Llama Violeta

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MENSAJES EXTRAORDINARIOS

Los Mensajes de los Sabios

CAPITULO 13

Brian Weiss

 

   En este planeta se permite que algunas almas se manifiesten a las personas que siguen estando en forma física. Se les autoriza a regresar... En este plano se acepta la intercomunicación. Aquí es donde se deja utilizar los poderes psíquicos para comunicarse con personas que están en forma física. Hay muchas formas de hacerlo. Algunos reciben el poder de la vista y pueden mostrarse a las personas físicas. Otros tienen el poder del movimiento y son capaces de mover objetos telepáticamente. Muchas personas eligen venir porque se les permite ver a seres muy queridos que todavía están en forma física.

 

Char, excelente vidente y médium, le hizo una lectura a Amy, mi hija adolescente. El día antes, Carole y yo habíamos asistido al entierro del abuelo de David, un gran amigo de Amy. Mi hija le conocía como Buzzy, que era su apodo.

  -Tengo un mensaje para alguien que se llama David -le dijo Char-. Es de su abuelo, de Howard... o Harold.

  Continuó con una precisión pasmosa. Amy ni siquiera sabía que el verdadero nombre de Buzzy era Howard.

  -Diles que les quiere y que se encuentra bien. Está con Max y Sam.

  Ninguno de nosotros conocía a Max ni a Sam. Al día siguiente nos enteramos de que Sam era el padre de Buzzy, y Max, un gran amigo suyo que había sido su socio durante veinticinco años.

  No morimos cuando muere nuestro cuerpo físico. Una parte de nosotros sigue existiendo. Espíritu, alma, conciencia. Es como atravesar un umbral para entrar en otra habitación mayor, con más luz, maravillosa. Por eso no tenemos que temer. Siempre nos rodea el amor. Nuestros seres queridos no nos abandonan nunca. Todos somos almas hermosas e inmortales. Estamos en un cuerpo durante un tiempo, pero nuestra esencia no es ese cuerpo.

   Cuando mis pacientes u otras personas reciben mensajes de seres queridos que han muerto, los recados tienen un parecido increíble. Pueden recibirlos en regresiones, en sueños, a través de médium s o por cualquier otro sistema, pero siempre hay un tema común.

   «Te quiero. Me encuentro bien. Cuídate y no sufras tanto por mí.»

   Siempre nos dicen que no lloremos por ellos, saben algo que nosotros hemos olvidado.

   Son inmortales, lo mismo que nosotros.

   Una de las experiencias más importantes de mi vida sucedió cuando recibí un mensaje extraordinario durante una regresión con Catherine. Se lo cuento para que conozcan un momento que cambió mi vida para siempre. La tragedia más terrible de mi existencia había sido la muerte repentina de nuestro primer hijo, Adam, cuando sólo tenía tres semanas, en 1971. Unos diez días después de llevárnoslo del hospital a casa había empezado a tener problemas respiratorios y vómitos explosivos. El diagnóstico fue muy difícil. «Drenaje venoso pulmonar anómalo total con efecto septal atrial -nos dijeron-. Se da aproximadamente en uno de cada diez millones de nacimientos.» Las venas pulmonares, que en teoría tienen que llevar sangre oxigenada hasta el corazó11, estaban mal encaminadas y entraban en el corazón por el otro lado. Era como si tuviera el corazón girado, del revés, algo muy, muy poco habitual.

   Ni una operación heroica a corazón abierto pudo salvar a Adam, que murió pocos días después. Lo lloramos durante meses, con nuestras esperanzas y nuestros sueños destrozados. Un año después nació nuestro hijo Jordan, que fue un bálsamo para nuestras heridas. En el momento de la muerte de Adam empecé a dudar de la elección profesional que había hecho al

decantarme por la psiquiatría. Estaba contento con el internado que hacía y me habían ofrecido un puesto de residente en medicina general.

