EL HOMBRE QUE «PENSÓ» EN LA MANERA DE ASOCIARSE CON THOMAS A. EDISON
Los pensamientos son cosas
Desde luego, «los pensamientos son cosas», cosas muy poderosas cuando se
combinan con la exactitud del propósito, la perseverancia y un imperioso deseo
de convertirlas en riqueza, o en otros objetos materiales.
Hace algunos años, Edwin C. Barnes descubrió lo cierto que es que los hombres
realmente piensan y se hacen ricos. Su descubrimiento no surgió de pronto, sino
que fue apareciendo poco a poco, empezando por un ferviente deseo de llegar a
ser socio del gran Edison.
Una de las características principales del deseo de Barnes es que era preciso.
Quería trabajar con Edison, no para él. Observe con detenimiento la descripción
de cómo fue convirtiendo su deseo en realidad, y tendrá una mejor comprensión
de los principios que conducen a la riqueza.
Cuando apareció por primera vez en su mente, Barnes no estaba en posición de
actuar según ese deseo, o impulso del pensamiento. Dos obstáculos se interponían
en su camino. No conocía a Edison, y no tenía bastante dinero para pagarse el
pasaje en tren hasta Orange, New jersey.
Estas dificultades hubieran bastado para desanimar a la mayoría de los hombres
en el intento de llevar a cabo el deseo. ¡Pero el suyo no era un deseo
ordinario!
EL INVENTOR Y EL VAGABUNDO
Barnes se presentó en el laboratorio de Edison, y anunció que había ido a hacer
negocios con el inventor. Hablando de su primer encuentro con Barnes, Edison
comentaba años más tarde: «Estaba de pie ante mí, con la apariencia de un
vagabundo,
pero había algo en su expresión que transmitía el efecto de que estaba decidido
a conseguir lo que se había propuesto. Yo
había aprendido, tras años de experiencia, que cuando un hombre desea algo tan
imperiosamente que está dispuesto a apostar todo su futuro a una sola carta para
conseguirlo, tiene asegurado el triunfo. Le di la oportunidad que me pedía,
porque vi que él estaba decidido a no ceder hasta obtener el éxito. Los
hechos posteriores demostraron que no hubo error».
No
podía haber sido el aspecto del joven lo que le proporcionara su comienzo en el
despacho de Edison, ya que ello estaba definitivamente en su contra. Lo
importante era lo que él
pensaba.
Barnes no consiguió su asociación con Edison en su primera entrevista. Obtuvo la
oportunidad de trabajar en el despacho de Edison, por un salario
insignificante.
Transcurrieron los meses. En apariencia, nada había sucedido que se aproximase
al codiciado objetivo que Barnes tenía en mente como su
propósito inicial y preciso. Pero
algo importante estaba sucediendo en los pensamientos de Barnes. Intensificaba
constantemente su deseo de convertirse en socio de Edison.
Los psicólogos han afirmado, con todo acierto, que «cuando uno está realmente
preparado para algo, aparece». Barnes se hallaba listo para asociarse con Edison;
además, estaba decidido a seguir así hasta conseguir lo que buscaba.
No se decía a sí mismo: «Vaya, no hay manera. Supongo que acabaré por cambiar de
idea y probaré un trabajo de vendedor». En vez de eso, se decía:
«He venido aquí a asociarme con Edison,
y eso es lo que haré aunque me lleve el resto de la vida». ¡Estaba convencido
de ello! ¡Qué historia tan diferente contarían los hombres si adoptaran un
propósito definido, y mantuvieran ese propósito hasta que el tiempo lo
convirtiese en una obsesión obstinada!
Quizás el joven Barnes no lo supiera en aquel entonces, pero su determinación
inconmovible, su perseverancia en mantenerse firme en su único deseo, estaba
destinada a acabar con todos los obstáculos, y a darle la oportunidad que
buscaba.
LOS INESPERADOS DISFRACES DE LA OPORTUNIDAD
Cuando la oportunidad surgió, apareció con una forma diferente y desde una
dirección distinta de las que Barnes había esperado. Ése es uno de los
caprichos de la oportunidad. Tiene el curioso hábito de aparecer por la puerta
de atrás, y a menudo viene disimulada con la forma del infortunio, o de la
frustración temporal. Tal vez por eso hay tanta gente que no consigue
reconocerla.
