Llama Violeta

Llama Violeta


 

 
 
 
 
 
 

 

MENSAJES EXTRAORDINARIOS

Los Mensajes de los Sabios

CAPITULO 13

Brian Weiss

 

   En este planeta se permite que algunas almas se manifiesten a las personas que siguen estando en forma física. Se les autoriza a regresar... En este plano se acepta la intercomunicación. Aquí es donde se deja utilizar los poderes psíquicos para comunicarse con personas que están en forma física. Hay muchas formas de hacerlo. Algunos reciben el poder de la vista y pueden mostrarse a las personas físicas. Otros tienen el poder del movimiento y son capaces de mover objetos telepáticamente. Muchas personas eligen venir porque se les permite ver a seres muy queridos que todavía están en forma física.

 

Char, excelente vidente y médium, le hizo una lectura a Amy, mi hija adolescente. El día antes, Carole y yo habíamos asistido al entierro del abuelo de David, un gran amigo de Amy. Mi hija le conocía como Buzzy, que era su apodo.

  -Tengo un mensaje para alguien que se llama David -le dijo Char-. Es de su abuelo, de Howard... o Harold.

  Continuó con una precisión pasmosa. Amy ni siquiera sabía que el verdadero nombre de Buzzy era Howard.

  -Diles que les quiere y que se encuentra bien. Está con Max y Sam.

  Ninguno de nosotros conocía a Max ni a Sam. Al día siguiente nos enteramos de que Sam era el padre de Buzzy, y Max, un gran amigo suyo que había sido su socio durante veinticinco años.

  No morimos cuando muere nuestro cuerpo físico. Una parte de nosotros sigue existiendo. Espíritu, alma, conciencia. Es como atravesar un umbral para entrar en otra habitación mayor, con más luz, maravillosa. Por eso no tenemos que temer. Siempre nos rodea el amor. Nuestros seres queridos no nos abandonan nunca. Todos somos almas hermosas e inmortales. Estamos en un cuerpo durante un tiempo, pero nuestra esencia no es ese cuerpo.

   Cuando mis pacientes u otras personas reciben mensajes de seres queridos que han muerto, los recados tienen un parecido increíble. Pueden recibirlos en regresiones, en sueños, a través de médium s o por cualquier otro sistema, pero siempre hay un tema común.

   «Te quiero. Me encuentro bien. Cuídate y no sufras tanto por mí.»

   Siempre nos dicen que no lloremos por ellos, saben algo que nosotros hemos olvidado.

   Son inmortales, lo mismo que nosotros.

   Una de las experiencias más importantes de mi vida sucedió cuando recibí un mensaje extraordinario durante una regresión con Catherine. Se lo cuento para que conozcan un momento que cambió mi vida para siempre. La tragedia más terrible de mi existencia había sido la muerte repentina de nuestro primer hijo, Adam, cuando sólo tenía tres semanas, en 1971. Unos diez días después de llevárnoslo del hospital a casa había empezado a tener problemas respiratorios y vómitos explosivos. El diagnóstico fue muy difícil. «Drenaje venoso pulmonar anómalo total con efecto septal atrial -nos dijeron-. Se da aproximadamente en uno de cada diez millones de nacimientos.» Las venas pulmonares, que en teoría tienen que llevar sangre oxigenada hasta el corazó11, estaban mal encaminadas y entraban en el corazón por el otro lado. Era como si tuviera el corazón girado, del revés, algo muy, muy poco habitual.

   Ni una operación heroica a corazón abierto pudo salvar a Adam, que murió pocos días después. Lo lloramos durante meses, con nuestras esperanzas y nuestros sueños destrozados. Un año después nació nuestro hijo Jordan, que fue un bálsamo para nuestras heridas. En el momento de la muerte de Adam empecé a dudar de la elección profesional que había hecho al

decantarme por la psiquiatría. Estaba contento con el internado que hacía y me habían ofrecido un puesto de residente en medicina general.

   Tras la muerte de Adam decidí firmemente hacer de la psiquiatría mi profesión. Me enfurecía comprobar que la medicina moderna, con todos sus conocimientos y sus técnicas tan avanzadas, no hubiera podido salvar a mi hijo, a aquel bebé.

   Por otro lado, mi padre había disfrutado de una salud excelente hasta que tuvo un infarto grave a principios de 1979, a los sesenta y un años. Sobrevivió al primer ataque, pero le quedó la pared cardiaca dañada irreparablemente y murió tres días después. Eso sucedió unos nueve meses antes de mi primera sesión con Catherine.

   Mi padre era un hombre religioso, más ritualista que espiritual. Su nombre hebreo, Avrom, le quedaba mejor que el inglés, Alvin. Cuatro meses después de su muerte nació nuestra hija, a la que pusimos Amy en memoria de su abuelo.