   Tras la muerte de Adam decidí firmemente hacer de la psiquiatría mi profesión. Me enfurecía comprobar que la medicina moderna, con todos sus conocimientos y sus técnicas tan avanzadas, no hubiera podido salvar a mi hijo, a aquel bebé.

   Por otro lado, mi padre había disfrutado de una salud excelente hasta que tuvo un infarto grave a principios de 1979, a los sesenta y un años. Sobrevivió al primer ataque, pero le quedó la pared cardiaca dañada irreparablemente y murió tres días después. Eso sucedió unos nueve meses antes de mi primera sesión con Catherine.

   Mi padre era un hombre religioso, más ritualista que espiritual. Su nombre hebreo, Avrom, le quedaba mejor que el inglés, Alvin. Cuatro meses después de su muerte nació nuestra hija, a la que pusimos Amy en memoria de su abuelo.

   Y entonces, en 1982, estando en mi consulta, tranquila y oscura, empezó a caerme encima una cascada ensordecedora de verdades oscuras, secretas. Nadaba en un mar espiritual y el agua me encantaba. Sentía la piel de gallina en los brazos. Catherine no podía en modo alguno conocer esa información. Ni siquiera había dónde buscada. El nombre hebreo de mi padre, el hecho de que mi hijo hubiera muerto al poco de nacer a consecuencia de un defecto cardíaco que se da en un bebé de cada diez millones, mis cavilaciones sobre la medicina, la muerte de mi padre y el porqué del nombre de mi hija... Eran demasiadas cosas, demasiado concretas, demasiado ciertas. Aquella sencilla técnica de laboratorio servía de conducto para un conocimiento trascendental. Y si podía revelar esas verdades, ¿qué más había por descubrir? Decidí que tenía que saber más cosas.

   -¿Quién? -farfullé-. ¿Quién hay ahí? ¿Quién te dice esas cosas?

   -Los Sabios -susurró-. Me lo dicen los espíritus sabios. Me dicen que he vivido ochenta y seis veces en estado físico.

   La respiración de Catherine se hizo más lenta y dejó de girar la cabeza de un lado a otro. Estaba descansando. Yo quería seguir, pero pensar en las consecuencias de lo que había dicho me distraía. ¿De verdad había vivido ochenta y seis vidas anteriormente? ¿Y qué había de esos «Sabios»? ¿Era posible que unos espíritus guiaran nuestras vi das?

   El mensaje sobre mi padre y mi hijo me abrió la mente a la posibilidad de la eternidad y de los fenómenos paranormales. Tras esas y las subsiguientes experiencias con otros pacientes, mis valores se acercaron más a lo espiritual y se alejaron de lo material, se acercaron a la gente y las relaciones y se alejaron de la acumulación de cosas. Me volví más consciente de qué nos llevamos con nosotros y qué no. En realidad, antes de aquellas experiencias ni siquiera creía que una parte de nosotros sobreviviera a la muerte física.

   En mis viajes por Brasil, un país avanzado espiritualmente, he conocido a muchas personas con aptitudes e iluminadas. En concreto, una médium llamada Celia me impresionó mucho.

   Un amigo me llevó de forma espontánea a una sesión de grupo que dirigía Celia en una zona de gente trabajadora de Río de Janeiro. Ella no sabía nada ni de mí ni de mis libros y sólo hablaba portugués, por lo que mi amigo actuó de intérprete.

   Me senté en las primeras filas del auditorio. La gente había escrito nombres en trocitos de papel y luego los había ido poniendo en una cesta. Celia tomó esos papeles, los revolvió y, sin mirar, dijo en voz alta algunos nombres. La gente, al reconocer los de sus seres queridos ya fallecidos, se acercaba al pequeño podio en el que se había sentado Celia. A veces subían individuos o parejas, a veces familias enteras.