Edison acababa de perfeccionar un nuevo invento, conocido en aquella época como
la Máquina de Dictar de Edison. Sus vendedores no mostraron entusiasmo por
aquel aparato. No confiaban en que se pudiera vender sin grandes esfuerzos.
Barnes vio su oportunidad, que había surgido discretamente, oculta en un
máquina estrambótica que no interesaba más que a Barnes y al inventor.
Barnes supo que podría vender la máquina de dictar de Edison. Se lo sugirió a
éste, y, de inmediato, obtuvo su oportunidad. Vendió la máquina. En realidad,
lo hizo con tanto éxito que Edison le dio un contrato para distribuirla y
venderla por toda la nación. A partir de aquella asociación, Barnes se hizo
rico, pero también consiguió algo mucho más importante: demostró que uno,
realmente, puede «pensar y hacerse rico».
No
tengo forma de saber cuánto dinero en efectivo reportó a Barnes su deseo. Tal
vez fueran dos o tres millones de dólares, pero la cantidad, cualquiera que sea,
se torna insignificante cuando se la compara con la posesión que adquirió en
forma de conocimiento definido de que
un impulso intangible se puede transmutar en ganancias materiales
mediante la aplicación de principios conocidos.
¡Barnes
literalmente se
pensó en
asociación con el gran Edison! Se pensó dueño de una fortuna. No tenía nada con
qué empezar, excepto la capacidad de saber lo que deseaba, y la determinación de
mantenerse fiel a ese deseo hasta haberlo realizado.
A UN METRO DEL ORO
Una
de las causas más comunes del fracaso es el hábito de abandonar cuando uno se ve
presa de una
frustración temporal. Todos
son culpables de este error en un momento u otro.
Un
tío de R. V. Darby fue presa de «la fiebre del oro» en los días en que era una
fiebre endémica, y se fue al Oeste a cavar para hacerse rico. No
sabía que se ha sacado más oro de los pensamientos de los hombres que de la
tierra.
Obtuvo una licencia y se fue a trabajar con el pico y la pala.
Después de varios meses de trabajo obtuvo la recompensa de descubrir una veta
de mineral brillante. Necesitaba maquinaria para extraer el mineral. Con
discreción, cubrió la mina, volvió sobre sus pasos a su hogar en Williamsburg,
Maryland, y les habló a sus parientes y a algunos vecinos del «hallazgo». Todos
reunieron el dinero necesario para la maquinaria, y la enviaron a la mina.
Darby y su tío volvieron a trabajar en ella.
Extrajeron el primer carro de mineral y lo enviaron a un fundidor. ¡Las
utilidades demostraron que poseían una de las minas más ricas de Colorado!
Con unos pocos carros más de mineral saldarían todas las deudas. Entonces
empezarían a ganar dinero en grande.
¡Hacia abajo fueron los taladros! ¡Muy alto llegaron las esperanzas de Darby y
de su tío! Entonces sucedió algo. ¡El filón de mineral brillante desapareció!
Habían llegado al final del arco iris, y la olla de oro no estaba allí.
Perforaron en un desesperado intento para volver a encontrar la veta, pero fue
en vano.
Finalmente, decidieron abandonar.
Vendieron la maquinaria a un chatarrero por unos pocos centenares de dólares, y
tomaron el tren de vuelta a casa. El chatarrero llamó a un ingeniero de minas
para que mirara la mina e hiciera una prospección. El ingeniero le informó de
que el proyecto había fracasado porque los dueños no estaban familiarizados con
las «vetas falsas». Sus cálculos indicaban que la veta reaparecería ¡a
un metro de donde los Darby habían dejado de perforar! ¡Allí
fue precisamente donde fue encontrada!
El chatarrero extrajo millones de dólares en mineral de aquella mina porque
supo buscar el asesoramiento de un experto antes de darse por vencido.
«NUNCA ME DETENDRÉ PORQUE ME DIGAN "NO"»
Mucho
tiempo después, Darby se resarció sobradamente de su pérdida,
cuando descubrió que
el deseo se puede transmutar en oro. Eso le ocurrió después de que ingresara
en el negocio de la venta de seguros de vida.
Recordando que había perdido una inmensa fortuna por haber dejado de perforar a
un metro del oro, Darby aprovechó esa experiencia en el trabajo que había
elegido, con el sencillo método de decirse a sí mismo: «Me detuve a un metro del
oro, pero nunca me detendré
porque me digan "no"
cuando yo trate de venderles un seguro».
