por años. Peor aun: Laura recordaba que su madre sabía de ese abuso y no hacía nada por impedirlo.

Esos recuerdos, sobre todo el de la complicidad de su madre, acentuaron por un breve período los síntomas y los problemas de Laura. Con el correr del tiempo tuvo oportunidad de integrar esas experiencias y sensaciones en la terapia. Al hacerlo comenzó a desprenderse del enfado que le causaban esos recuerdos; entonces sus trastornos en la alimentación empezaron a mejorar rápidamente. Laura pudo también poner en perspectiva la conducta abusiva de su padre y su tío. Pudo comprender que los tormentos recibidos de su padre se iniciaban mucho antes. Aunque en esa vida pasada no había abusado específicamente de ella, la había hecho ejecutar. Por lo tanto, en esta vida podía tener una percepción borrosa de los límites habituales que existen entre padres e hijos. Sus impulsos sexuales hacia ella pueden haber sido más fuertes que si no hubieran existido vínculos previos entre los dos. Laura pudo también comprender que había vivido una serie de existencias en que las figuras paternas no pudieron protegerla de la muerte o de la pobreza; esas vidas habían sido lecciones de amor, paciencia y sabiduría.

El vínculo entre Laura y su padre en una vida pasada es típico de las relaciones turbulentas en la vida actual. Con frecuencia. el hecho de que en una vida anterior el victimario actual haya puesto en peligro o dañado a la víctima hace más probable que el victimario trasgreda, en la vida presente, los límites y tabúes del incesto. Es como si ya se hubieran debilitado las fronteras esenciales y los límites que mantienen la seguridad y el bienestar entre ambos ya han sido franqueados. Esto parece hacer más difícil para ambos el evitar caer en una nueva variante de ese antiguo patrón de abuso, dolor y abandono. Esto no significa que las víctimas del maltrato lo merezcan, lo pidan o que estén destinadas a repetir ese modelo vida tras vida. Existe siempre el libre albedrío. Una situación tan volátil puede crear condiciones muy especiales para un crecimiento emotivo y espiritual acelerado. Se pueden superar las tentaciones y aprender las lecciones.

Es llamativo que Laura no haya podido recordar nada de su infancia hasta que se estableció el contexto de vidas pasadas. Sólo después de haber logrado esa perspectiva más amplia pudo traer a la superficie los recuerdos de su dolorosa niñez actual. Sólo entonces pudo reconfortar al niño interior. La catarsis se produjo. La curación podía comenzar.

Por comparación, no fue ninguna sorpresa que Laura dejara de comer en exceso. En la actualidad continúa reduciendo lentamente de peso y ya no cae en ataques de glotonería. Su depresión ha pasado. De vez en cuando se reúne con sus padres para tratar de recomponer sus relaciones; el nerviosismo que le provocaban esos reencuentros se ha aliviado considerablemente Tras muchos años de luchar con sus síntomas y tratar de comprenderlos por otras formas de terapia. Laura halló una curación rápida y duradera.

La influencia del abuso sexual contra las niñas, en este país, es asombrosamente alta. Aproximadamente una de cada tres niñas es víctima de abusos sexuales en la niñez; lo mismo ocurre con uno de cada cinco varones. La terapia de vidas pasadas puede ser importante para el proceso de curación, pues a muchos sobrevivientes adultos les proporciona un medio rápido y seguro de develar y aclarar la experiencia; además, ofrece un marco emotivo y espiritual más amplio para procesar e integrar los recuerdos y sentimientos que se liberan durante el proceso de curación. La terapia de vidas pasadas da a las víctimas nuevos asideros para enfocar y asir sus experiencias.

En las manos de un terapeuta preparado, la terapia de vidas pasadas aplicada al abuso sexual no es peligrosa. En la situación terapéutica, ninguna víctima necesita tener miedo de reexperimentar dolorosos recuerdos reprimidos. Según mi experiencia con pacientes como Laura, al revivir recuerdos en este contexto se caracteriza por una sensación liberadora. La terapia permite a la víctima consolar al niño interior de esta vida. Mejoran muchos aspectos de la vida adulta, sobre todo las relaciones.

