Llama Violeta

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Comunión con Dios
Uno de los mejores libros de
Neale Donald Walsch

 

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Comunión con dios - Prologo

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Ilusión de necesidad

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Ilusión de fracaso

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Ilusión de separación

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Ilusión de insuficiencia

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Ilusión de requisito

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Ilusión de juicio

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Ilusión de condenación

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Ilusión de condicionalidad

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Ilusión de superioridad

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Ilusión de ignorancia

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Educa bien a tus hijos

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Percibe las ilusiones

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Propósito de las ilusiones

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Meditación ilusiones

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Utiliza las emociones

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Recrea tu realidad

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Controla tu cuerpo

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Controla tus emociones

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Cultiva la voluntad

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Mensaje del creador

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Momento de gracia

 

 

   

Introducción

Bienvenido a este libro.

Me gustaría que consideraras algo extraordinario. Me gustaría que consideraras la posibilidad de que este libro fue creado sólo para ti. Si puedes aceptar esta suposición, me parece que estás a punto de vivir una de las    experiencias más decisivas de tu existencia. Ahora me gustaría que consideraras algo todavía más extraordinario.

Me gustaría que consideraras la posibilidad de que este libro fue creado para ti, por ti. Si puedes imaginar un mundo en el que nada te ocurre a ti y en eI que todo ocurre a través de ti, habrás comprendido el mensaje que pretendías enviarte a ti mismo dentro de estas siete frases. No le puedes pedir a un libro que informe con más rapidez.

Bienvenido a este momento.

Aquí eres "bien venido", pues tú propiciaste este momento para te­ner la bendita experiencia que estás a punto de vivir.

Has buscado las respuestas a las preguntas más significativas de la vida una y otra vez, con seriedad y sinceridad; de lo contrario no esta­rías aquí.            

 Esta búsqueda se ha efectuado en tu interior, sin importar si ha pasa­do a ser parte importante de tu vida exterior.

  Es lo que te ha impulsado a tomar este libro.

Cuando lo hayas comprendido, habrás descubierto uno de los mis­terios más grandes de la vida: por qué las cosas ocurren como ocurren.

Todo ello en catorce frases.

 Bienvenido a este encuentro con el Creador. No hubieras podido evitarlo. Tarde o temprano, todas las personas se reúnen con Él.

Las personas que buscan seriamente la verdad tienen este encuen­tro muy pronto. La sinceridad es un imán que atrae a la Vida. Y la Vida es sólo otra palabra para llamar a Dios.

 La persona que busca con sinceridad, recibe con sinceridad La Vi­da no se miente a sí misma.

Por eso has llegado hasta aquí y te has puesto a leer estas palabras. Tú mismo te has colocado aquí, no ha sido por accidente. Reflexiona detenidamente cómo llegaste hasta aquí y verás.

 ¿Crees en la inspiración divina? Yo sí, tanto para mí como para ti.

 A algunas personas no les agrada cuando alguien dice que ha recibi­do la inspiración divina. Me parece que se debe a varias razones.

Primera, la mayoría de la gente no cree haber recibido nunca la ins­piración de Dios, cuando menos de manera inmediata, o sea, por comunicación directa. Por tanto, sospecha de cualquiera que lo afirme.

Segunda, afirmar que Dios es nuestra inspiración indica cierta arro­gancia que implica que no se puede discutir ni encontrar defecto algu­no a la inspiración divina debido a su origen.

Tercera, muchos de los que han afirmado recibir la inspiración divi­na han sido personas difíciles de tratar; por ejemplo, Mozart, Rem­brandt, Miguel Ángel y muchos papas, además de las innumerables personas que han cometido barbaridades en nombre de Dios.

Finalmente, hemos convertido en santos a los que sí consideramos inspirados directamente por Dios, de manera que no estamos seguros de cómo tratarlos, o cómo relacionamos normalmente con ellos. En re­sumen, a pesar de que son maravillosos, nos hacen sentir incómodos.

De modo que sentimos bastante desconfianza ante esta afirmación de que "Dios es mi fuente". Y quizá está bien que nos sintamos así. No queremos tragamos todo lo que los demás nos dicen, sólo porque afir­man que traen un mensaje del Altísimo. .

Pero, ¿cómo podemos distinguir lo que es de inspiración divina de lo que no lo es? ¿Cómo podemos saber a ciencia cierta quién dice la verdad?

¡Ah, ésa es la gran pregunta! Pero éste es el gran secreto: no necesi­tamos saberlo. Lo único que debemos saber es nuestra verdad, no la de los demás. Una vez que lo comprendemos, lo entendemos todo. Com­prendemos que lo que dicen los demás no necesita ser la Verdad; sólo debe conducimos a nuestra propia verdad. Y así será inevitablemente, tarde o temprano.

Todas las cosas nos conducen a nuestra verdad más íntima. Ése es su propósito.

En efecto, ése es el propósito de la Vida.

La Vida es la verdad que se revela ante Sí misma.

Dios es la Vida que se revela ante Sí.

No podrías detener este proceso aunque quisieras, pero sí puedes acelerarlo.

Eso es lo que estás haciendo aquí.

Por eso has tomado este libro.

    Este libro no afirma contener la Verdad. Su propósito es el de guiarte hacia tu propia sabiduría interior. No es necesario que estés de acuer­do con su contenido para que logre su propósito. De hecho, no impor­ta que estés o no de acuerdo. Si estás de acuerdo, será porque ves en este libro tu propia sabiduría. Si no lo estás, será porque no puedes ver­la. En ambos casos serás conducido a tu propia sabiduría.