Darby se convirtió en uno de los pocos hombres que venden un millón de dólares
anuales en seguros. Su tenacidad se la debía a la lección que había aprendido
de su deserción en el negocio de la mina de oro.
Antes de que el éxito aparezca en la vida de cualquier hombre, es seguro que
éste se encontrará con muchas frustraciones temporales, y tal vez con algún
fracaso. Cuando la frustración se adueña del hombre, lo más fácil y más lógico
que puede hacer es abandonar. Eso es lo que la mayoría de los hombres hace.
Más de quinientos de los hombres más prósperos que han conocido los Estados
Unidos le han dicho al autor que sus mayores éxitos surgieron un paso más allá
del punto en que la frustración se había apoderado de ellos. El fracaso es un
embustero con un mordaz sentido de la ironía y la malicia. Se deleita en
hacernos tropezar cuando el éxito está casi a nuestro alcance.
UNA LECCIÓN DE PERSEVERANCIA DE CINCUENTA CENTAVOS
Poco después de que Darby se doctorase en la «Universidad de los Porrazos», y
decidiera aprovechar su experiencia en el asunto de la mina de oro, tuvo la
buena fortuna de estar presente en una ocasión que le demostró que «No» está
muy lejos de no. Una tarde ayudaba a su tío a moler trigo en un viejo molino.
Éste dirigía una granja grande, donde vivían cierto número de granjeros
arrendatarios de color. La puerta se abrió silenciosamente, y una niña, hija de
uno de los arrendatarios, entró y se situó junto a la puerta.
El tío levantó la vista, miró a la niña y gritó con aspereza:
-¿Quéquieres?
-Mi mamá dice que le mande cincuenta centavos -respondió, humilde, la niña.
-Ni hablar -replicó el tío-, y ahora vete a tu casa.
-Sí,
señor -dijo la niña, pero no
se movió.
El tío siguió con su trabajo, tan ocupado que no prestó atención a la niña y no
se dio cuenta de que no se había marchado. Cuando volvió a levantar la mirada y
la vio allí parada, gritó:
- ¡He dicho que te vayas a tu casa! Ahora, márchate o te daré una paliza.
-Sí,
señor -dijo la niña,
pero siguió inmóvil.
El tío dejó un saco de grano que estaba por echar en la tolva del molino, cogió
una duela de barril y empezó a acercarse a la niña con una expresión poco
tranquilizadora.
Darby contuvo el aliento. Estaba seguro de hallarse a punto de presenciar una
paliza. Sabía que su tío tenía un temperamento terrible.
Cuando su tío llegó donde estaba la niña, ella dio un rápido paso al frente, le
miró a los ojos, y gritó con todas sus fuerzas:
- ¡Mi mamá necesita esos cincuenta centavos! El tío se detuvo, la miró unos
instantes, y luego dejó lentamente la duela de barril a un lado, se metió la
mano en el bolsillo, sacó medio dólar y se lo dio a la niña.
Ella cogió el dinero y se encaminó despacio hacia la puerta, sin quitar los
ojos del hombre al que acababa de vencer. Después de que la niña se hubo
marchado, el tío se sentó en una caja y permaneció mirando por la ventana
durante más de diez minutos. Estaba reflexionando, sorprendido, sobre la
derrota que acababa de sufrir.
Darby también se hallaba pensativo. Ésa era la primera vez en su vida que había
visto a una criatura de color dominar a un blanco adulto. ¿Cómo lo había hecho?
¿Qué le había ocurrido a su tío para que perdiera su ferocidad y se volviera tan
dócil como un cordero? ¿Qué extraño poder había empleado esa niña para hacerse
dueña de la situación? Estas y otras preguntas similares destellaban en la mente
de Darby, pero no halló las respuestas hasta muchos años después, cuando me
relató la historia.
Curiosamente, el relato de esa inusual experiencia la escuché en el viejo
molino; el mismo sitio donde su tío recibió esa lección.
EL EXTRAÑO PODER DE UNA NIÑA
En aquel viejo molino polvoriento, el señor Darby me relató la historia del
extraño triunfo, y terminó preguntándome:
-¿Cómo entiende esto? ¿Qué extraño poder tenía esa niña, para dominar por
completo a mi tío? La respuesta a esa pregunta la encontrará en los principios
que se describen en este libro. La respuesta es categórica y completa. Contiene
detalles e instrucciones suficientes para que cualquiera comprenda y aplique la
misma fuerza con la que ella se encontró de forma accidental.