Un recuerdo bloqueado de abuso sexual representa un monumental desafío a nuestra capacidad de hallar gozo, satisfacción e intimidad en las relaciones adultas. Los sobrevivientes adultos tienden a protegerse contra una repetición del dolor sepultado. Esta tendencia es otra manifestación de la misma dinámica que impulsa a ciertas mujeres a protegerse simbólicamente del dolor de origen sexual aumentando de peso para disimular el atractivo físico. En el capítulo siguiente analizaremos este aspecto en más profundidad.

El doctor John Briere, investigador del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de California del Sur, dijo que una de las evaluaciones más dolorosas que ha escuchado una y otra vez de las víctimas adultas del abuso sexual infantil es saber que papá me hizo daño en su beneficio. Papá estaba dispuesto a sacrificar mis necesidades para satisfacer las suyas. El doctor Briere también observó que una víctima de maltrato sexual infantil pierde la noción de que se puede confiar en la persona cálida y afectuosa que nos cuida; es una idea que con frecuencia no se recupera jamás”. En cambio, esa realidad es remplazada por otra en la que el niño sabe que una persona “aparentemente buena es muy capaz de ser mala”. El sentido de confianza queda destrozado.

El doctor David L. Corwin, profesor de psiquiatría de la Universidad de Washington, ha observado que, con frecuencia, el abuso sexual infantil por parte del padre origina una profunda sensación de privación y de autoestima gravemente afectada. El resultado es que esas actitudes socavan la capacidad de hacerse valer y protegerse. de sentir que se tiene derecho, como persona, a esperar y exigir que se la trate con respeto, cariño y decoro”. Las mujeres “empiezan a pensar que son malas para preservar la imagen de un padre idealizado”. Entonces la terapia puede “ayudar a la víctima del abuso infantil a ‘desaprender’ los conceptos negativos de sí misma y convertirse en sobreviviente en todo el sentido de la palabra”.

No es preciso que el abuso se produzca en la vida actual o en la niñez para influir sobre las relaciones de la vida actual.

Emily, de cuarenta y tres años, vino a mi despacho afectada de temores que ella describía como “irreales”. Tenía ataques de ansiedad y pánico, miedo al abandono y a la pérdida y aversión al sexo, sobre todo a la eyaculación. Como resultado mantenía con su esposo una relación muy problemática. Sentía miedo de ese hombre, con el que había compartido una parte tan grande de su vida. Es innecesario decir que de estos sentimientos nacían muchos de los conflictos conyugales. Fmily había perdido recientemente a su hijo adolescente, en un accidente de tránsito, y aún no superaba el duelo. También era miembro de Alcohólicos Anónimos, donde marchaba bien, sin recaidas.

En la terapia de vidas pasadas Emily volvió a una vida en la que era una mujer morena, de vestido rojo, que bailaba soñadoramente con un joven en una fiesta. Ese joven era su hijo muerto.

En el segundo recuerdo clave de esa sesión, Emily recordó haber sido una joven madre sin recursos en los tiempos del rey Herodes. El gobernante acababa de ordenar la muerte de todos los niños menores de dos años y Emily había asfixiado accidentalmente a su propio hijo, en el intento de acallar su llanto para que no lo descubrieran los soldados del rey.

En la Edad Media, Emily compartió otra vida con su hijo perdido. En esa oportunidad eran hermanos y ambos compartían una relación muy estrecha. El hermano murió de una estocada mientras combatía a caballo. Tanto ella como el padre quedaron devastados por la muerte del muchacho. El padre nunca se recobró de la pérdida. Emily se casó con un hombre rico para huir de su padre y de la tristeza compartida. El esposo la sometió a actos sexuales rudos, groseros y desagradables, sin tener en cuenta su placer ni su bienestar. Esa relación física, que aterrorizaba a Emily, produjo tres hijos.

En una sesión siguiente. Emily recordó haber sido una francesa gitana y campesina a mediados del siglo IX. Tenía varios hijos que dependían de ella y tuvo que recurrir a la prostitución para alimentarlos. Se la despreciaba por su oficio y, aunque algunos de los hombres le gustaban. otros la sometían a violentos abusos. En un incidente muy desagradable, algunos de ellos llegaron a escupirla durante el abuso y la degradación.

Al envejecer, como sus hijos ya no dependían de ella para sobrevivir, Emily se dedicó al alcohol y acabó por suicidarse.