    De modo que agradécete por este libro, porque ya te ha dejado cla­ro un punto muy importante: La autoridad más importante reside en ti.

    Esto se debe a que cada uno de nosotros tiene conexión directa con lo Divino.

Cada uno puede tener acceso a la sabiduría eterna. En realidad, creo que Dios nos inspira a todos en todo momento. Y, aunque todos haya­mos tenido esta experiencia, algunos la llaman de otro modo:

Eventualidad

Coincidencia

Suerte

Accidente

Experiencia fuera de lo común Encuentro fortuito e incluso Intervención Divina

Estamos dispuestos a reconocer que Dios interviene en nuestra vi­da, pero somos incapaces de aceptar la idea de que pueda inspiramos a pensar, decir o hacer algo en concreto. Nos parece que eso es pasarse de la raya.

Voy a pasarme de la raya.

Voy a declarar que creo que Dios me ha inspirado a escribir este li­bro y a ti a tomarlo. Ahora pongamos a prueba esta idea frente a las po­sibles razones que te inspirarían desconfianza.

Primero, tengo la certeza, como acabo de decir, de que todos so­mos inspirados por Dios, siempre. No creo que tú ni yo seamos espe­ciales, ni que Dios nos haya conferido determinado poder, ni que nos haya concedido un don particular que nos permita comulgar con lo Di­vino. Creo que todos nos encontramos en este estado de comunión continua y que podemos experimentarlo de manera consciente cada vez que lo deseemos. De hecho, para mí que ésta es la promesa de mu­chas religiones.

Segundo, no creo que nuestras palabras, acciones o escritos se vuel­van infalibles cuando experimentamos un momento de apertura con lo Divino. Con todo respeto a cualquier religión o movimiento que afir­me que su fundador o líder actual es infalible, pienso que las personas con inspiración divina sí cometen errores. Y de hecho creo que los co­meten con regularidad. Por tanto, no creo que cada palabra de la Bi­blia, del Bhagavad Gita o del Corán sean literalmente verdaderas, ni que todo lo que dice el Papa cuando habla ex cátedra sea correcto, ni que todas las acciones de la Madre Teresa hayan sido las mejores en su momento. Sí creo que la Madre Teresa recibía la inspiración divina, pero eso y ser infalible son dos cosas muy distintas.

Tercero, convivir conmigo puede llegar a ser muy difícil (quienes han convivido conmigo lo saben mejor que nadie) y no es que quiera decir que tú también tienes defectos, pero creo que los míos no me im­piden recibir la ayuda y orientación directa de Dios. De hecho, creo to­do lo contrario.

Finalmente, no creo que me vaya a convertir en un "santo" que pro­voque la incomodidad de los demás. Más bien creo todo lo contrario. Si la gente llega a sentirse incómoda conmigo, probablemente sea por­que no soy lo suficientemente santo. Practicar lo que predico es un re­to. Puedo escribir y decir frases muy inspiradoras, pero a veces me sorprendo haciendo cosas que no lo son.

Me encuentro en un camino, y desde luego que no he llegado a mi destino. Al parecer, ni siquiera estoy cerca. En realidad, la única dife­rencia entre la persona que soy ahora y la que era antes es que, ahora, cuando menos he encontrado el camino. Sin embargo, para mí, es un gran avance. Pasé la mayor parte de mi vida sin saber siquiera adónde me dirigía y luego preguntándome por qué no llegaba a mi destino.

Ahora sé adónde me dirijo. Vaya Casa, de regreso a la plena con­ciencia y experiencia de mi comunión con Dios. Y nada me lo puede impedir. Dios me lo ha prometido y yo creo en su promesa, por fin. .

Dios también me ha enseñado el camino. Bueno, no el camino, si­no un camino. Pues la verdad más grande de Dios es que no existe un solo camino a Casa, sino muchos. Existen miles de caminos hacia Dios y todos llegan a Él.

En efecto, todos los caminos conducen a Dios, porque que no hay otro lugar adónde ir.

De eso habla este libro, de cómo llegar a Casa. Analiza la Unidad con lo Divino, o lo que yo llamo comunión con Dios. Describe un ca­mino hacia esa experiencia, un camino que recorre todas nuestras ilu­siones y nos dirige hacia la Realidad Máxima.

Este libro habla con una sola voz. Creo que es la voz de Dios, la ins­piración de Dios, la presencia de Dios, que me mueve a mí y a ti: Si yo no creyera que la voz de Dios, su inspiración y su presencia circulan dentro de todos nosotros, tendría que dejar de creer que Dios inspiró todas las religiones del mundo.

No estoy dispuesto. Creo que en eso, todas las religiones están en lo cierto: Dios sí entra en nuestra vida, de manera real y presente, y no tenemos que ser santos ni sabios para que así sea.

No es necesario que te unas a mí en esta creencia, ni que creas en todas las palabras de estas páginas. De hecho, sería más feliz si no lo hi­cieras. No creas en nada de lo que leas aquí.

Reconoce. Simplemente reconoce.

Reconoce si algo de lo que aquí aparece es tu verdad. Si lo es, sabrás que es verdad, pues te habrás reunido con tu sabiduría interior. De no ser así, también lo sabrás, pues asimismo te habrás reunido con tu sabi­duría interna. En cualquiera de los casos obtendrás grandes beneficios, pues habrás experimentado, en ese momento de reunificación, tu pro­pia comunión con Dios.

Y ése era tu propósito cuando llegaste aquí. A estas páginas.

Y a este planeta.

Bendito seas.

Neale Donald Walsch

Ashland, Oregon    Julio de 2000

 

 

 
 
 
 
 
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