   Y entonces, en 1982, estando en mi consulta, tranquila y oscura, empezó a caerme encima una cascada ensordecedora de verdades oscuras, secretas. Nadaba en un mar espiritual y el agua me encantaba. Sentía la piel de gallina en los brazos. Catherine no podía en modo alguno conocer esa información. Ni siquiera había dónde buscada. El nombre hebreo de mi padre, el hecho de que mi hijo hubiera muerto al poco de nacer a consecuencia de un defecto cardíaco que se da en un bebé de cada diez millones, mis cavilaciones sobre la medicina, la muerte de mi padre y el porqué del nombre de mi hija... Eran demasiadas cosas, demasiado concretas, demasiado ciertas. Aquella sencilla técnica de laboratorio servía de conducto para un conocimiento trascendental. Y si podía revelar esas verdades, ¿qué más había por descubrir? Decidí que tenía que saber más cosas.

   -¿Quién? -farfullé-. ¿Quién hay ahí? ¿Quién te dice esas cosas?

   -Los Sabios -susurró-. Me lo dicen los espíritus sabios. Me dicen que he vivido ochenta y seis veces en estado físico.

   La respiración de Catherine se hizo más lenta y dejó de girar la cabeza de un lado a otro. Estaba descansando. Yo quería seguir, pero pensar en las consecuencias de lo que había dicho me distraía. ¿De verdad había vivido ochenta y seis vidas anteriormente? ¿Y qué había de esos «Sabios»? ¿Era posible que unos espíritus guiaran nuestras vi das?

   El mensaje sobre mi padre y mi hijo me abrió la mente a la posibilidad de la eternidad y de los fenómenos paranormales. Tras esas y las subsiguientes experiencias con otros pacientes, mis valores se acercaron más a lo espiritual y se alejaron de lo material, se acercaron a la gente y las relaciones y se alejaron de la acumulación de cosas. Me volví más consciente de qué nos llevamos con nosotros y qué no. En realidad, antes de aquellas experiencias ni siquiera creía que una parte de nosotros sobreviviera a la muerte física.

   En mis viajes por Brasil, un país avanzado espiritualmente, he conocido a muchas personas con aptitudes e iluminadas. En concreto, una médium llamada Celia me impresionó mucho.

   Un amigo me llevó de forma espontánea a una sesión de grupo que dirigía Celia en una zona de gente trabajadora de Río de Janeiro. Ella no sabía nada ni de mí ni de mis libros y sólo hablaba portugués, por lo que mi amigo actuó de intérprete.

   Me senté en las primeras filas del auditorio. La gente había escrito nombres en trocitos de papel y luego los había ido poniendo en una cesta. Celia tomó esos papeles, los revolvió y, sin mirar, dijo en voz alta algunos nombres. La gente, al reconocer los de sus seres queridos ya fallecidos, se acercaba al pequeño podio en el que se había sentado Celia. A veces subían individuos o parejas, a veces familias enteras.

   La emoción de sus rostros, reflejada en su lenguaje corporal, era genuina y espontánea. Entre el público había más de ochocientas personas de todas clases sociales. Nadie sabía si le iban a llamar.

   Pocas veces he visto a alguien trabajar tan rápido como Celia. De su boca fue manando un torrente de nombres exactos, descripciones de características físicas y rasgos de personalidad, una especie de cascada de datos. No sólo sabía cómo había muerto la gente, sino que además estaba al tanto de detalles privados y confidenciales de la vida de la persona fallecida, detalles que para las familias fueron sumamente reconfortantes. Sus palabras surgían con una fuerza que contrastaba con su cuerpo, pequeño y frágil, de una mujer de sesenta y cinco o setenta años. Medía menos de metro y medio y necesitaba un inhalador para mantener a raya el asma.

   Hubo dos historias extraordinariamente conmovedoras. Celia dijo el nombre de un hombre, y su madre, su padre y su hermana subieron al podio. Me di cuenta de que la familia temblaba mientras Celia iba describiendo con detalle el terrible accidente automovilístico en el que había muerto el joven. Les dijo que se encontraba bien y que les quería, pero que no estaba solo. Otros dos jóvenes habían muerto con él en el accidente. Celia dijo dos nombres más y, en una escena surrealista, las familias de las otras dos víctimas se acercaron al podio. El padre de uno de esos chicos se quedó en pie detrás de los demás, muy rígido y algo distante; se notaba que estaba luchando por controlar sus emociones. Los demás lloraban y se abrazaban. Celia se dirigió a la mujer del hombre distante. -No te sientas tan culpable. Ahora los tres se encuentran bien

-le dijo.

   Su hijo era el que conducía el coche y, al parecer, el responsable del accidente, lo que hacía sufrir aún más a la madre.

   -Os quieren mucho -prosiguió Celia, y a continuación añadió otros muchos detalles personales.

   Entonces miró con detenimiento al hombre que se había situado rígidamente detrás de los demás. Se levantó y, aunque estaba encima de un podio, tras una mesita, y ellos seguían en el suelo, temblando, su cabeza no se levantaba mucho por encima de las demás. Quería verle con más claridad aún.

   -Tu hijo me dice que a ti aún te cuesta más aceptar todo esto, que para ti es más difícil porque eres ingeniero.

   El hombre asintió para corroborar la exactitud de esas observaciones.

   -Dice que puedes dejar de discutir por lo de la alfombra. Ya no tiene importancia.