Al terminar esa segunda sesión pudo establecer varias relaciones con sus problemas presentes. Al comprender que había vivido muchas veces con su hijo. pudo resolver el prolongado duelo por su muerte.

Un tema muy fuerte para ella era su amor por los niños. Emily trabaja como voluntaria en la sala pedíátrica de un hospital.

Otro tema era el abuso sexual y la crueldad. Emily logró comprender las raíces pasadas de su actual aversión al contacto sexual. Pudo ver que, en esa constelación particular de vidas, el sexo había sido, primordialmente, un vehículo de degradación y dolor. También vinculó su aversión a la eyaculación con las humillantes escupidas que había soportado en la Francia del siglo IX. Entonces pudo abandonar algunos miedos sexuales. Comprendió que el miedo era una protección contra el dolor que no necesitaba Soportar en esta vida, que ese sufrimiento pertenecía al pasado.

Con el entendimiento sobrevino el comienzo de la curación. Emily llevaba varios años de psicoanálisis tradicional, sin mejoría de sus síntomas. Eso no era culpa de su analista; antes bien, se relacionaba con la amplitud del material involucrado. Las raíces de sus problemas estaban más allá de sus experiencias en la vida actual. Fue necesario retornar a los recuerdos y traumas de vidas pasadas a fin de efectuar la curación. En este sentido, la terapia de vidas pasadas para el abuso sexual es, meramente una expansión del pensamiento y el tratamiento Psicoanalítico hacia un terreno más amplio.

En la actualidad los miedos sexuales de Emily están disminuyendo. Como resultado, su relación con el esposo es menos tensa, aunque todavía no sea perfecta. Sin embargo, tiene importantes puntos fuertes y Emily puede evaluar sus pro y sus contra desde una perspectiva más realista. Tampoco tiene miedo de entablar una relación futura con otro hombre, si en algún momento se decidiera por eso.

Las sombras del pasado se han disipado. El miedo a los hombres y al contacto sexual se va borrando. Cualquier decisión que Emily tome sobre sus relaciones conyugales será clara y realista, como resultado de sus recuerdos de vidas pasadas, no como proyección de sus propios miedos sobre el matrimonio.

Una vez que se logra acceso a los recuerdos se Inicia el proceso de curación. En el excelente libro El coraje de curar, de Ellen Bass y Linda Davis, se han documentado algunos patrones típicos de la curación de abusos sexuales. El primer paso de ese proceso es la decisión de curar, de buscar ayuda.

Cuando los recuerdos del maltrato comienzan a emerger en las víctimas, con frecuencia son sólo parciales o nebulosos, como en el caso de Laura. Muchas veces, como en el de Emily. existe una sintomática incapacidad de entablar relaciones íntimas. Y como en todos los casos indicados, el nivel de incomodidad es alto.

Tal como hemos visto, durante la terapia de regresión el recuerdo del maltrato suele tornarse más accesible. Las víctimas pueden comenzar a cobrar conciencia de que los elementos atemorizantes de sus sueños y fantasías, así como los fragmentos de esos recuerdos huidizos, están vinculados con el trauma de la infancia.

Una etapa posterior en el proceso de curación es la capacidad de aceptar que los recuerdos del abuso son algo real. El hacerlo es parte vital del proceso de curación. La regresión hipnótica a esa infancia y a otras vidas es una técnica idealmente adecuada para aceptar esos recuerdos. Los pacientes ven y sienten sus experiencias con nitidez, pero se sienten a salvo y pueden integrar después sus recuerdos en la protegida situación terapéutica. El paciente sabe que son recuerdos, no fantasías, debido a la intensidad de estos y de las emociones a las que se tiene acceso durante la regresión; la experiencia de esta intensidad contrarresta el mecanismo defensivo mental de la negación. El doctor Wayne Dyer, autor de Tus zonas erróneas, nos recuerda que la aceptación mental con frecuencia se demora tras la emocional, al decir: “Lo verás cuando lo creas” Pero para muchos pacientes sigue siendo necesario ver para creer. Y ver el pasado. con regresión hipnótica permite a algunos pacientes, por lo demás propensos a la negación, aceptar sus pasados con menos esfuerzo, acelerando así el proceso de curación.