Manténgase alerta, y observará el extraño poder que acudió en ayuda de la niña.
Tendrá un atisbo de ese poder en el próximo capítulo. En alguna parte del libro
encontrará una idea que aguzará sus poderes receptivos, y pondrá a su alcance,
para su propio beneficio, ese mismo poder irresistible. La comprensión de él
puede aparecer ante usted en el primer capítulo, o tal vez surja en su
conciencia más adelante. Puede presentarse en forma de una sola idea. O quizá
la encuentre en la naturaleza de un plan, o en un propósito. Una vez más, puede
hacerle volver sobre sus pasadas experiencias de frustración o de fracaso,
para aportar alguna lección mediante la cual usted recupere todo lo que había
perdido en su fracaso.
Después de haberle explicado al señor Darby el poder que la niña de color había
empleado quizá sin saberlo, él repasó en seguida sus treinta años de
experiencia en la venta de seguros de vida, y estuvo francamente de acuerdo en
que su éxito en ese campo se debía, en gran parte, a la lección que había
aprendido de la pequeña.
El señor Darby señaló:
-Cada vez que un posible comprador trataba de deshacerse de mí, sin hacerse el
seguro, yo visualizaba a la niña, parada en el viejo molino, con sus ojazos
desafiantes, y me decía a mí mismo: «Tengo que conseguir esta venta». La mejor
parte de las ventas que he hecho han sido a gente que me había dicho «No».
El señor Darby también recordó su error al haberse detenido a un metro escaso
del oro.
-Pero esa experiencia fue una bendición encubierta. Me enseñó a seguir
insistiendo sin que importasen las dificultades, y fue una lección que
necesité aprender antes de poder tener éxito en cualquier campo.
Esta historia del señor Darby y de su tío, de la niña y de la mina de oro, sin
duda la leerán centenares de hombres que se ganan la vida vendiendo seguros de
vida, y el autor desea ofrecer a todos ellos la sugerencia de que Darby le debe
a esas dos experiencias su capacidad para vender más de un millón de dólares
anuales en seguros de vida.
Las experiencias del señor Darby fueron bastante comunes y triviales, y, sin
embargo, contienen la respuesta de su destino en la vida; por lo tanto fue ron
tan importantes (para él) como su propia vida. Sacó provecho de ellas porque las
analizó, y supo ver lo que le enseñaban. Pero ¿qué hay del hombre que no tiene
el tiempo ni la inclinación para estudiar el fracaso en busca del conocimiento
que pueda conducirlo al éxito? ¿Dónde y cómo va a aprender el arte de convertir
los fallos en escalones hacia la oportunidad?
Para responder a esas preguntas se ha escrito este libro.
TODO LO QUE USTED NECESITA ES UNA BUENA IDEA
La
respuesta se expone en una descripción de trece principios, pero recuerde, a
medida que vaya leyendo, que la respuesta que quizás usted está buscando a las
preguntas que le han hecho reflexionar en los misterios de la vida, puede
encontrarla
en usted
mismo, a través de alguna idea, plan o propósito que tal vez surja en su cerebro
durante la lectura.
Una buena idea es todo lo que se necesita para alcanzar el éxito. Los principios
descritos en este libro contienen medios y maneras de crear ideas útiles.
Antes de seguir adelante con nuestro enfoque para describir esos principios,
creemos que merece la pena recibir esta importante sugerencia:
Cuando las riquezas empiezan a aparecer, lo hacen con tanta rapidez, y en tal
abundancia, que
uno se pregunta dónde habían estado escondidas durante todos esos años de
necesidad.
Ésta es una afirmación sorprendente, y tanto más si tenemos en cuenta la
creencia popular de que la riqueza premia sólo a quienes trabajan mucho durante
mucho tiempo.
Cuando usted comience a pensar y a hacerse rico, observará que la riqueza
empieza a partir de un estado mental, con un propósito definido, con poco
trabajo duro, o sin ninguno. Usted, o cualquier otra persona, puede estar
interesado en saber cómo adquirir ese estado mental que atraerá la riqueza. He
pasado veinticinco años investigando porque también yo quería saber «cómo los
ricos llegan a ser ricos».
Observe con mucha atención, tan pronto como domine los principios de esta manera
de pensar, y empiece a seguir las instrucciones para aplicar esos principios,
que su nivel económico empezará a crecer, y que todo lo que usted toque
comenzará a transmutarse en haberes de su propio beneficio. ¿Imposible? ¡De
ninguna manera!