   Al oír ese comentario, el padre se derrumbó. Abrazó a su mujer y rompió a llorar. Los demás no lo sabían, pero al parecer llevaba un tiempo discutiendo con su mujer por una alfombra de la casa. El padre insistía en que el polvo de aquella alfombra era el responsable de las alergias y de los ataques de asma de su hijo. Sin embargo, la mujer estaba convencida de que aquella alfombra que tanto le gustaba no tenía nada que ver en las alergias y el asma de su hijo, y se negaba a deshacerse de ella.

   La naturaleza sumamente personal de aquella observación traspasó el intelecto del hombre y le llegó al

corazón. Ya no podía seguir negando lo que experimentaba. Abrazó a su mujer con fuerza y sollozaron juntos; sabían que su hijo seguía vivo en espíritu, sabían que no somos nuestros cuerpos, que nunca morimos de verdad.

   Después de otras comunicaciones emotivas y precisas con el otro lado, Celia pronunció el nombre de un hombre que había muerto asesinado a tiros tres semanas antes. Su mujer y sus dos hijos, los dos médicos, avanzaron hasta el podio.

   Los mensajes que entregó Celia estaban llenos de detalles. Después describió el tiroteo y el tratamiento médico posterior. Utilizó términos médicos muy precisos e incluso se adentró en las complejidades de la física cuántica. Me pareció poco probable que Celia tuviera preparación específica en medicina o en física, y mi traductor me confirmó que no.

   Mientras el muerto transmitía su amor por su familia, los tres se abrazaban con fuerza. El proceso curativo por el que estaban pasando era palpable en toda la sala, pero Celia no había terminado. Todavía tenía que entregar un hermoso mensaje espiritual.

   -Aprecia vuestra comprensión y vuestro amor, pero también quiere que comprendáis al hombre que le disparó. No os aferréis a la rabia. Ese hombre está en un nivel inferior y todavía no comprende las leyes espirituales. Va a pagar un precio muy caro por sus actos y, sin embargo, necesita ayuda porque es ignorante.

Necesita vuestras oraciones. No comprendía lo que hacía, y por tanto no hay que juzgarle.

   Tras sesenta o setenta sesiones, Celia se tomó un descanso. Me llevaron a una sala pequeña con unas doce personas más. Celia ya estaba descansando en una silla y me presentaron como un médico famoso de Estados Unidos que escribía y daba conferencias sobre la reencarnación y otros temas espirituales. A juzgar por las preguntas que hacía sobre mi trabajo, era evidente que Celia no lo conocía ni me conocía a mÍ. Entonces me deseó todo lo mejor en mi tarea y yo elogié su capacidad. Coincidimos en que lo único que de verdad importa es el amor incondicional.

   De repente, y sin que se notara ningún cambio en su voz ni en su tono, empezó a trasmitirme mensajes.

   -Tu hijo Adam está aquí, y quiere que sepas que ya tiene el corazón bien colocado. Os vigila y protege a su hermano, Jordan, y a su hermana, que lleva el nombre del padre. Quiere mucho a su madre, Carole. [Dijo

«Caroli».] Su muerte fue importante para que tuvieras paz y serenidad más adelante, a través de tu trabajo.

   El padre y el tío de Carole, ambos muertos desde hacía muchos años, eran los únicos que pronunciaban así su nombre. Era una especie de apelativo cariñoso.

   La voz de Celia cambió ligeramente de tono y se hizo más seria.

   -Tu labor espiritual es buena; es correcta y adecuada. No te desanimes... Prosigue. Tu trabajo está ayudando en todas partes, incluso al otro lado, y seguirá aumentando todavía más.

   Mientras las palabras de Celia me llegaban a la mente y al corazón, recordé los mensajes de Catherine, diecisiete años antes, mensajes emocionantes de mi padre y de mi hijo Adam que cambiaron mi vida. Me estremecí, pasados diecisiete años.

   Era consciente de que Celia no sabía nada de mí ni de mi familia y que no había leído mis libros. Su precisión me puso la piel de gallina.

   Después de tantos años, los «milagros» siguen sorprendiéndome.

   Celia no sabía que de vez en cuando me desanimo al darme cuenta de que las exigencias del trabajo me mantienen alejado de la familia y los amigos, ya que no hay forma humana de rehusar a las muchas solicitudes de ayuda que recibo, y también por los continuos ataques de los escépticos y de los críticos. Las palabras de Celia dieron nueva vida a mi corazón y refrescaron mi alma.

   Aquellas ochocientas personas y yo estábamos compartiendo una experiencia extraordinaria. Al regresar a la sala grande, sentía la energía de paz y amor que llenaba el edificio. Hablé brevemente con las cuatro familias cuyos mensajes he descrito. Ninguno de ellos conocía a Celia ni a sus colaboradores ni había hablado con ellos antes de su intervención aquel día.

   A la mañana siguiente llamé a mi amigo para agradecerle que me hubiera llevado a ver a Celia. Me dijo que, después de que me yo hubiera ido, había hablado con ella, que le había dicho que cuando estuve en la salita con ella había muchos más espíritus esperándome. Muchos intentaban comunicarse conmigo para transmitirme mensajes, pero ella no quiso abrumarme, así que se detuvo tras el de Adam. Me sentía algo desilusionado. Quería oír y experimentar mucho más, pero lo cierto es que estaba satisfecho con lo que había

observado y escuchado durante todo el día, y mi desilusión se desvaneció rápidamente.