Los sobrevivientes de abusos con frecuencia pasan por otra etapa de curación: la de sentir vergüenza de sus experiencias, vergüenza por haber participado en una actividad que es tabú. Pero los pacientes que logran acceso a estos recuerdos mediante la regresión hipnótica pueden integrar con más facilidad el hecho de que, siendo pequeños, no pueden haber sido responsables por la conducta de los adultos. Los recuerdos de vidas pasadas también ayudan a disipar la vergüenza, pues ayudan a explicar por qué se quebraron. en esas relaciones formativas, límites que habrían debido ser infranqueables.

Esto nos lleva al muy álgido tema del enfado. Es típico que se inste a los sobrevivientes a experimentar el enojo para con sus victimarios, a sentir que ese sentimiento los cura. Aunque el enojo es, por cierto, una etapa que debe ser atravesada, he descubierto que, cuando se emplea la terapia de vidas pasadas, con frecuencia se transmuta rápidamente en comprensión. En mi práctica, esa etapa suele ser relativamente corta.

No sé con certeza por qué es así; indudablemente se requieren más investigaciones. Puede ser que la perspectiva más amplia acordada por la experiencia de vidas anteriores permita a la víctima lograr una objetividad más rápida. O tal vez el componente espiritual de la terapia puede, en algunos casos, proporcionar un crecimiento y una curva de curación más veloces.

Desde que la doctora Elisabeth Kúbler-Ross delineó las etapas del duelo, es frecuente asumir que uno debe pasar completa y metódicamente por todas las etapas de todos los procesos a Fin de que se produzca la curación completa. Pero no todos los individuos que pasan por un proceso de curación necesitan pasar por todas las etapas en una secuencia temporal rígida. Por ejemplo: no es esencial expresar el enojo por un periodo prolongado aunque al terapeuta le parezca necesario. Después de reexperimentar el repaso visual y empático en la terapia de vidas anteriores, a veces la comprensión aparece con celeridad. Este tipo de terapia parece tener una facilidad especial para abreviar la fase del enojo.

Alienta al paciente a trabajar a su propio ritmo, sea cual fuere. ¿A qué experimentar el enojo por meses, si uno puede deshacerse de él en una hora, un día o una semana? Tal como lo demuestran los casos de Laura y Linda, mediante la comprensión que proporciona la terapia de vidas anteriores, el enojo disminuye y el trauma se puede resolver con más celeridad.

Esto no es una promesa de una “cura rápida” ni un “regaño” para los pacientes y terapeutas que proceden a un paso más lento y más apropiado para sus casos. Simplemente subraya otra de las alternativas para los sobrevivientes.

Una vez que se entienden las raíces del enojo, uno puede decidir desprenderse de él cuando quiera. Puede conservarlo, si se siente más a gusto con él. pero también dejarlo a un lado en cualquier momento. Es uno quien decide. Cada uno tiene su propio y perfecto ritmo de curación y desarrollo.

El paciente que desentierra recuerdos de abusos en esta vida y tal vez en otras, mediante la regresión hipnótica, no olvida el recuerdo del enojo. pero puede ser mucho más rápido para perdonarse a sí mismo y a otros. Con frecuencia, un profundo nivel de perdón parece ser la lección espiritual de la experiencia de abusos.

Lorraine supo que el perdón era parte de su perdón aun antes de someterse a la terapia. Sentada en mi consultorio, esa profesora y administradora universitaria de treinta y siete años relató, que en su infancia, sus padres habían sido muy poco tutelares. La madre sufría de una severa artritis reumatoidea. enfermedad que exigía toda la atención de la pareja. Lorraine sentía que ambos se habían mostrado fríos y nada afectuosos con ella. Para empeorar las cosas, el padre murió de un ataque cardíaco cuando ella tenía seis años.

Lorraine pensaba que su muerte y la relación de sus padres con ella le hacía muy difícil entrar en intimidad con otras personas, así como mostrarse dispuesta a perdonar y perdonarse. Temía intimar con los demás por la posibilidad de perderlos o de encolerizarse con ellos. Su miedo de ser estéril se agregaba a su temor a la intimidad.