Una
de las mayores debilidades de la especie humana es la típica familiaridad del
hombre con la palabra «imposible». Él conoce todas las reglas que no darán
resultado. Sabe todas las cosas que no se pueden hacer. Este libro se escribió
para quienes buscan las reglas que han hecho de otros personas de provecho, y
están dispuestos a
jugárselo todo con
esas reglas.
El fracaso asola a aquellos que se resignan a él con indiferencia.
El objeto de este libro es ayudar a todo el que quiera aprender el arte de
cambiar de enfoque: del fracaso al éxito.
Otra debilidad que se encuentra en conjunto en demasiadas personas es el hábito
de medirlo todo, y a todos, por sus propias impresiones y creencias.
Quienes lean esto creerán que jamás podrán pensar y hacerse ricos, porque sus
hábitos de pensamiento se han empantanado en la pobreza, el deseo, la miseria,
los errores y el fracaso.
Estas personas desafortunadas me recuerdan a un chino distinguido, que fue a
Estados Unidos a recibir una educación americana. Acudía a la Universidad de
Chicago. Un día, el presidente Harper se encontró con ese joven oriental en el
campus, se detuvo a charlar con él unos minutos, y le preguntó qué le había
impresionado como la característica más notable del pueblo estadounidense.
-Bueno -replicó el estudiante-, la extraña forma de sus ojos. ¡Tienen unos ojos
rarísimos! ¿Qué decimos nosotros de los chinos?
Nos negamos a creer lo que no entendemos. Pensamos tontamente que nuestras
propias limitaciones son el patrón adecuado de las limitaciones. Por supuesto,
los ojos de los demás «son rarísimos», porque no son iguales a los nuestros.
EL «IMPOSIBLE» MOTOR V8 DE FORD
Cuando Henry Ford decidió fabricar su famoso motor
V8, quiso construir un motor con los
ocho cilindros alojados en un solo bloque, y dio instrucciones a sus ingenieros
para que produjeran un prototipo del motor. El proyecto estaba ya volcado sobre
el papel, pero los ingenieros acordaron que era de todo punto imposible embutir
ocho cilindros en un motor de un solo bloque.
-Prodúzcanlo de todas maneras -dijo Ford. -Pero ¡es imposible! -replicaron
ellos. -Adelante -ordenó Ford-, y no dejen de tra bajar hasta haberlo
conseguido, no importa cuánto tiempo haga falta.
Los ingenieros pusieron manos a la obra. No tenían otra opción si querían
seguir formando parte del equipo de Ford. Seis meses transcurrieron sin que
obtuvieran resultados. Pasaron otros seis meses, y todavía no habían conseguido
nada. Los ingenieros probaron todos los planes concebibles para llevar a cabo
el proyecto, pero aquello parecía incuestionable: ¡imposible!
Al cabo de un año, Ford se reunió con los ingenieros, que volvieron a
informarle de que no habían hallado manera de cumplir sus órdenes.
-Sigan con el trabajo -dijo Ford-, quiero ese motor, y lo tendré.
Continuaron haciendo pruebas, y entonces, como por arte de magia, el secreto
quedó desvelado.
¡La determinación de Ford había ganado una vez más!
Quizás esta historia no esté descrita con precisión de detalles, pero las
circunstancias y el resultado son los correctos. Deduzca de ella, usted que
desea pensar y hacerse rico, el secreto de los millones de Ford, si puede. No
tendrá que buscar muy lejos.
Henry Ford tuvo éxito porque comprendió y aplicó los principios del éxito. Uno
de ellos es el deseo; saber lo que uno quiere. Recuerde esta historia de Ford
mientras lee, y señale las líneas en que se describe el secreto de su
extraordinaria proeza. Si puede hacer esto, si usted es capaz de poner el dedo
en el particular grupo de principios que hicieron rico a Henry Ford, usted puede
igualar sus logros en casi cualquier oficio para el que esté preparado.
POR QUÉ ES USTED «EL DUEÑO DE SU DESTINO»
Cuando Henley escribió sus proféticas palabras: «Soy el dueño de mi destino, soy
el capitán de mi alma», debería habernos informado de que nosotros somos los
dueños de nuestro destino, los capitanes de nuestra alma,
porque
tenemos el poder de controlar nuestros pensamientos.