   Unos años antes, James van Praagh, el médium estadounidense que escribió el éxito internacional Talking to Heaven (Hablando al cielo) y que ahora ha publicado Reaching to Heaven (Tendiendo las manos al cielo) había predicho que mi trabajo llegaría a públicos cada vez más amplios. Me dijo que estaba en un período de transición a un nivel de influencia mundial aún más alto, porque e planeta necesitaba desesperadamente unal guía espiritual y una fusión de ciencia y espiritualidad.

   Mi mente escuchó aquellas predicciones, pero en el fondo no me las creí. Tenía la impresión de que había demasiada oposición y demasiado escepticismo por medio. Llevaba nueve años dejándome la piel con mis enseñanzas sobre la verdad y la realidad de la vida después de la muerte, la reencarnación y el amor divino. Durante nueve años me habían ridiculizado y se habían burlado de mí por enseñar que el amor nunca se termina, que ni nosotros ni nuestros seres queridos morimos al morir nuestros cuerpos, que seguimos existiendo y amando como espíritus, y que en caso necesario regresamos al estado físico. Sabía que estaba enseñando la verdad, pero hay muchísima gente que tiene la mente cerrada. ¿Cómo podía llegar mi trabajo a un nivel superior? ¿Y por qué entonces?

   Durante la estancia en Brasil y poco después sucedieron tres cosas que empezaron a avisarme de la posibilidad de que Celia y James tuvieran razón.

   Lo primero fue la cantidad de gente que reunieron mis charlas y talleres en Brasil, además de la gran reacción en los medios de comunicación. En cada ciudad, miles de personas abarrotaban los auditorios. Todas las entradas se agotaban. La televisión, los periódicos y las revistas informaban de todos los actos. Las firmas de libros duraban horas debido a la cantidad de gente que hacía cola pacientemente.

   Sin embargo, mi mente consiguió restar importancia a aquella enorme reacción. «Esto es Brasil», me dije. Brasil es un país de inmensa conciencia espiritual y de una gran iluminación, una tierra de una hermosura física espectacular, pero sobre todo de gente de gran belleza. Los brasileños son abiertos de miras y cariñosos, y ya han vivido su despertar espiritual. Espiritistas como Allan Kardec ya han allanado el camino.

   «Brasil es una excepción -pensé- como muchos otros países de América Latina, donde la gente habla de sus experiencias espirituales y las comparte con absoluta libertad.»

   Entonces sucedió el segundo hecho. En todos estos años he tratado en mi consulta a líderes políticos, deportistas reconocidos y a otra gente famosa. Muchos de ellos han tenido experiencias dramáticas, algunos con vidas anteriores, otros con fenómenos espirituales de otro tipo. No puedo hablar ni escribir sobre ellos porque sus visitas son confidenciales y debo respetar su intimidad. Por descontado, ellos no tienen las mismas restricciones, pero debido a su preocupación por la reacción del público, es muy poco habitual que hablen de mí, de mis libros o de nuestro trabajo en común.

   Una excepción ha sido Gloria Estefan. Esta cantante y actriz de tanto talento es también una persona de un valor físico y moral inmenso, y está muy avanzada espiritualmente. Gloria es una excelente persona y ha ayudado a la comunidad de Miami con sus buenas acciones, así que cuando habló de nuestra relación en público me emocioné, aunque no me sorprendí.

   En un artículo aparecido en una revista en junio de 1996, Gloria declaró: «Llevo toda la vida meditando, casi como una forma de autohipnosis, pero no sabía de verdad qué era hasta que, después del accidente que tuve con el autobús de la gira, un amigo me envió el libro Muchas vidas, muchos Sabios, de Brian Weiss. Me impresionó mucho y me dio mucha fuerza durante la recuperación. A menudo me apoyé en él. Siempre había sentido curiosidad por la hipnosis sin darme cuenta de que, en cierto modo, yo misma la practicaba desde hacía años. Con el tiempo conocí a Brian Weiss, que me hipnotizó utilizando el mismo método que he aplicado yo desde niña para hacer una especie de meditación interior. También rezo así.»

   Sin embargo, lo de Gloria no fue el segundo hecho al que me refería sino lo de Sylvester Stallone. Cuando yo estaba en Brasil en 1997, le contó a la prensa de Estados Unidos cómo le había ayudado a preparar el papel que había interpretado en Cop Land, su nueva película.

   Los críticos habían alabado el trabajo de Stallone en Cop Land, en la que no interpretaba un papel de héroe musculoso, sino otro que exigía mucho más desde el punto de vista dramático: un sheriff con problemas físicos que lucha contra la corrupción en una pequeña ciudad.

   Los periódicos escribieron: «Stallone también realizó una preparación interior, en gran parte porque sabía que iba a enfrentarse a [Robert] De Niro, [Harvey] Keitel y Ray Liotta.