En la terapia de vidas pasadas, recordó una existencia en la antigua Grecia. En esa vida había tenido el mismo padre que en la actual y él abusó sexualmente de ella en la temprana infancia. Más adelante lo descubrieron y se lo llevaron. Lorraine pensaba que probablemente las autoridades lo habían ejecutado por su acción. Significativamente, en la vida actual también había perdido a su padre en el sexto año de vida.

Mezclada con su enojo, Lorraine también experimentaba una gran parte de culpa por haber causado el castigo de su padre en esa vida en Grecia. Cayó en la cuenta de que, en su vida actual, no sólo sentía enojo hacia su padre, sino también culpa por ese enojo; comprendió también que el patrón de abuso era antiguo, en realidad, y que debía perdonarse y perdonarlo a él a fin de que el enojo pasara. También era evidente que su incapacidad’ de perdonar en otras relaciones se vinculaba también con los abusos de su padre en la vida anterior.

Lorraine reconoció también que debía perdonar “dos veces” a su padre por abandonarla a edad tan temprana. Ahora está trabajando en eso y se siente mucho mejor sobre su relación con él en esta vida. Sus sensaciones de abandono y enojo van cediendo. Ha llegado a comprender que sufrir un ataque cardíaco fatal no es lo mismo que ser apresado por cometer abusos. Puede ver el patrón de vida de su padre con más claridad, apreciar que mucho de lo ocurrido en esta vida de él tocó una especie de contrapunto Kármico con la vida en la cual abusó de ella. Cree que, en verdad, fue obligada a abandonarla otra vez a los seis años como castigo por los abusos cometidos en aquella otra vida, aunque en realidad no quería dejarla. También ha visto que el carácter de su padre en esta vida representó un gran adelanto con respecto al de la vida en Grecia. Eso también fue curativo. Lorraine ha llegado a ver con mucha simpatía y compasión el difícil sendero de crecimiento de su padre.

Lorraine no tardó en adquirir la capacidad de comprender y perdonar, en gran parte por haber podido ver el flujo de vidas de su padre. El solo percibir un propósito o lógica general de los hechos dolorosos puede bastar para la curación, al desprender el enojo y remplazarlo por perdón. Este proceso no es necesariamente lógico. pero lo he presenciado muchas veces.

Ahora Lorraine teme mucho menos que antes a la intimidad, pues comprende que el abandono y los abusos de su padre se produjeron en una situación muy específica, no debido a un defecto o una incapacidad de ella. Por lo tanto, no tiene motivos para creer que otros puedan también abandonarla.

Como tantos otros pacientes, Mercedes, una soltera de cuarenta años, vino a mi consultorio quejándose de nerviosismo, ansiedad, pesadillas y dolores de cabeza. Era una comerciante de éxito, educada en escuelas religiosas. En muchos sentidos, estaba espiritualmente esclarecida y meditaba desde hacía varios años. Uno de los síntomas extraños que me describió se presentaba al meditar. Durante la meditación solía girar involuntariamente la cara hacia un lado, como si se protegiera de algo.

Por muchas sesiones probamos con los métodos tradicionales de terapia; sólo se produjo una ligera mejoría en sus síntomas. Por fin Mercedes decidió intentar la terapia de regresión. Al principio la encaminamos hacia su niñez; le acarreó algún sufrimiento, pues comenzó a recordar haber sufrido abusos por parte de su padre; agrio y alcohólico, fallecido diez años antes. En esa sesión se descubrió apartando la cara y haciendo arcadas como rechazo del sexo oral que él le había impuesto. Allí estaba la causa del movimiento de cabeza que se producía durante sus meditaciones.

Mercedes recordó también su vergüenza y su confusión; cuando el padre acabó con los abusos y volvió a la madre, ella se sintió algo alterada y deprimida. Lamentablemente, ese maltrato representaba la única atención, el único gesto afectuoso que esa niña recibió nunca. Cuando recordaba las emociones infantiles relacionadas con el abuso, el miedo no era lo primero de su lista. La emoción más destacada era el asco, como si ya estuviera bastante habituada a esa experiencia. Al parecer, el maltrato había durado ya algún tiempo. En sesiones posteriores, Mercedes develó recuerdos de maltrato físico por parte de su madre, que la castigaba con frecuencia, impulsivamente y sin previo aviso, asustándola terriblemente. Entonces Mercedes comprendió por qué no confiaba en las mujeres.