Debería habernos dicho que nuestro cerebro se magnetiza con los pensamientos
dominantes que llevamos en la mente, y que, por mecanismos que nadie conoce
bien, estos «imanes» atraen hacia nosotros las fuerzas, las personas, las
circunstancias de la vida que armonizan con la naturaleza de nuestros
pensamientos
dominantes.
Debería habernos dicho que, antes de poder acumular riquezas en abundancia,
tenemos que magnetizar nuestra mente con un intenso deseo de riqueza, que
hemos de tomar conciencia de la riqueza hasta que el deseo por el dinero nos
conduzca a hacer planes definidos para adquirirlo.
Pero, al ser un poeta, y no un filósofo, Henley se contentó con afirmar una gran
verdad de manera poética, dejando que sus lectores interpretaran el significado
filosófico de sus líneas.
Poco a poco, la verdad ha ido desvelándose, hasta que ahora parece cierto que
los principios descritos en este libro contienen el secreto del dominio sobre
nuestro destino económico.
PRINCIPIOS QUE PUEDEN CAMBIAR SU DESTINO
Ahora estamos preparados para examinar el primero de esos principios. Mantenga
una actitud de apertura mental y recuerde, a medida que vaya leyendo, que no
son invención de nadie. Son principios que han funcionado para muchos hombres.
Usted puede ponerlos a trabajar para su propio beneficio permanente.
Verá qué fácil es.
Hace algunos años, pronuncié el discurso de la entrega de diplomas en el Salem
College, en Salem, Virginia Occidental. Acentué el principio descrito en el
próximo capítulo con tal intensidad, que uno de los miembros de la clase que
obtendría el diploma se lo apropió, y lo convirtió en parte de su forma de ver
la vida. Ese joven llegó a ser miembro del Congreso y un personaje importante en
la Administración de Franklin D. Roosevelt. Me escribió una carta en la que
presenta con tanta claridad su opinión sobre el principio que trataremos en el
próximo capítulo, que he decidido publicarla como introducción a dicho
capítulo.
Le dará una idea a usted de los beneficios que le esperan.
Estimado Napoleon:
Dado que mi servicio como miembro del Congreso
me ha proporcionado cierta comprensión de los problemas de hombres y mujeres, le
escribo para ofrecerle una sugerencia que puede ser útil a millares de
personas.
En 1922, usted pronunció un discurso en la
entrega de diplomas en el Salem College, cuando yo era miembro de la clase que
los recibiría. En aquel discurso, usted plantó en mí mente una idea a la que
debo la oportunidad que ahora tengo de servir a la gente de mi Estado, y que
será responsable, en gran medida, de cualquier éxito que yo pueda alcanzar en el
futuro.
Recuerdo, como si hubiese sido ayer, la
maravillosa descripción que usted hizo del método por el que Henry Ford, con
muy pocos estudios, sin un dólar, sin amigos influyentes, llegó tan alto.
Entonces resolví, incluso antes de que usted hubiera acabado su discurso, que me
haría un lugar en la vida, sin que importara cuántas dificultades tuviera que
afrontar.
Millares de jóvenes terminarán sus estudios
universitarios este año, y los años venideros. Cada uno de ellos estará buscando
un mensaje tan alentador como el que yo recibí de usted. Querrán saber a dónde
acudir, qué hacer, cómo empezar en la vida. Usted puede decírselo, porque ha
ayudado a resolver los problemas de mucha gente.
En Estados Unidos hay en la actualidad miles de
jóvenes que quisieran saber cómo convertir sus ideas en dinero, gente que debe
empezar desde abajo, sin dinero, y amortizar sus pérdidas. Si alguien puede
ayudarles, es usted.
Si publica el libro, me gustaría tener el primer
ejemplar que salga de la imprenta, autografiado por usted.
Con mis mejores deseos, créame, cordialmente
suyo,
JENNINGS RANDOLPH
Treinta y cinco años después de haber leído aquel discurso, fue un placer para
mí regresar al Salem College en 1957 para hacer el discurso de la entrega de
diplomas. En aquel entonces recibí el título de doctor honorario de Literatura
del Salem College.
Desde aquella ocasión, en 1922, he visto prosperar a Jennings Randolph hasta
llegar a ser ejecutivo de una de las más importantes líneas aéreas de la nación,
un orador muy inspirado, y senador de Estados Unidos por Virginia Occidental.
TODO AQUELLO QUE LA MENTE HUMANA PUEDA CONCEBIR Y CREER SE PUEDE ALCANZAR