   »"Nunca había trabajado con actores tan buenos -confiesa con cierto temor- y de repente me meten en esta tesitura y fue como pasar dos cursos del colegio de golpe. "

   »Una de las cosas que hizo fue ir a ver al doctor Brian Weiss, autor de Muchas vidas, muchos Sabios, todo un éxito de ventas. Weiss, psiquiatra de Miami que combina en su trabajo hipnosis, psicoterapia espiritual y regresión a vidas anteriores, ayudó a Stallone a conectar con algo de lo que se había olvidado.

   »"[Weiss] pensó en el valor no físico, que es el más valiente que existe: un hombre que se mete en una situación sabiendo que no hay forma de sobrevivir físicamente, pero que está dispuesto a hacerla por un ideal", afirma Stallone.

   Weiss asegura que en su reunión con Stallone no se dedicó a desenterrar vidas anteriores: "No tuvimos una relación de médico y paciente. Su personaje era un héroe can una moral y un valor espiritual muy profundos, y le preocupaba no ser capaz de expresar algo así. La impresión que tuve fue que Stallone poseía esas cualidades de forma innata; yo sólo le ayudé a eliminar cualquier posible obstáculo que le impidiera expresadas."

   »Hacía mucho tiempo que Stallone no se preparaba tan a fondo para una película, no porque no quisiera sino porque los papeles que estaba interpretando no le exigían mucho más que hacer acto de presencia, esquivar balas y colgarse de una montaña de vez en cuando.»

   El que Sylvester Stallone tuviera el valor de mencionarme públicamente supuso que millones de personas más conocieran mi trabajo.

   El tercer hecho se produjo apenas unos días después de la publicación de la entrevista con Stallone y de los mensajes de Celia. Aunque tuvo un efecto muy importante en mí, fue mucho más privado.

   El 19 de agosto de 1997 había vuelto a Miami desde Brasil. El 22 de ese mes recibí una llamada telefónica en la consulta desde el palacio de Kensington, en Londres, donde vivía la princesa Diana de Gales. La que hablaba era su ayudante personal, Jacqueline Allen.

   -A la princesa le ha encantado su libro Lazos de amor -me dijo Jacqueline-. Le ha servido de consuelo y de alivio. Le gustaría hablar con usted. ¿Tiene previsto un viaje a Inglaterra en un futuro próximo?

   -No -respondí-. No hay nada programado, pero estoy seguro de que podríamos arreglado.

   -Bueno, ahora está de vacaciones, pero le gustaría ponerse en contacto con usted cuando regrese a Inglaterra.

   -Será un placer -le contesté-. Voy a enviarle mis otros libros y unas cintas.

   Aquella misma tarde le mandamos un paquete de libros y cintas y quedé a la espera de su llamada. Admiraba su valor, su compasión y sus obras de caridad, así como la forma en que mostraba su gran amor por los enfermos de sida y otros males.

   Naturalmente, la princesa Diana no me llamó jamás. El 31 de agosto, justo antes de su regreso a Inglaterra, murió junto con Dodi al Fayed en aquel terrible accidente de tráfico en un túnel de París.

   No creo en las casualidades y estoy escribiendo estas líneas sobre la princesa Diana apenas unos días después de su muerte. Me siento muy triste, aunque sé que se encuentra bien, que su alma, llena de amor y resplandeciente, está viva, está bien, está bañada de luz y de amor al otro lado. Sin embargo, cuando la gente nos deja físicamente nos sentimos apenados.

   Creo que hay dos motivos por los que me llamaron del palacio de Kensington la semana antes de la muerte de la princesa Diana.

   Lazos de amor trata sobre las almas gemelas y sobre el amor. Habla de las personas que tienen una conexión especial que va más allá del tiempo y del espacio. Habla de personas que han estado juntas antes, en vidas anteriores o en dimensiones espirituales y que vuelven a encontrarse con sus seres queridos en esta vida. Descubren que el amor es eterno y absoluto. El amor no acaba nunca, ni siquiera con la muerte. Siempre nos sentimos amados. Nunca estamos solos. Siempre nos reencontramos con nuestros seres queridos.

   Creo que la princesa Diana sentía una conexión de alma gemela con Dodi al Fayed, y probablemente también con sus hijos y con otros seres queridos. Quizá Lazos de amor le ayudó a comprender esas fuertes conexiones.

   El otro motivo es que la gente suele tener premoniciones o intensas sensaciones intuitivas relacionadas Con los hechos importantes de su vida. Esas sensaciones suelen ser sobre muertes inminentes, bien sobre la suya o sobre la de personas cercanas. Hay muchas historias de personas que se han despedido de una u otra forma justo antes de una muerte inesperada.

   Una de mis pacientes, la joven esposa de un empresario que murió en un accidente aéreo en Colombia, que estaba embarazada, soñó repetidamente, durante todo un mes antes del suceso, que él moría al estrellarse un avión. ¿Cómo podía haber sido avisada por adelantado si se trataba realmente de un accidente casual?

   Otra de mis pacientes, una mujer de Miami cuyo hermano murió en un accidente de coche en Michigan, había empezado semanas antes de su muerte a visitar funerarias para buscar información. Quizá Diana lo sabía, a cierto nivel.