   La emoción de sus rostros, reflejada en su lenguaje corporal, era genuina y espontánea. Entre el público había más de ochocientas personas de todas clases sociales. Nadie sabía si le iban a llamar.

   Pocas veces he visto a alguien trabajar tan rápido como Celia. De su boca fue manando un torrente de nombres exactos, descripciones de características físicas y rasgos de personalidad, una especie de cascada de datos. No sólo sabía cómo había muerto la gente, sino que además estaba al tanto de detalles privados y confidenciales de la vida de la persona fallecida, detalles que para las familias fueron sumamente reconfortantes. Sus palabras surgían con una fuerza que contrastaba con su cuerpo, pequeño y frágil, de una mujer de sesenta y cinco o setenta años. Medía menos de metro y medio y necesitaba un inhalador para mantener a raya el asma.

   Hubo dos historias extraordinariamente conmovedoras. Celia dijo el nombre de un hombre, y su madre, su padre y su hermana subieron al podio. Me di cuenta de que la familia temblaba mientras Celia iba describiendo con detalle el terrible accidente automovilístico en el que había muerto el joven. Les dijo que se encontraba bien y que les quería, pero que no estaba solo. Otros dos jóvenes habían muerto con él en el accidente. Celia dijo dos nombres más y, en una escena surrealista, las familias de las otras dos víctimas se acercaron al podio. El padre de uno de esos chicos se quedó en pie detrás de los demás, muy rígido y algo distante; se notaba que estaba luchando por controlar sus emociones. Los demás lloraban y se abrazaban. Celia se dirigió a la mujer del hombre distante. -No te sientas tan culpable. Ahora los tres se encuentran bien

-le dijo.

   Su hijo era el que conducía el coche y, al parecer, el responsable del accidente, lo que hacía sufrir aún más a la madre.

   -Os quieren mucho -prosiguió Celia, y a continuación añadió otros muchos detalles personales.

   Entonces miró con detenimiento al hombre que se había situado rígidamente detrás de los demás. Se levantó y, aunque estaba encima de un podio, tras una mesita, y ellos seguían en el suelo, temblando, su cabeza no se levantaba mucho por encima de las demás. Quería verle con más claridad aún.

   -Tu hijo me dice que a ti aún te cuesta más aceptar todo esto, que para ti es más difícil porque eres ingeniero.

   El hombre asintió para corroborar la exactitud de esas observaciones.

   -Dice que puedes dejar de discutir por lo de la alfombra. Ya no tiene importancia.

   Al oír ese comentario, el padre se derrumbó. Abrazó a su mujer y rompió a llorar. Los demás no lo sabían, pero al parecer llevaba un tiempo discutiendo con su mujer por una alfombra de la casa. El padre insistía en que el polvo de aquella alfombra era el responsable de las alergias y de los ataques de asma de su hijo. Sin embargo, la mujer estaba convencida de que aquella alfombra que tanto le gustaba no tenía nada que ver en las alergias y el asma de su hijo, y se negaba a deshacerse de ella.

   La naturaleza sumamente personal de aquella observación traspasó el intelecto del hombre y le llegó al

corazón. Ya no podía seguir negando lo que experimentaba. Abrazó a su mujer con fuerza y sollozaron juntos; sabían que su hijo seguía vivo en espíritu, sabían que no somos nuestros cuerpos, que nunca morimos de verdad.

   Después de otras comunicaciones emotivas y precisas con el otro lado, Celia pronunció el nombre de un hombre que había muerto asesinado a tiros tres semanas antes. Su mujer y sus dos hijos, los dos médicos, avanzaron hasta el podio.

   Los mensajes que entregó Celia estaban llenos de detalles. Después describió el tiroteo y el tratamiento médico posterior. Utilizó términos médicos muy precisos e incluso se adentró en las complejidades de la física cuántica. Me pareció poco probable que Celia tuviera preparación específica en medicina o en física, y mi traductor me confirmó que no.