Desenterró un recuerdo de su padre sobándola mientras estaba sentada en su bacinilla, a la edad de un año: un recuerdo muy antiguo. Pero también recordó cuánto amaba a su padre y cuánto la amaba él, pese a los abusos. Eso la confundió mucho.

En la siguiente sesión regresó a una vida anterior. Era una mujer de veintiséis años, en la Edad de las Tinieblas. Se recordó esclava, encadenada al muro de la cocina del castillo, en donde trabajaba constantemente. En esa existencia sólo le retiraban las cadenas con una finalidad: para llevarla a un cuarto cerrado del castillo, donde la esperaba un hombre para utilizarla sexualmente. Mercedes recordó haber sentido mas asco que otra emoción después de esos encuentros, asco parecido al que le inspiraban los abusos del padre que la amaba.

Después de esa sesión experimentó un alivio inmediato. Había logrado una comprensión mucho mayor de sus actitudes y prejuicios sexuales. Como otras sobrevivientes del abuso, la intimidad era para ella un desafío abrumador. Mercedes disfrutaba del sexo, pero el contacto sexual era para ella algo mecánico y nada íntimo. Después de esa regresión se sintió más feliz y esperanzada. Ahora comienza a comprender y resolver su pasado y su presente, mirando con ansias el futuro.

Uno de los puntos más interesantes en el caso de Mercedes es la experiencia de sus hermanas. Tenía dos, pero sólo una de ellas sufrió los abusos del padre. A la otra, la del medio, siempre la dejó en paz.

Una explicación posible es que la niña intocada no tuviera antecedentes de abusos o trasgresiones tabúes con el padre en vidas anteriores. Si tuvieron algún vínculo pudo existir en una esfera diferente, en otra constelación de conductas, lecciones y circunstancias.

La gente suele sacar a relucir la idea de ‘karma”; que por lo referido a las experiencias y las circunstancias de la vida, lo que sembramos en una es lo que cosechamos en la siguiente. No siempre es la verdad estricta. Creo que experiencias como estas no son necesariamente castigos del pasado, ni siquiera lecciones o patrones arrastrados de existencias anteriores. Al escoger el nacimiento en una familia o una constelación de circunstancias en especial, uno no ha aceptado someterse a abusos. Sin embargo, ha aceptado participar en determinada lección, en cierto tipo de drama. Conservamos el libre albedrío sobre cómo se lleva a cabo determinada lección o enseñanza, al igual que los otros individuos escogidos para compartir esta vida con nosotros. Sólo por haber accedido a desempeñar un papel en esta familia. El abuso no es el resultado invariable. Parte del proceso de aprendizaje es aprender a no escoger los senderos más perjudiciales o destructivos. El crecimiento puede darse con facilidad y gozo tanto como mediante la lucha, y entre ambas cosas hay muchos matices.

Existirá el abuso potencial, pero no es inevitable. En este sentido todas las familias son como pequeños mundos o universos interactivos, pequeños ecosistemas emocionales y espirituales que interactúan constantemente, se reajustan y vuelven a interactuar. Es un modo de comprender por qué se produce el abuso entre ciertos miembros de la familia y no con otros.

La terapia de vidas pasadas fomenta una mayor conciencia de grandes temas y situaciones más complejas y expansivas. Cuando las sombras están allí y los recuerdos no son claros, no hay nada tangible de lo cual lamentarse o desprenderse. Pero cuando se recuperan los recuerdos apropiados, la víctima de abusos tiene un lugar desde el cual apartarse hacia el crecimiento futuro.

Cuando comprendemos los motivos, los patrones y las causas, experimentamos lo que muchos llaman “gracia”. La gracia de la comprensión nos permite trascender la idea tradicional del karma, para no tener que repetir los mismos dramas antiguos. Nos absolvemos de la necesidad de repetirlos, de experimentar dolor. Entramos en un flujo más elevado, donde la nota clave de nuestra vida puede ser de gozo y armonía.

Por fin, las víctimas de malos tratos necesitan recordar que, aun en estas circunstancias difíciles, el alma nunca sufre daños. El espíritu es indestructible e inmortal.

 

 
 
 
 
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