   Lazos de amor, lo mismo que Muchas vidas, muchos Sabios y A través del tiempo, no habla sólo de almas gemelas y de vidas anteriores. Trata de la verdad y del amor divino. Explica que en realidad la muerte no existe, que sólo existe la vida; que nuestras almas son eternas y nunca pueden recibir daños; que siempre volvemos a encontrarnos con nuestros seres queridos, en espíritu y en forma corporal. Son libros sobre la esperanza, no sólo porque sirven de consuelo, sino porque son ciertos. Quizás el libro consoló a la princesa Diana por la muerte de su padre. ¿Todavía sufría por eso? ¿Ese «consuelo» y ese «alivio» estaban relacionados con él?

   La princesa Diana leyó mi libro justo antes de muerte. El momento no es una coincidencia. Descubrió más cosas sobre las almas gemelas, y también sobre las almas en general. Estoy seguro de que su recepción al otro lado fue resplandeciente, con una luz brillante, una recepción desde el amor, una alegría increíble. Voy a echarla de menos. Confío en que mi libro la ayudara, aunque sólo fuera un poquito.

  La pequeña sala d reuniones estaba atestada. Había en ella cien personas pendientes de cada palabra quee pronunciaba el médium espiritual James van Praagh mientras transmitía información de los muertos. Incluso los escépticos que había entre nosotros se maravillaron ante los detalles concretos que iba haciendo llegar a todos aquellos que tantas ganas tenían de que les demostrara que sus seres queridos seguían existiendo. Las personas a las que se dirigió corroboraron su exactitud. Cuanto más íntimo era el detalle, más se sorprendían y más nos conmovíamos todos.

  Carole y yo estábamos sentados hacia la mitad de la sala. A mí me costaba comprender desde un punto de

vista intelectual cómo podía saber James todos aquellos detalles concretos. «Me los dicen», es siempre su sencilla respuesta. A mi izquierda se sentaba una mujer que aparentaba unos treinta y cinco años. James dijo un nombre de hombre, y una mujer mayor sentada al otro lado de mi vecina se puso en pie, temblorosa.

   -Es mi madre -me susurró la mujer sentada a mi izquierda.

   James le dio toda una serie de detalles a modo de confirmación a aquella señora, que debía de tener poco más de sesenta años.

   -Sí... ¡Sí, sí! -repetía una y otra vez. Tenía las manos tensas, cerradas. Y le faltaba fuerza en las piernas.

   -Te agradece que le hayas cuidado las rosas -prosiguió James-. Sabe que lo haces porque le quieres y te devuelve ese amor.

   La señora asintió. Le caían lágrimas de los ojos. -y no te preocupes por los perros -anunció James enigmáticamente, con un toque de humor.

   Su hija me aclaró:

   -Es verdad que se ocupa de las rosas del jardín de mi padre; hay algo que la empuja a hacerla. Y le preocupa muchísimo que nuestros perros pasen por allí corriendo y lo destrocen todo. ¡Esto es totalmente increíble!

   También ella tenía los ojos llorosos. Me emocionó tanto lo que estaba pasando que tuve que hacer esfuerzos para mantener cierta objetividad y distancia.

   En poco tiempo, James consiguió que todo el mundo se pusiera a llorar.

   -Te agradece que hoy hayas traído algo suyo... -James se detuvo un instante-. Es un anillo, me dice. Es su anillo, y lo has traído para tener más oportunidades de que se comunicara contigo.

   Cuando James hubo terminado, la mujer estiró el brazo izquierdo lentamente ante ella y abrió la mano que había tenido firmemente cerrada durante toda la sesión. Dentro llevaba el anillo de su esposo, del que ni siquiera yo, que estaba a dos asientos de distancia, me había percatado. Todos los presentes nos emocionamos profundamente. En el rostro de aquella mujer se dibujó una sonrisa. Sabía que su marido estaba allí, comunicándose con ella.

   -Nunca lleva ese anillo -me susurró su hija en respuesta a mi mirada de interrogación-. Lo ha traído a esta reunión pensando en que le serviría de algo... y me parece que ha acertado.

   Las lágrimas le resbalaban por las mejillas.

   Los médiums no son telépatas. Proceda de donde proceda su inspiración y sus conocimientos, no es desde luego de las mentes de sus clientes o del público. Otra escena propiciada por James van Praagh ilustra este punto.

   Un día, en el salón de baile de un hotel de Fort Lauderdale, en Florida, ante casi seiscientos asistentes, James fue «dirigido» otra vez a personas concretas del público. Acababa de ayudar a una pareja cuya hija de siete años había muerto recientemente de leucemia.

   -Os quiere y os agradece mucho que la tengáis con los juguetes, las muñecas y los unicornios.

   Aunque en aquel momento aquello no me dijo nada, la pareja reaccionó de inmediato. Con gran emoción, explicaron que su hija había sido incinerada y que conservaban la caja de las cenizas entre sus muñecas y sus juguetes. El juego de cama era el preferido de la niña y estaba estampado con unicornios.