   Mientras el muerto transmitía su amor por su familia, los tres se abrazaban con fuerza. El proceso curativo por el que estaban pasando era palpable en toda la sala, pero Celia no había terminado. Todavía tenía que entregar un hermoso mensaje espiritual.

   -Aprecia vuestra comprensión y vuestro amor, pero también quiere que comprendáis al hombre que le disparó. No os aferréis a la rabia. Ese hombre está en un nivel inferior y todavía no comprende las leyes espirituales. Va a pagar un precio muy caro por sus actos y, sin embargo, necesita ayuda porque es ignorante.

Necesita vuestras oraciones. No comprendía lo que hacía, y por tanto no hay que juzgarle.

   Tras sesenta o setenta sesiones, Celia se tomó un descanso. Me llevaron a una sala pequeña con unas doce personas más. Celia ya estaba descansando en una silla y me presentaron como un médico famoso de Estados Unidos que escribía y daba conferencias sobre la reencarnación y otros temas espirituales. A juzgar por las preguntas que hacía sobre mi trabajo, era evidente que Celia no lo conocía ni me conocía a mÍ. Entonces me deseó todo lo mejor en mi tarea y yo elogié su capacidad. Coincidimos en que lo único que de verdad importa es el amor incondicional.

   De repente, y sin que se notara ningún cambio en su voz ni en su tono, empezó a trasmitirme mensajes.

   -Tu hijo Adam está aquí, y quiere que sepas que ya tiene el corazón bien colocado. Os vigila y protege a su hermano, Jordan, y a su hermana, que lleva el nombre del padre. Quiere mucho a su madre, Carole. [Dijo

«Caroli».] Su muerte fue importante para que tuvieras paz y serenidad más adelante, a través de tu trabajo.

   El padre y el tío de Carole, ambos muertos desde hacía muchos años, eran los únicos que pronunciaban así su nombre. Era una especie de apelativo cariñoso.

   La voz de Celia cambió ligeramente de tono y se hizo más seria.

   -Tu labor espiritual es buena; es correcta y adecuada. No te desanimes... Prosigue. Tu trabajo está ayudando en todas partes, incluso al otro lado, y seguirá aumentando todavía más.

   Mientras las palabras de Celia me llegaban a la mente y al corazón, recordé los mensajes de Catherine, diecisiete años antes, mensajes emocionantes de mi padre y de mi hijo Adam que cambiaron mi vida. Me estremecí, pasados diecisiete años.

   Era consciente de que Celia no sabía nada de mí ni de mi familia y que no había leído mis libros. Su precisión me puso la piel de gallina.

   Después de tantos años, los «milagros» siguen sorprendiéndome.

   Celia no sabía que de vez en cuando me desanimo al darme cuenta de que las exigencias del trabajo me mantienen alejado de la familia y los amigos, ya que no hay forma humana de rehusar a las muchas solicitudes de ayuda que recibo, y también por los continuos ataques de los escépticos y de los críticos. Las palabras de Celia dieron nueva vida a mi corazón y refrescaron mi alma.

   Aquellas ochocientas personas y yo estábamos compartiendo una experiencia extraordinaria. Al regresar a la sala grande, sentía la energía de paz y amor que llenaba el edificio. Hablé brevemente con las cuatro familias cuyos mensajes he descrito. Ninguno de ellos conocía a Celia ni a sus colaboradores ni había hablado con ellos antes de su intervención aquel día.

   A la mañana siguiente llamé a mi amigo para agradecerle que me hubiera llevado a ver a Celia. Me dijo que, después de que me yo hubiera ido, había hablado con ella, que le había dicho que cuando estuve en la salita con ella había muchos más espíritus esperándome. Muchos intentaban comunicarse conmigo para transmitirme mensajes, pero ella no quiso abrumarme, así que se detuvo tras el de Adam. Me sentía algo desilusionado. Quería oír y experimentar mucho más, pero lo cierto es que estaba satis