   James no conocía a aquella pareja ni había hablado con ellos hasta aquel momento. Tampoco se dio cuenta de que la siguiente persona a la que le dirigieron era una joven que yo conocía. James acababa de llegar de California, donde vive, y no la había visto hasta entonces.

   -Tengo a David aquí... David... Es el hijo de alguien, ha muerto y está en espíritu -empezó James.

   Se levantaron varias mujeres, ya que David es un nombre bastante común, pero la chica que yo conozco se quedó sentada. No ha tenido hijos y, aunque el hermano de su marido, que se llamaba David, había muerto repentinamente dos años antes, en aquel momento la información no le pareció lo bastante concreta como para responder.

   James no parecía encontrar una conexión con ninguna de las mujeres que se habían levantado.

   -¿Quién es el piloto? -preguntó entonces-. Me está hablando de un piloto. Hay alguien con David que es piloto.

   Entonces las mujeres que estaban de pie se sentaron, pero la joven se levantó temblorosa.

   -Yo tengo a un David -anunció-. Es mi cuñado, el hermano de mi marido. y murió hace dos años. Su madre es piloto.

   James parecía contento con aquella conexión.

   -Quiere hacerle llegar su cariño a ella –añadió James.

   Entonces miró hacia arriba y a los lados, como si estuviera oyendo a alguien. Al volver a mirar a la joven, alzó la vista por encima de la cabeza de ella.

   -Veo un cuchillo rojo encima de tu cabeza -le dijo-. Me están mostrando que alguien... ha estado mirando ese cuchillo y ha pensado en limpiarlo.

   La joven no sabía nada de ningún cuchillo rojo. Ni ella ni su marido tenían ninguno. No pudo corroborar esa información.

   -Consérvalo -añadió James, que quiso decir que lo recordara de cara al futuro. Entonces pasó al siguiente

«desconocido», ya que para él todos los asistentes lo eran. Unos días después hablé con la joven.

   -No te lo vas a creer-me dijo.

   Al volver a casa, una vez terminado el taller, había llamado a su suegra, la madre de David, que vive en el campo, en Pensilvania. No le contó nada del taller ni de James, sólo le hizo una pregunta: «¿Te dice algo un cuchillo rojo?» «Tiene gracia que me lo preguntes -respondió su suegra-, porque precisamente ayer [el día antes del taller] bajé al sótano a hacer limpieza, y al mover unas cosas de pesca vi la vieja navaja suiza de David y la tomé en mi mano. Me acuerdo de que pensé que tenía que limpiarla.»

   James había sido consciente de un pensamiento de la madre de David, que el día antes del taller había recogido la navaja roja y había pensado' en limpiarla. La joven que se encontraba entre el público no sabía nada de esa navaja ni de esa idea, que había surgido en el sótano de una casa situada a m de milás quinientos kilómetros de distancia. Los detalles de navajas suizas, pilotos, unicornios, etcétera, son demasiado concretos para relegarlos a la categoría de coincidencias o generalidades.

   Todos podemos aprender a hacer lo mismo que James, como comprobará a lo largo de este libro, pero nos faltan la confianza y la práctica necesarias para darnos cuenta. Me gusta utilizar la analogía del piano cuando hablo de aprender a usar nuestras aptitudes psíquicas.

   No todo el mundo nace con el talento de un vi rtuoso del piano pero, con lecciones, con práctica y con mucho es fuerzo todos podemos aprender a tocar alguna cancioncilla. Lo mismo sucede con el desarrollo de los procesos intuitivos.

   Todos llegaremos a comprender que la sabiduría está en nuestro interior y, al ir recordando, practicando y teniendo acceso a esa sabiduría, nos convertiremos en los mejores maestros que podamos tener nosotros mismos. Llegado ese punto, encontraremos paz y alegría en el presente, porque de lo que se trata es de cómo vivimos la vida ahora, siendo espirituales, sin fijarnos en lo que nos han enseñado que tenemos que creer.

   Al ir despertando, los espíritus nos cantarán sus canciones de amor directamente al oído.

   Sentado más o menos anónimamente entre el público del programa de Maury Povich a finales de agosto de 1997, observé cómo la famosa curandera y médium británica Rosemary Altea daba detalles íntimos y concretos a toda una serie de personas que estaban sufriendo mucho por la trágica pérdida de sus seres queridos. Carole y yo estábamos de visita en Nueva York y habíamos pasado a saludar a Joni Evans, mi agente literaria, el día anterior a la grabación. Joni, que también es la agente de Rosemary, nos invitó de repente a asistir como público al programa. Rosemary no sabía que estábamos allí.

   Al igual que Celia y que James van Praagh, Rosemary, que ha escrito El águila y la rosa y El orgullo del espíritu, es sumamente dada a trasmitir mensajes del otro lado. Al objeto de utilizar sus dotes para conseguir un mundo mejor, ha fundado la Asociación de Curanderos Rosemary Altea (RAAH), una organización sin ánimo de lucro con sede en Inglaterra. Aunque ya había disfrutado de sus libros y la había visto antes por televisión, era la primera vez que la veía trabajar en persona. Hay tan pocos videntes y médiums realmente buenos y precisos en su trabajo que me aferré a aquella oportunidad.

   Por desgracia, en la televisión estadounidense todo tiene que ser una prueba. Rosemary tenía que ofrece detalles concretos sobre los seres queridos muertos de gente que ella conocía en aquel momento y de cuyas vidas no sabía nada. Todo eso en un estudio de televisión con público.

   «Menuda presión», pensé. Me pareció que debía verles en privado, sin todas aquellas distracciones. Sin embargo, me dio la impresión de que a Rosemary las, condiciones le parecían bien. Y yo sabía que a la televisión le encanta captar las reacciones espontáneas de la gente.

   Mentalmente le deseé lo mejor, a pesar de los obstáculos, sabiendo que aquello no era una evaluación científica justa de sus aptitudes.

   Rosemary superó todos aquellos obstáculos y, con una precisión sorprendente, les ofreció un dato tras otro a aquellas familias. Era palpable el consuelo, la esperanza y el alivio que recibieron. El público en pleno compartió aquella experiencia emotiva y excepcional.

   Sin que nadie lo supiera, yo conocía a dos de las personas que estaban en el escenario con Rosemary. Ralph y Kate Robinson habían asistido a uno de mis talleres un año antes, y habíamos pasado bastante tiempo hablando de la trágica muerte de su hijo, Ryan. Un amigo del chico le había matado accidentalmente de un tiro.Ryan y su amigo estaban en una fiesta con otros adolescentes y sin ningún adulto cuando encontraron una pistola rusa. Creían que no estaba cargada, ya que el seguro de ese tipo de arma en concreto permite llevar el gatillo hacia atrás y clavario. Habían apretado el gatillo muchas veces sin que se disparase ninguna bala, pero por algún motivo aquel día el seguro no estaba puesto. Había una única bala en la recámara y, en una fría noche de Octubre, poco después de haber cumplido los dieciséis años, Ryan murió de un disparo en la cabeza.

   Los Robinson se derrumbaron. Se morían de dolor.

   Yo conocía los detalles de la muerte de Ryan y muchos otros de los de su corta vida. Rosemary, que no tenía ni idea, se acercó a ellos.

   -«¡Bang!» -les gritó-. No hace más que decir ¡Bang! ».

   Incluso describió el olor que hubo en el momento de aquel terrible accidente y añadió muchos detalles más. Los padres de Ryan, los dos personas educadas, estaban claramente emocionados. Me di cuenta de que la sesión con Rosemary les ayudaría a cerrar sus heridas, más que lo que yo podía hacer por ellos.

   Unos días después, Ralph me escribió una carta:

Bueno, o el equipo del programa le iba dando información a Rosemary sobre nuestra tragedia, o esta mujer

es realmente fantástica. Se comportó de maravilla con todos nosotros. Entró en la sala de espera antes del programa para conectar con cada uno de nosotros y explicamos cómo trabajaba. Después del programa volvió a pasar un rato con nuestro grupo para asegurarse de que todo el mundo se sentía bien. [...] Resumiendo, fue una experiencia muy gratificante y los dos nos alegramos mucho de haber participado.

  La muerte de Ryan y sus experiencias posteriores han aportado un tremendo crecimiento espiritual a los Robinson, que han trabajado en proyectos destinados a ayudar a Compassionate Friends, una organización que apoya en todo Estados Unidos a familias que han perdido a alguien.

  Para mí, las casualidades no existen. Los Robinson se han dedicado a dar mucho a los demás, y aquel día Rosemary pudo devolverles algo. Y yo, una especie de común denominador, pude ser testigo de todo el proceso.

  En su carta Ralph incluía un poema escrito por su hijo. «No sabía que escribía poesía hasta que descubrimos sus diarios, después de su muerte», me contó.

Sigue el viento,

sigue el viento

hasta otros lados

que te reclaman.

¿Puedes captar

la vida que aún

 está por vivir?

Esa alma manchada

  puede limpiarse

con tiempo y con fe.

RYAN J. ROBINSON

 

 En otra carta, Ralph me escribió: «He aprendido lo importante que es decide a la gente que la quieres, porque el mañana no es más que un concepto mental.» Durante aquel mismo programa, Rosemary hizo una observación profunda sobre la importancia de escuchar. Nos dijo que nos dedicamos a pedir, pedir y pedir mensajes, signos, comunicación, y sin embargo muy pocas veces destinamos tiempo a escuchar. ¿Cómo podemos oír si no escuchamos? y lo cierto es que escuchar lleva su tiempo. Hay que tener paciencia, y un cuidado especial para escuchar los mensajes de las «coincidencias».

  Es muy humano querer signos ya Il!ismo, desear mensajes de inmediato. Sin embargo, para escuchar hay que saber hacedo, y para hacerlo hay que dedicar tiempo a aprender cómo se hace.

  Si practica el silencio, el viaje interior, si se da tiempo para escuchar y crea el espacio para escuchar, será capaz de oír. Será capaz de ver los signos y de recibir los mensajes. Al mismo tiempo, desarrollará el arte de la paciencia.

 
 
 
 
 
 
 

Buscador interno de El Místico

              Consulta de búsqueda